“La violencia comienza donde termina la palabra”. Hannah Arendt
La muerte de la subdirectora Nedi Edith Nevárez González, asesinada el 1 de octubre en la Secundaria 13 de Torreón, rebasa la tragedia escolar. Dos exalumnos de 18 años ingresaron con armas blancas y petardos; cuatro personas resultaron heridas. Ambos están vinculados a proceso. La pregunta es qué señales dejamos pasar.
Testigos describen antecedentes de agresiones, conflictos de convivencia y episodios difundidos en redes sociales. La Fiscalía investiga, además, posibles vínculos con comunidades digitales que glorifican ataques contra escuelas. Estas hipótesis requieren pruebas. Ni una familia fracturada ni un adolescente aislado constituyen, por sí mismos, una amenaza. Estigmatizar es tan irresponsable como ignorar una conducta violenta reiterada.
La prevención también demanda seguimiento de los avisos y responsabilidades identificables, no discursos. La violencia puede crecer a plena vista sin respuesta coordinada. Amenazas que se consideran bromas, humillaciones convertidas en espectáculo digital, agresiones normalizadas y jóvenes que encuentran reconocimiento en discursos de odio forman parte de riesgos que ningún reglamento escolar puede atender por sí solo.
Torreón también obliga a mirar la vulnerabilidad del magisterio. A quienes enseñan y dirigen se les exige contener conflictos cada vez más complejos, sin especialistas que acompañen en la escuela ni respaldo suficiente. La autoridad pedagógica no equivale a convertirse en guardia de seguridad, terapeuta o investigador criminal. Defender la escuela significa también defender la integridad y la dignidad de sus trabajadores.
Los protocolos son indispensables para actuar ante amenazas, restringir accesos, comunicar alertas y proteger vidas. Pero reaccionar cuando el agresor ya está en la puerta es llegar tarde. La prevención comienza mucho antes: escuchar reportes, documentar incidentes, evaluar riesgos sin prejuicios, atender oportunamente a quienes agreden y a quienes padecen agresiones, y conectar a las escuelas con salud, protección social y autoridades competentes.
También las familias y las plataformas digitales tienen responsabilidades. Acompañar no es vigilar indiscriminadamente; es conversar, reconocer cambios preocupantes y pedir ayuda. Las autoridades deben aportar equipos interdisciplinarios, formación y canales confiables de denuncia, no solamente nuevos formatos que llenar.
Lo fundamental es comprender que la violencia escolar no comienza necesariamente cuando aparece un arma, sino cuando las primeras manifestaciones de agresión, amenazas, exclusión o discursos de odio dejan de provocar una respuesta institucional y social.
Honrar a Nedi Edith exige algo más que duelo y ceremonias. Exige reconocer que la seguridad escolar es una responsabilidad compartida. No basta responder al próximo ataque: debemos actuar hoy para impedirlo. Porque la educación es el camino…
