El país de las voces calladas con sangre

Por: Anel Guadalupe Montero Díaz Tweet

En un país donde hacer las preguntas correctas –o incorrectas, según se mire-, puede costar la vida, no debería sorprender que la mayoría de la gente, de manera voluntaria, prefiera no saber y si sabe, decida “no meterse”, hasta que le toca la rifa del tigre y en México ya llegamos al punto donde ni en su propia casa, el ciudadano de a pie está a salvo. Nadie lo está.

¿Por qué nadie detuvo a Stalin “el terror rojo” cuando envió a millones de rusos a Siberia, amén de los que ejecutó “en nombre de la Revolución”? ¿Por qué el mundo permaneció incólume mientras Hitler asesinaba a millones de judíos?

Una respuesta es: porque la gente “buena” lo permitió ¿no es pasmosa la facilidad con la que el silencio y la indiferencia se convierten en complicidad y omisión? Y así, “los buenos” dejan de serlo, para transformarse en parte fundamental del modus operandi de los abusadores, los criminales, los asesinos, porque sin el aval de los que piensan que “nunca les va a tocar a ellos”, “los malos” no tendrían forma de operar impunemente.

Hizo bien Sergio Aguayo en recuperar la noción de “banalidad del mal” de Hannah Arendt, porque “los malos” no son monstruos, son personas “terrible y temiblemente normales” fruto de su tiempo y circunstancias[i]…la única condición es que en todos los casos, los implicados renunciaron al sagrado derecho de pensar por sí mismos.

Por eso, Arendt declaró que el criminal nazi Adolf Eichman fue un hombre que, engañándose y convenciéndose a sí mismo, está persuadido de que sus sangrientas acciones manifiestan su virtud.[ii]

Cualquier similitud con el presidente municipal de Iguala o de tantos como él, no es mera coincidencia.

Los grillos de Ayotzinapa

¿Y qué decir de quienes se atreven a protestar?

Esos, los que denuncian y señalan la corrupción y las injusticias, sin un partido político o grupo natural que los “proteja”, son criminalizados por aquellos que jamás permitirán que los otros los saquen de su zona de confort y mucho menos los obliguen a actuar o a solidarse con el dolor, la tragedia o la infamia que han sufrido los de a pie, los que nada tienen y a nadie importan, los nadie, como les dice Galeano.

Mención aparte merece el doble discurso que una buena parte de la sociedad mexicana y el Gobierno entonan cada vez que en México se padece –un día sí y otro también- el peso de la corrupción, de los mafiosos disfrazados de presidentes municipales o funcionarios de la academia, entre otros.

“Nuestros jóvenes estudiantes”, dijo Enrique Peña Nieto de los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, “nuestros compañeros” proclamaron escolares de todo el mundo, “esos pobres muchachos” se lamentan la mayoría de las buenas conciencias que antes de que estos estudiantes desaparecieran, se dirigían a ellos como “grillos”, “guerrilleros” y hasta “terroristas”.

Los revolucionarios de Ayotzinapa no pueden ser llamados de otra manera. Han desafiado al sistema y retado a la pobreza de sus familia y comunidades para educarse y educar a su pueblo ¿qué puede haber más subversivo que esta acción?

Por eso, indigna el doble discurso oficial y social ¿Los estudiantes que quedan con vida en Ayotzinapa también son «nuestros jóvenes estudiantes» o tienen que morir asesinados para ser considerados como tales?»

En México, la pobreza es un estigma que pocos consiguen trascender, porque para la mayoría de la gente, sobre todo la que está en el poder, esta condición implica una pérdida de dignidad, de educación y de sus derechos humanos fundamentales.

Baste recordar la lamentable declaración de Rosario Robles respecto a que “las familias indígenas con más de 3 hijos, ya no tendrían el apoyo del entonces programa de Oportunidades”[iii]

 Mis abuelos paternos tuvieron cinco hijos y los maternos, seis. En aquel entonces, había apoyos que la gente de campo y de rancho podía utilizar para salir adelante, pero tampoco funcionaba el asunto más allá del discurso oficial.

Cuando era pequeña, escuché contar a mi abuelo la historia de unos funcionarios de la Capital que llegaron a ofrecer “apoyos” al pueblo.

Soberbios e intransigentes, estos ingenieros no comprendieron por qué todos los señores que se dedicaban al cultivo de la tierra o a la cría de ganado, se habían unido para rechazar la nada atractiva “oferta” de la Institución Agrícola de aquel entonces.

“Jodidos y dignos”, les dijeron. “Tercos e ignorantes”, también.

Lo cierto es que mi abuelo y los demás, salvaron sus tierras, su forma de vida y de trabajo, de las garras de especuladores –coyotes- coludidos con aquellos cuyo trabajo debía ser velar por los intereses de los necesitados, pero sólo veían por los propios.

Y sí, para la mayoría, es imposible pensar en gente que sufre los embates de la pobreza conservando su dignidad . No se puede ser pobre y digno, como creyeron los ingenieros que llegaron al pueblo a vender espejitos a «los jodidos». Así como tampoco existe la posibilidad de que existan pueblos que vivan de acuerdo a sus costumbres y tradiciones y que a la vez poseen un tipo de sabiduríaancestral que no siempre se encuentra en los estantes de las librerías.

Itero, en la lógica del discurso dominante, “el pobre” es un ente abstracto desprovisto de dignidad, cultura, sabiduría y valores.

¿Cómo se atreven a retar a la autoridad que “les beneficia” o “trabaja por su bien”? ¿quiénes son ellos para cuestionar las decisiones de aquellos que “saben mejor que nadie” lo que les conviene?

Los nadies de Ayotzinapa, son los comunistas, los sindicalistas, los judíos, los católicos y los protestantes del poema de Martin Niemöller. A ver quién habla por nosotros cuando nos toque. Que Dios nos libre…

¿Usted qué opina, estimado lector?

[i] http://elpais.com/elpais/2013/07/25/opinion/1374764105_218903.html

[ii] http://elpais.com/elpais/2013/07/25/opinion/1374764105_218903.html

[iii] http://www.jornada.unam.mx/2014/05/02/politica/020n1pol

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