¿Qué dejamos en un alumno cuando deja nuestra escuela?

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Sería profundamente injusto depositar sobre los trabajadores de la educación toda la responsabilidad de aquello que sucede con un niño o un adolescente.


Por: Lidia Karina Rebollar Espinosa

Hay noticias que uno lee, lamenta y continúa.

Y hay otras que, por alguna razón, se quedan dando vueltas en la cabeza.

Después de conocer el asesinato de una trabajadora de la educación en una secundaria de Torreón, hubo una pregunta que se quedó dando vueltas en mi cabeza:

¿Qué dejamos en un alumno cuando deja nuestra escuela?

No escribo esto buscando explicar qué pudo llevar a dos jóvenes a cometer un acto de violencia de esta magnitud. Tampoco para señalar culpables, juzgar a quienes estuvieron involucrados o suponer que una escuela, una familia o una persona pueden explicar por sí solas algo tan complejo.

No conozco toda su historia.

Por eso mi reflexión no pretende responder qué ocurrió con ellos.

Mi pregunta va hacia nosotros, hacia quienes todos los días formamos parte de una comunidad escolar:

¿Somos realmente conscientes de todo lo que enseñamos, incluso cuando creemos que no estamos enseñando?

Y cuando digo nosotros, no hablo solamente de quienes están frente a un grupo.

Hablo de todos los que formamos parte de una escuela: personal de apoyo, administrativo, docente y directivo.

Nuestras funciones y responsabilidades son distintas, pero compartimos algo fundamental: formamos parte de la experiencia cotidiana de niños y adolescentes que pasan una parte importante de su vida dentro de nuestras escuelas.

Ellos conviven con nosotros.

Nos escuchan.

Nos observan.

Y se relacionan con nosotros de distintas maneras.

No todos desempeñamos una función docente, pero todos contribuimos a construir el ambiente en el que nuestros alumnos crecen, conviven y aprenden.

Porque la educación de un niño no ocurre únicamente frente a un pizarrón.

También sucede en los pasillos, en una oficina, durante el recreo, al resolver un conflicto, al poner un límite, al escuchar una preocupación o simplemente en la manera cotidiana en que tratamos a los demás.

Tenemos uno de los trabajos más hermosos que existen.

Las familias ponen durante algunas horas del día en nuestras manos algo invaluable: sus hijos.

Niños y adolescentes que todavía están construyendo su manera de entender el mundo, de relacionarse con otras personas y de mirarse a sí mismos.

Muchas veces decimos que los niños son pequeñas esponjas.

Y creo que lo son.

Pero no solamente absorben aquello que intentamos enseñarles.

También aprenden de la manera en que enfrentamos un problema.

De lo que hacemos cuando tenemos alguna responsabilidad o autoridad sobre alguien.

De cómo nos relacionamos con quien piensa, vive o actúa diferente a nosotros.

De nuestra reacción cuando alguien se equivoca.

De cómo tratamos a una persona cuando estamos enojados con ella.

Y también aprenden cuando creemos que no están poniendo atención.

Cuando nos escuchan echar chisme en un pasillo.

Cuando criticamos a un compañero.

Cuando hacemos comentarios sobre alguna familia.

Cuando etiquetamos a otro alumno.

Cuando hablamos de alguien que no está presente.

A veces pensamos que esas conversaciones pertenecen solamente al mundo de los adultos.

Pero ellos están ahí.

Escuchando.

Observando.

Construyendo poco a poco su propia idea de cómo se relacionan las personas.

Eso no significa que debamos vivir vigilando cada palabra que pronunciamos ni que por trabajar en una escuela perdamos el derecho a tener una vida propia.

Al contrario.

Creo que también necesitamos hablar de algo que en ocasiones olvidamos:

los trabajadores de la educación también somos humanos.

No somos personajes que aparecen cuando comienza la jornada escolar y desaparecen cuando termina.

Tenemos una vida fuera de la escuela.

Tenemos problemas.

Nos enamoramos, terminamos relaciones, discutimos, lloramos, nos equivocamos, atravesamos pérdidas, vivimos dificultades económicas, familiares y emocionales.

Tenemos relaciones personales, privadas e íntimas.

Podemos pertenecer a familias que están muy lejos de aquello que tradicionalmente se ha considerado una “familia ideal”.

Y nada de eso nos convierte automáticamente en malos trabajadores de la educación.

No creo en la idea romantizada de que, por trabajar con niños, debemos ser pacientes, comprensivos, fuertes y ejemplares las veinticuatro horas del día.

Eso sería pedirnos que dejáramos de ser humanos.

Podemos tener un mal día.

Podemos cansarnos.

Podemos perder la paciencia.

Podemos equivocarnos.

Podemos no estar bien.

Pero tampoco creo que nuestra humanidad pueda convertirse en una justificación para todo.

Y ahí encuentro una diferencia que para mí es fundamental: no se trata de tener una vida perfecta; se trata de hacernos responsables de la vida que tenemos.

Nuestra historia personal entra con nosotros a la escuela.

No podemos dejarla estacionada afuera.

