Pienso que la erosión de la autoridad institucional y la horizontalidad social del docente se gestó a finales del siglo XX y principios del XXI, en virtud de que las instituciones tradicionales como la escuela, el estado o la iglesia vivieron un proceso de desacralización importante; por un lado, en el ámbito educativo, la pérdida de “autoridad concedida” se hizo presente pues, históricamente, la o el maestro gozaba de una autoridad institucional indiscutida por el siempre hecho de serlo, sin embargo, con el avance de la posmodernidad, dicha autoridad dejó de ser dada de antemano y pasó a ser fiscalizada, cuestionada o negociada continuamente por las familias; por otro lado, la sobreprotección y defensa de la o el hijo, tránsito de un modelo donde la familia respaldaba la palabra del profesorado ante un conflicto disciplinario, a uno donde la madre o el padre llegó a actuar como un “abogado defensor” del estudiante, percibiendo a la o al profesor como un obstáculo o un subordinado al que se le imponen condiciones.
Si esta idea es válida, habría que considerar, como he dicho, que ha sido todo un proceso que se ha ido gestando a través de los años y, por lo tanto, bien valdría la pena echar una mirada a algunos factores clave y momentos de quiebre que han contribuido a ello:
1. La irrupción de la lógica del New Public Management y la clientelización (años 1980-1990), debido a que las reformas educativas en América Latina y Occidente, adoptaron paradigmas de la Nueva Gestión Pública. Tal y como le he referido en anteriores artículos, la idea de la “calidad educativa” introdujo conceptos del sector empresarial tales como rendición de cuentas, calidad en el servicio, eficiencia, estándares de satisfacción, pero, lo más importante, la idea de que la familia es el “cliente” o “usuario” del sistema escolar; por tanto, al redefinir la educación pública y privada bajo la métrica del consumo, el rol del docente se desplazó simbólicamente de “agente del estado o figura del saber” a un “prestador de un servicio subrogado”. Solo habría que voltear a ver dos películas para tener, más o menos, un panorama sobre esto que comento: De Panzazo y El fin de la escuela, producidas por el empresariado.
2. La expansión de la “oferta privada y el pago por servicio”, porque en la medida en que aumentó la matrícula en colegios privados y las escuelas públicas, se adaptaron esquemas de financiamiento compartido o cuotas de “mantenimiento”, lo cual generó la inercia de “yo pago, yo exijo”. Quiérase o no, esta dinámica transfirió la relación de respeto profesional a una relación contractual de “cliente-empleado”, donde el padre de familia asume que el pago de la colegiatura o el apoyo a la escuela al inicio de cada ciclo escolar, le otorga entera potestad para dictaminar la disciplina sobre la disciplina, los criterios de evaluación o el desempeño pedagógico de la o el maestro.
3. El surgimiento (por así decirlo) de la democratización del conocimiento y el sesgo del “consumidor”, pues con la llegada de la internet y el acceso masivo a la información a partir del 2000, se modificó el monopolio del saber que ostentaba el docente; por ello los padres de familia comenzaron a cuestionar las decisiones metodológicas o de evaluación del profesorado desde una postura “igual a igual” o, incluso, de superioridad, asumiendo que su condición de cliente o ciudadano le daba la competencia o capacidad pedagógica necesaria para juzgar la labor en el aula.
4. Finalmente, considero que las distintas reformas educativas relacionadas con la evaluación docente y la fiscalización externa (del 2000 al 2018 para el caso de nuestro país) sobrecargaron a las y los maestros con métricas administrativas y evaluaciones punitivas, debilitando su autonomía curricular y profesional, lo cual proyectó hacia la comunidad escolar, una imagen de este como un trabajador sujeto a permanente sospecha, fiscalización y control por parte de terceros.
Bueno, mención aparte merece lo que alguna parte del profesorado ha hecho para que esta dinámica se haya impuesto, porque, desafortunadamente, el desempeño de muchas maestras y maestros (o trabajadores de la educación en general) ha contribuido a este deterioro con prácticas indeseables como la improvisación en el aula, la arbitrariedad excesiva en la evaluación y las actitudes poco éticas o apáticas que ha llegado a asumir en su función, han erosionado la confianza social, así como la pérdida de esa autoridad concedida que mencionaba al inicio de estas líneas.
Y para acabarla de amolar, la Secretaría de Educación Pública (SEP) o el propio gobierno tampoco han hecho mucho que digamos para poner “orden en la sala”, es decir, para poner en su lugar a esos padres de familia o a esos maestros que ya comentaba, por el contrario, con el paso de los años ha incrementado la carga administrativa sobre su labor pedagógica, ha aplicado reformas punitivas y disque educativas, no ha sido claro en el tema de la autonomía, pero, lo más importante, no ha dado el respaldo institucional al gremio que sí realiza su quehacer con conocimiento de causa.
Lo anterior, sin duda alguna ha generado la existencia de lo que en redes sociales hoy se conoce como “Lady Croquis” o las agresiones o asesinatos de maestras y maestros en varios estados de la República Mexicana. Como parece obvio, estas situaciones, digamos, “extremas”, exponen de sobre manera la quiebra del pacto social entre la comunidad y la escuela, y esta, es una realidad que ni el secretario de educación Delgado ni la presidenta Sheinbaum han querido visualizar simplemente por eso: porque no han querido.
Triste y desafortunado es observar, leer o escuchar a muchos de esas y esos buenos profesores, decir que lo que hoy día menos quieren es problemas con los padres y madres de familia; de hecho, hace unos días escuchaba a una profesora conversar con otra sobre una madre que se quejaba de que a su hija le dejaba mucha tarea y que por ello no podía salir con sus amigas de compras; ante tal reclamo y la exigencia de que ya no se le dejara sino convencería a todos los padres del grupo de removerla, la opción que tuvo en sus manos fue, sin decir una palabra “Sí, lo que usted diga”, sabedora de que reportar tal situación a su directivo no tendría ningún efecto porque el comentario que le haría sería: “para qué quiere problemas maestra”.
No es cuento, no es inventado. En una realidad que están viviendo y padeciendo las y los maestros.
Hasta cuándo, hasta cuándo…
Al tiempo.
