Establecer las bases de un régimen —y garantizar su supervivencia— exige cómplices en todos los frentes. El magisterio nacional, por omisión o desconocimiento, parece haberse prestado a ser el engranaje perfecto de esa estructura.
Actualmente, el 64 % de las secciones sindicales del SNTE en todo el país opera con el periodo vencido. Ninguna puede sostener que cuenta con una prórroga de la toma de nota que le permita extender el mandato para el que fue electa —y, de existir, requeriría la complicidad explícita de las autoridades laborales—. Pero ¿qué podía esperarse si la propia dirigencia nacional lleva casi tres años con su periodo caduco?
Cepeda y sus secuaces necesitan y tienen cómplices: los encuentran en la complacencia de las autoridades que permiten perpetuar un cacicazgo servil —quizá precisamente por esa misma docilidad—. Tienen cómplices en las entidades federativas que permiten a los dirigentes seccionales operar sin toma de nota (aunque, para efectos prácticos, no la necesitan: carecen de capacidad para gestionar algo real).
Mención aparte merece el magisterio disidente que, disgregado en cientos de expresiones, no logra articular una fuerza capaz de derribar las viejas estructuras que se reciclan y mutan una y otra vez. Eso también es complicidad involuntaria.
Pero lejos de estas facciones que dan su batalla, están los cerca de millón y medio de agremiados que han ingresado a la docencia desde la reforma de 2013. Ellos no conocieron las asambleas delegacionales ordinarias o extraordinarias; no experimentaron el ritualismo y la mística de gritar improperios a los dirigentes en turno para luego terminar compartiendo el pan en el convivio posterior.
Quizá por esto último absolutamente nada de lo que ocurra con el sindicato mayoritario los despeina: muchos ni siquiera están afiliados al SNTE ni a ninguna otra organización. Esa complicidad por omisión o por apatía es la que permite que Cepeda esté a las puertas de asegurar un periodo más al frente.
Dado que el experimento del voto secreto, universal y directo de los últimos cuatro años no arrojó los resultados que la cúpula esperaba —al verse expuestos al escrutinio real de las bases, el riesgo para la continuidad del “imperio de Cepeda” se volvió insostenible—, la estrategia ante la amenaza de la voluntad popular es clara: volver a la “vieja confiable”. Esa maquinaria de delegados a modo que garantiza eventos coreografiados al grito de: ¡Unidad, unidad, unidad!
Es la misma máquina de delegados que guardó silencio con Carlos Jongitud Barrios, que aplaudió la aprehensión de Elba Esther Gordillo y que aprobó salir a promover la reforma peñista a cambio de unos cuantos millones de pesos. Tal vez por eso hoy cotizan tanto sus aplausos y sus gritos de unidad al mejor postor.
El tiempo no perdonará a nadie. Tarde o temprano, los mismos que hoy le aplauden a Cepeda para que se quede gritarán ¡unidad, unidad, unidad! cuando se vaya. A eso se reduce la vida sindical: una tropicalización exacerbada de egos, un juego de viejitos que cada vez entienden menos el mundo actual, un esquema anacrónico que probablemente termine en desbandada. Una fragmentación de grupos sindicales dio origen al SNTE en 1943; tal vez ha llegado el tiempo de que una fragmentación similar acabe con él.