Cada inicio de ciclo escolar, la realidad educativa nos muestra, con una crudeza difícil de ignorar, el rostro de una sociedad cada vez más desvinculada de los procesos formativos de sus hijos. Una sociedad que parece haber colocado la materialidad por encima de las relaciones humanas, donde las responsabilidades educativas se transfieren a la escuela, mientras el compromiso familiar se diluye entre las exigencias del consumo, el trabajo y la inmediatez.
No se trata de generalizar. Existen madres y padres profundamente comprometidos con la educación de sus hijos. Sin embargo, también encontramos manifestaciones de una preocupante ruptura entre la familia y la escuela, donde cualquier actividad pedagógica puede convertirse en motivo de confrontación, incluso cuando se trata de ejercicios tan elementales como la elaboración de un croquis.
Lo verdaderamente preocupante no es que una madre cuestione una actividad escolar. Cuestionar es un derecho y, cuando existe diálogo, puede convertirse en una oportunidad educativa. El problema aparece cuando la inconformidad sustituye a la comprensión, cuando la denuncia desplaza al diálogo y cuando dejamos de reconocer que educar implica responsabilidades compartidas.
Pero existe una contradicción todavía más profunda: esas madres y esos padres que hoy cuestionan la escuela también fueron alumnos de nuestras escuelas.
Fueron formados por generaciones anteriores de docentes, transitaron por planes y programas de estudio que prometían desarrollar conocimientos, habilidades y valores para la convivencia. Entonces, resulta inevitable preguntarnos: ¿qué clase de formación recibieron?, ¿qué ocurrió con aquella educación que debía contribuir a construir ciudadanos críticos, responsables y capaces de dialogar?
Aquí adquiere vigencia la obra coordinada por Gilberto Guevara Niebla, La catástrofe silenciosa (1992), que advertía sobre el deterioro estructural de la educación mexicana. Más de tres décadas después, acaso sea necesario ampliar la pregunta: ¿y si las consecuencias de aquella catástrofe no se encuentran solamente en los aprendizajes que nuestros estudiantes no lograron alcanzar, sino también en las formas de convivencia que hoy reproducimos como adultos?
La escuela puede enseñar a elaborar un croquis y, sin embargo, no necesariamente haber conseguido formar sujetos capaces de reconocer el sentido pedagógico de ese aprendizaje. Puede enseñar contenidos curriculares sin lograr que estos se conviertan en herramientas para comprender el mundo, dialogar con los otros y asumir responsabilidades colectivas.
No pretendo afirmar que una madre que reclama representa, por sí misma, el fracaso de la educación. Sería una conclusión injusta y metodológicamente insostenible. Pero sí considero que estas situaciones cotidianas constituyen síntomas que merecen una lectura más profunda de nuestra realidad social.
Porque el problema educativo no comienza ni termina en las aulas. También se manifiesta en la manera en que los adultos nos relacionamos, resolvemos conflictos, reconocemos la autoridad pedagógica y comprendemos nuestras responsabilidades frente a las nuevas generaciones.
La lógica de una sociedad que privilegia el consumo y los resultados inmediatos puede llevarnos a concebir la educación como un servicio que se exige, en lugar de comprenderla como una responsabilidad humana y social que se construye colectivamente.
Quizá una de las expresiones más inquietantes de aquella catástrofe silenciosa sea descubrir que hemos escolarizado generaciones enteras sin garantizar que esa escolarización se traduzca en una conciencia crítica, solidaria y comprometida con el bien común.
Y aquí radica nuestra responsabilidad histórica como educadores: no basta con preguntarnos qué están aprendiendo nuestros alumnos. También debemos preguntarnos qué clase de adultos estamos contribuyendo a formar y qué relación tendrán mañana con la escuela de sus propios hijos.
Porque una educación que no transforma nuestras formas de relacionarnos con los demás corre el riesgo de convertirse, simplemente, en un tránsito prolongado por las aulas.
La verdadera catástrofe educativa no sería que una madre desconozca el sentido de un croquis, sino que, después de tantos años de escolarización, continuemos sin aprender a construir juntos el sentido humano de educar.
Porque una educación transformadora ¡Es posible!
