Las luchas feministas y la Magisteria revoltosa

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A la magisteria revoltosa de
todos los rincones del país

Hace un año, las calles de las ciudades más grandes de México fueron tomadas por asalto; ríos de mujeres se hicieron escuchar, elevaron la voz para reclamar justicia por las desaparecidas, las violentadas, las acosadas y asesinadas. Un grito colectivo retumbó en plazas, barrios y calles: ¡NI UNA MENOS! La jornada de lucha se extendió hasta el día siguiente, convocando mediante una frase corta pero contundente, a hacer sentir a la sociedad la ausencia femenina: “¡El 9 ninguna se mueve!”.

Semanas antes, el apoyo social al paro de mujeres fue en aumento. La reacción del gobierno de la 4T fue, por decir lo menos, torpe y vacilante; al parecer el movimiento feminista lo tomó por sorpresa, no estaba en el radar gubernamental. Algunas funcionarias del gabinete se pronunciaron a favor, entre ellas Olga Sánchez Cordero secretaria de gobernación, quizá la más congruente en estos temas. También la historiadora Beatríz Muller, esposa del presidente, se expresó a favor del llamado a parar, aunque no tardó mucho en dar marcha atrás (La esposa de AMLO primero apoya un día sin mujeres y luego se retracta).

La relación de la 4T con el movimiento feminista ha sido áspera y tensa. AMLO ha hecho declaraciones completamente desafortunadas, incapaz de reconocer la magnitud de la frustración por los agravios acumulados y la legitimidad de las demandas de las mujeres, culpando a las “políticas neoliberales del pasado” de los asesinatos de niñas y mujeres, diez en promedio cada día.

Hace un año, ante el anuncio de las movilizaciones, la 4T inició una campaña de descrédito, el sospechosismo sobre intereses obscuros de los conservadores no se hizo esperar; el mismo AMLO afirmó que las feministas no piensan ni actúan motu propio, son manipuladas por los conservadores (La derecha está metida en el movimiento feminista).

Por motivos e intereses variopintos que no podemos desmenuzar aquí, funcionarios de dependencias públicas y empresas, terminaron sumándose al llamado. El 8M del 2020, mujeres de todas las edades y sectores sociales tomaron las calles por asalto; al día siguiente, miles se ausentaron de sus puestos de trabajo y de las aulas; en los servicios, el transporte, las calles, los negocios, la ausencia de mujeres fue notoria.

En esas estábamos, atestiguando las batallas de un movimiento nacional en ciernes, cuando comenzó el confinamiento. La pandemia por Covid 19 vino a poner en pausa las luchas todas, incluyendo la de las mujeres que tan poderosamente se hicieron escuchar el 8M y al día siguiente. Al gobierno de la 4T, le cayó como anillo al dedo, la pandemia logró lo que el gobierno de la 4T no pudo: neutralizar los reclamos y las protestas. Pero los problemas que las motivaron no desaparecieron, al contrario, continuaron y crecieron a niveles alarmantes, sin que nada ni nadie las contenga.

La pandemia nos colocó a todos ante un escenario inédito, a un año de distancia las desigualdades se han profundizado a niveles escandalosos. Las complejidades han sido mayores para las mujeres, sobre todo para quienes son jefas de familia y además han tenido que aprender, sobre la marcha, a ser maestras y enfermeras. Su existencia se ha vuelto extremadamente precaria, enfrentan una mayor sobre explotación, el trabajo de cuidados se ha multiplicado mientras continúan expuestas a la inseguridad y la violencia estructural que no cesa ni en las calles ni en su propia casa.

Breves notas sobre la magisteria (para situar la cuestión)

Según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del último cuatrimestre de 2019, de 1 197 778 personas de 20 años o más, ocupadas como docentes en educación básica, 71 de cada 100 son mujeres; en preescolar, 94 de cada 100 son mujeres; en primaria, 2 de cada 3 son mujeres (67.3%); en secundaria, de cada 100, 57 son mujeres (52.7%). Es decir, al menos en educación básica, las mujeres constituyen la mayoría numérica; se esperaría entonces, que el acceso a puestos de trabajo de alta jerarquía, guardaría correspondencia con su superioridad numérica, pero no es así. A nivel nacional, 54.9% de los directores de educación primaria son hombres (INEE, 2019); en secundaria, solo 28 de cada 100, ocupan cargos directivos.

Las maestras sobre todo en preescolar y primaria, reciben alrededor de seis mil pesos mensuales en promedio, cubriendo una jornada de 22 horas semanales, con un horario de 8 a 12:30 en una escuela de jornada regular.

La participación femenina en los sindicatos magisteriales, se ha dado en condiciones de subordinación; son las que preparan la comida para todo el contingente, hacen guardias, organizan los campamentos. Muy pocas ocupan cargos de dirigencia tanto en el sindicalismo oficial como en el magisterio disidente; pese a que históricamente, han sido la columna vertebral de las luchas magisteriales, constituyen una fuerza fundamental no reconocida. Sin ellas, sostener las resistencias contra la reforma educativa del Pacto por México, hubiese sido imposible.