Llegamos con nuestras alegrías, pero también con nuestros problemas; con lo que hemos aprendido y con aquello que todavía estamos intentando resolver; con nuestras virtudes, nuestros prejuicios, nuestros miedos, nuestras heridas y nuestras formas de relacionarnos.

Por eso considero que cuidar nuestra salud mental también forma parte de nuestra responsabilidad cuando trabajamos con niños.

No porque tengamos la obligación de estar bien siempre.

Eso sería imposible.

Sino porque necesitamos aprender a reconocer cuando no estamos bien.

Reconocer cuándo necesitamos detenernos.

Cuándo pedir ayuda.

Cuándo nuestro enojo realmente no pertenece al alumno que tenemos enfrente.

Cuándo estamos reaccionando desde un problema que comenzó en otro lugar.

Cuándo algo de nuestra propia historia está interfiriendo en la manera en que tratamos a los demás.

Y cuándo necesitamos permitir que alguien nos acompañe antes de continuar intentando acompañar a otros.

Yo también tengo mi propia historia.

Tengo mis procesos, mis días buenos y mis días malos, mis errores y aspectos de mi salud mental que requieren de mi atención.

Eso no me hace menos capaz de trabajar con niños.

Pero sí me hace responsable de conocerme y cuidarme.

Porque aquello que me corresponde atender a mí no tendría por qué convertirse en una carga para los pequeños con quienes convivo.

Y también soy madre.

Eso inevitablemente cambia mi manera de mirar este tema.

Cuando pienso en mi hija, no espero que todos los trabajadores de la educación que se crucen en su camino sean personas perfectas.

No necesito que tengan vidas perfectas.

Ni familias perfectas.

Ni relaciones perfectas.

Ni que jamás se equivoquen.

Esperaría algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, profundamente humano: que aquello que estén viviendo no termine convirtiéndose en una herida para ella.

Y entonces tengo que preguntarme si estoy dispuesta a ofrecer exactamente lo mismo a los hijos de los demás.

Tal vez ahí comienza nuestra responsabilidad.

No en convertirnos en modelos de perfección.

Sino en ser adultos capaces de hacernos responsables de nosotros mismos.

Porque también educamos cuando reconocemos que nos equivocamos.

Cuando pedimos perdón.

Cuando ponemos un límite sin destruir al otro.

Cuando corregimos sin humillar.

Cuando tenemos autoridad y no necesitamos abusar de ella para demostrarlo.

Cuando tratamos con dignidad incluso a quien no nos agrada.

Cuando decidimos no participar en una burla.

Cuando somos capaces de reconocer: “Hoy no estoy bien y necesito ayuda”.

Tal vez eso también sea educar.

Mostrar que ser adulto no significa tener la vida resuelta, sino aprender a hacerse responsable de ella.

Y, por supuesto, no todo depende de nosotros.

Sería profundamente injusto depositar sobre los trabajadores de la educación toda la responsabilidad de aquello que sucede con un niño o un adolescente.

Nuestros alumnos tienen una familia, una comunidad, amigos, experiencias, circunstancias económicas y sociales, entornos digitales y una historia propia que nosotros apenas alcanzamos a conocer parcialmente.

No podemos salvar a todos.

No podemos resolverlo todo.

Y tampoco deberíamos intentarlo solos.

Por eso, cuando hablamos de salud mental dentro de las escuelas, no podemos pensar únicamente en los alumnos.

También tenemos que cuidar a quienes cuidan.

Necesitamos espacios donde un trabajador de la educación pueda reconocer que está rebasado sin sentirse débil.

Donde pedir ayuda no sea sinónimo de incompetencia.

Donde también exista acompañamiento para los adultos.

Porque difícilmente podemos construir una escuela emocionalmente saludable si nos preocupa el bienestar de los niños mientras ignoramos por completo el de las personas que los acompañamos todos los días.

Quizá nunca sepamos cuánto dejamos en la vida de un alumno.

Algunos nos olvidarán.

Otros quizá recuerden nuestros nombres durante muchos años.

Tal vez alguno recuerde una frase que nosotros olvidamos al día siguiente.

Puede que otro conserve el recuerdo de una ocasión en que alguien simplemente le preguntó:

“¿Estás bien?”

No podemos controlar qué guardará cada uno.

Pero sí podemos detenernos de vez en cuando y preguntarnos qué estamos poniendo ahí.

La tragedia ocurrida en Torreón no debería servirnos para repartir culpas sin conocer toda la historia.

Tampoco para justificar lo injustificable.

Puede servirnos, en cambio, para hacer algo que en educación nunca debería darnos miedo:

preguntarnos.

Mirarnos también a nosotros.

Revisar nuestras prácticas.

Cuidarnos.

Y cuidar.

Porque durante un pequeño tramo de la vida de nuestros alumnos estuvimos ahí.

Desde funciones diferentes.

Desde historias diferentes.

Con virtudes y defectos.

Con días buenos y días malos.

Pero estuvimos ahí.

No somos responsables de todo lo que llegarán a ser.

Pero nos escucharon.

Nos observaron.

Convivieron con nosotros.

Y probablemente aprendieron algunas cosas que jamás estuvieron escritas en un pizarrón.

Vale la pena preguntarnos cuáles queremos que sean?!