Aulas reales, programas desde arriba

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Nadie formó al maestro que hoy se evalúa: PISA 2025, escuelas con carencias y una Nueva Escuela Mexicana que no puede arraigar sin formación situada.


El espejo de PISA y la pregunta que se evade

PISA 2025 volvió a retratarnos: 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias. Solo 30% de los estudiantes alcanza el nivel básico en matemáticas y 41.8% queda bajo ese umbral en las tres áreas a la vez, más del doble del 19.7% de la OCDE. En matemáticas, la baja frente a 2022 es significativa.

La respuesta pública es un ritual: se señala al docente, a la pandemia o a la familia, y se anuncia otro programa. Casi nunca se pregunta qué recibió ese maestro para enfrentar el resultado que hoy se le reprocha. Se evalúa a quien nadie formó para lo que se le exige, y se llama rendición de cuentas a lo que es traslado de culpas. La propia OCDE reconoce que parte de la caída se relaciona con la ampliación de la matrícula: llegamos a más jóvenes sin construir condiciones para que aprendan. Se celebró el acceso y se abandonó el acompañamiento.

Cinco Méxicos bajo un mismo plan

El Plan de Estudio 2022 manda contextualizar y codiseñar. Es una buena idea que choca con la realidad: nadie contextualiza sin tiempo, sin materiales y sin respaldo. En lo urbano se enfrentan grupos saturados y violencias que cruzan el portón. En lo semiurbano, familias que viajan a diario por trabajo y dejan a la escuela como único sostén. En lo rural, un solo docente es maestro, director, intendente y gestor. En lo indígena pesa una deuda histórica: enseñar con materiales y evaluaciones pensados desde otra lengua, mientras el discurso proclama interculturalidad crítica.

La SEP reporta que 56.1% de las escuelas públicas de básica carece de computadoras y 57.3% de internet; 18.6% no tiene agua potable y solo 24.8% cuenta con infraestructura para personas con discapacidad. Son porcentajes de escuelas, no de alumnos, y excluyen los cursos comunitarios del CONAFE, donde suele ser peor. Según los directores en PISA, 29% del alumnado asiste a escuelas donde la falta de docentes limita la enseñanza y 50% a planteles con infraestructura deficiente. Exigir excelencia sin garantizar condiciones no es política educativa: es cinismo con membrete.

El aula carga con todas las crisis

Hambre, duelos, trabajo informal, violencia en casa o en la calle: lo que el alumno trae no aparece en ninguna evaluación. El docente lo atiende con unos 35 estudiantes por grupo en secundaria, frente a 13 en la OCDE, y 988 horas obligatorias de clase al año, contra 706 del promedio de ese organismo.

Hay, sin embargo, una verdad incómoda para quienes dicen que “los jóvenes no quieren aprender”: en PISA 2025, 80% siente curiosidad por muchos temas y 76% aumenta su esfuerzo cuando una tarea se complica. El deseo existe. Lo que falta es estrategia y acompañamiento: solo 37% planea cómo estudiar y 20% sufre acoso varias veces al mes. El sistema no pierde estudiantes por falta de ganas, sino por falta de condiciones.

La IA: debate sin piso

Se discute la inteligencia artificial como emergencia pedagógica: 47.4% de los jóvenes de 15 años la usa cada semana para aprender, cifra cercana al 45.5% de la OCDE. Pero se debate en un país donde más de la mitad de las escuelas básicas no tiene computadoras ni internet. Prohibir el celular sin ofrecer alternativa castiga a quien solo tiene ese aparato; exigir innovación sin equipo es simulacro. Y la mayoría de las cifras oficiales sobre IA proviene de educación superior: de la básica sabemos poco, y no hay quien le dé al maestro tiempo para construir criterio.

Nadie formó al maestro que hoy se evalúa

Este es el nudo. El presupuesto 2026 del Programa para el Desarrollo Profesional Docente equivale, según un cálculo de Educación con Rumbo, a unos 98 pesos por maestro de educación básica. La cifra mide un solo programa y debe leerse con prudencia, pero el símbolo es brutal: se le pide al docente ser pedagogo, orientador, gestor comunitario y mediador digital, y se invierte en su desarrollo menos de lo que cuesta un libro.

Y lo poco que se invierte llega desde arriba. Programas verticales, campañas, plataformas y materiales que compiten con la agenda real del maestro: el alumno que no lee, el grupo que se fragmenta, la madre que no puede venir, el edificio que se inunda. Cuando la formación no parte de la escuela, no es formación; es una tarea más. Y no es que el maestro se resista: 98% de los docentes de secundaria declaró estar satisfecho con su trabajo y 92.2% volvería a elegir la profesión (TALIS 2018). Lo que se resiste es la dignidad ante una capacitación que no lo mira, lo que rechaza es la formación que no parte de su escuela y le pide aplicar lo que nadie le ayudó a comprender.

Aulas desde abajo: cómo anidar la NEM

La NEM no se arraiga por decreto. Se arraiga cuando el colectivo entiende por qué un programa analítico nace de un diagnóstico y no de un formato, cuando la comunidad es protagonista y no adorno, y cuando el supervisor acompaña en lugar de fiscalizar. Para ello hace falta:

• Formación situada, diseñada desde el diagnóstico de cada escuela, zona y contexto, con la voz de los colectivos docentes.

• Tiempo protegido de trabajo colegiado dentro de la jornada, no tareas añadidas a una carga excesiva.

• Acompañamiento horizontal, con observación y retroalimentación reflexiva, no punitiva.

• Condiciones mínimas: agua, electricidad, mobiliario, conectividad y materiales, empezando por las escuelas más marginadas.

• Evaluación para mejorar: PISA como espejo diagnóstico, no como boletín para repartir culpas.

La Escuela es Nuestra, que anunció 75,000 escuelas y 26,000 millones de pesos para 2026, es un paso necesario. Pero un edificio digno no sustituye la formación de quien lo habita, ni la formación se sostiene sin edificio digno. Hacen falta ambas, y desde abajo.

Leer el aula antes de legislar sobre ella

PISA no es un veredicto sobre los maestros: es la factura de un sistema que expandió la matrícula sin expandir el cuidado, que pide transformaciones profundas con recursos mínimos y que confunde mover papeles con construir aprendizajes. La NEM tiene un potencial genuino, pues coloca a la comunidad en el centro y reconoce al docente como sujeto de diseño curricular. Ese potencial se pierde si quien decide no escucha a quien enseña. Antes de lanzar otro programa desde arriba, pregúntese en cada escuela qué necesita y qué ya funciona. La respuesta casi siempre está en el aula; solo falta quien se atreva a leerla.