Paralogía magisterial.


La primera vez que leí “La posmodernidad explicada a los niños”, pensé que sólo los chamacos hiberbóreos de Nietzsche podrían comprender a Lyotard. El asunto era fascinante, sin embargo: la crisis, la contingencia, la insatisfacción, la melancolía que signa los nuevos tiempos en los que las respuestas se tienen que ir construyendo sobre la marcha.

Los profesores somos un gremio único. En parte burócratas asalariados, pero sólo en parte. A diferencia de los miembros del resto de las organizaciones sindicales, nosotros trabajamos con seres humanos cuya formación debe ser nuestra prioridad. También tenemos una herramienta que nadie posee excepto nosotros: La pedagogía.

No sorprende que estas dos cuestiones se deban aclarar, porque la docencia es una de las profesiones que está en crisis en México y en el mundo, baste ver las recientes propuestas de Sugata Mitra, Alvin Toffler o Michio Kaku

Y es que la profesión no es ajena a las tensiones derivadas del debate modernidad-posmodernidad en todos los aspectos de la labor docente. Incluso de las formas de protesta magisterial.

No se trata aquí de cuestionar ese derecho fundamental amparado por la constitución, sino de poner sobre la mesa temas como ¿a quién convienen las marchas? ¿quién o quiénes hacen usufructo de la legítima protesta que docentes de buena fe de todas partes del país, realizan en todos lados? Razones para protestar sobran, pero no parece haber igual número de razones para pensar con la cabeza fría.

Los profesores no somos antorcha campesina. No es ético, ni justo que los ascensos se otorguen, tanto en la CNTE como en el SNTE, por cuestiones que no tienen nada que ver con el trabajo en el aula, el aprovechamiento de los alumnos o la preparación profesional.

En Veracruz, los profesores no sabíamos ni siquiera cómo organizar una protesta, cuando nos sorprendió el movimiento magisterial a nivel nacional. La CNTE tomó nota y ventaja del hecho y en el campamento que montaron en el parque exigían a los participantes que permanecieran en el campamento “cubriendo su jornada laboral” y después “todo el día, por turnos”.

Ahí me encontré con compañeros docentes en estado de shock. Totalmente desorientados, que apostaron por el líder sindical, que celebraban religiosamente su cumpleaños cada año en el rancho del cacique, votaban por el partido que él representaba, sin chistar y en sus hogares, la foto de cada uno de ellos con “el líder” ocupaba un sitio de honor en el muro principal, junto a las fotos familiares y cerca de la TV.

En el campamento, uno de ellos había llevado una foto de él mismo con el líder moral del magisterio veracruzano. Cuando le pregunté por qué había decidido llevar la imagen a la protesta, él me respondió:“para que no se me olvide que mi líder me traicionó”.

Lo que el profesor no puede o no quiere reconocer es que nadie lo traicionó, se traicionó él mismo, al elegir confiar en una persona antes que en sí mismo, profesionalizando su práctica docente. Apostó mal y no tuvo la ocasión de prepararse para lo inevitable. La anacronía magisterial cobró una víctima más.

Entonces ¿La protesta magisterial resuelve el problema de fondo? Tal y como se ha llevado a cabo hasta ahora, no solamente no lo hace, sino que pone en riesgo la imagen de los propios profesores. Somos intelectuales, la élite formando a la niñez de este país. Si, eso somos, pero primero tenemos que actuar como tales y ser capaces de imaginar y poner en práctica nuevas formas de organización que superen al SNTE y a la CNTE y a la misma SEP.

Paralogía magisterial

Galileo decía “esos grandes personajes que se proponen descubrir la verdad y no llegan a encontrarla nunca, me ponen enfermo (…) no consiguen encontrarla porque siempre miran en el lugar equivocado”. Cualquier similitud con las iniciativas innovadoras de la SEP, no es mera coincidencia.

Para Lyotard, la innovación (nuevos planes y programas de estudio, perfiles profesionales, modas pedagógicas) es utilizada y alentada sólo con fines performativos promovidos por la ideología dominante.

La paralogía es otra cosa “es una jugada distinta, hecha dentro de la pragmática de saberes”.  Implica un cambio de juego “la invención de nuevas jugadas e incluso de nuevas reglas de juegos de lenguaje”.

¿Seremos capaces de reconocer el avance e impacto de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información en la práctica docente? Si no lo hacemos, corremos el riesgo de ser desplazados gradual y sutilmente por máquinas. Ahí está el trabajo de Sugata Mitra.

¿Usted qué opina, estimado lector?

Fue publicado en SDPnoticias.com


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