“Las mujeres siempre hemos estado participando como activistas, pero hemos tenido pocas oportunidades para obtener puestos de dirigencia. Hay mucho machismo, pero somos claves participando en las asambleas seccionales…” (maestra de prescolar en la colonia popular Santa María, directora del jardín de niños, CNTE Secc. XXII, Oaxaca)

Antes de la pandemia, maestras cubrían de por sí una triple jornada: además de las actividades propias de la enseñanza, realizaban diversas actividades administrativas y académicas dentro y fuera de su horario de trabajo, una práctica bastante extendida; hacerse cargo de diversas responsabilidades domésticas al concluir su jornada; cuidar a sus propios hijos antes y después de ir a trabajar.

Con la pandemia, esta triple jornada se ha complejizado y sobre todo intensificado. Simultáneamente, las maestras cumplen con las actividades propias de la enseñanza para las que fueron contratadas, atienden requerimientos diversos del sistema educativo, cuidan a sus hijos, se ocupan del trabajo de cuidados que además se ha multiplicado. En consecuencia, han visto reducido su tiempo de descanso, lo que provoca que se encuentren exhaustas por la carga mental que representa el cumplimiento de una triple jornada en condiciones atípicas nada favorables. No vemos en este momento a ningún sector del autodenominado magisterio democrático promoviendo una discusión sobre el trabajo de cuidados que se ha ensañado con las mujeres maestras.

Cabe aclarar a qué nos referimos por trabajo de cuidados: es el conjunto de actividades no remuneradas que hacen posible la reproducción de las condiciones materiales de producción de bienes, servicios y riqueza. Incluye la atención de los hijos, familiares enfermos o de edad avanzada, limpieza del hogar, provisión y preparación de alimentos, lavar, planchar, administrar gasto, asegurar la provisión de servicios como agua, luz, gas, entre otras actividades. De acuerdo con un estudio reciente de OXFAM, en México las mujeres dedican a este tipo de trabajo el triple de tiempo que los hombres (Trabajo de cuidados y desigualdad)

Históricamente, los cuidados han sido invisibles, socialmente poco valorados, desde siempre atribuidos a las mujeres bajo el pretexto de que ellas tienen una supuesta capacidad natural para cuidar. Esta es precisamente la idea que refuerza AMLO al asegurar que el feminismo quiere cambiar el rol de las mujeres pero por tradición, las hijas cuidan más a los padres.

La pandemia y su cauda de contagios, nos estrelló en la cara la crisis de cuidados en que nos encontramos debido a un complejo proceso de desestabilización de un modelo previo de reparto de responsabilidades que depositó en las mujeres la mayor carga. Tenemos introyectado hasta el tuétano que el trabajo de cuidados es algo propio de las mujeres, casi casi una bonita “tradición”, diría AMLO. Es tiempo de desnaturalizar esta idea, el trabajo de cuidados NO debe ser exclusivo de las mujeres, responde a un modelo insostenible en estos tiempos pandémicos.

Las revueltas feministas y la magisteria en tiempos pandémicos

El sostenimiento de la escolarización a través de las clases remotas durante la pandemia, hubiera sido imposible sin las mujeres. Muchas maestras han sabido aliarse con madres de familia con las que tienen mucho en común: sobre la marcha las han acompañado en el proceso de habilitarse como maestras de sus propios hijos, al tiempo que son madres y administradoras de sus propios hogares.

Desde nuestra experiencia, la magisteria revoltosa es receptiva, está dispuesta a desestructurarse y reestructurarse, es capaz de escuchar críticas, puntos de vistadistintos a los suyos. La magisteria revoltosa no es un bloque homogéneo compuesto únicamente por las maestras que salen a las calles a protestar; están también las que escuchan y observan, las que le creen a sus alumnas violentadas, las que antes de la pandemia compartían su refrigerio con los alumnos que llegaban a la clase con el estómago vacío y hoy viven la impotencia de no saber la suerte que han corrido. Son también las que han aprendido a tejer redes de apoyo mutuo con las madres de sus alumnos, quienes atraviesan por circunstancias similares respecto a la intensificación del trabajo de cuidados.

La pandemia ha llevado a muchas maestras a iniciar, sin saberlo tal vez, una movilización pedagógica para enfrentar en la medida de sus posibilidades, la problemática que aqueja a las mujeres: desapariciones, feminicidios, violaciones, acoso y maltrato infantil.  No obstante, la revolución feminista en el magisterio ocupa todavía un lugar marginal en nuestro país; son contados los colectivos magisteriales constituidos alrededor de una agenda feminista para combatir el sistema patriarcal a través de la educación.

No se trata de atizar el fuego de la guerra separatista entre sexos, sino denunciar el sistema patriarcal que hombres y mujeres reproducen. En este proceso resulta fundamental preguntarse acerca de las estrategias más oportunas para vencer la naturaleza del dominio patriarcal que no es exclusivo de los hombres, también se ha infiltrado e instalado en la condición femenina.

Reconocer la profunda precariedad del trabajo docente femenino, podría ser una vía para rearticular la resistencia magisterial. Pero eso pasa porque las mismas dirigencias, hoy por hoy integradas por hombres, estén dispuestas a conceder un lugar protagónico a las problemáticas de las mujeres maestras, las de siempre y las de ahora generadas por la pandemia. En suma, construir una agenda feminista de lucha, por y para la magisteria revoltosa.

Fotografía: facebook/sinautorvisible


Publicado en Insurgencia Magisterial

TEMÁTICAS: OPINIÓN