Un mensaje escrito en el azulejo de un baño escolar moviliza a varios elementos de seguridad del estado de Durango y genera pánico entre los padres de familia, cuyas hijas e hijos se encuentran inscritos en una escuela secundaria. Las y los maestros detienen su quehacer pedagógico y didáctico en los salones de clase para atender los protocolos de seguridad y/o contención. La policía ingresa al plantel y dichos padres exigen o demandan seguridad al interior del mismo. Minutos más tarde, después de una revisión exhaustiva se descubre que se trató de una “broma” que, digamos, es parte de una tendencia o reto viral en redes sociales entre estudiantes. El ausentismo al día siguiente es evidente y, unos días después, las autoridades de esa misma entidad reportan la activación de 5 protocolos de seguridad casi por los mismos motivos.
Lo anterior, bien podría ser una pequeñísima parte de un guion de una película de ciencia ficción, de esas que ciertas casas cinematográficas producen para abordar algunas problemáticas, tal vez, sociales, pero con tintes de una realidad que es difícil que llegase a existir, sin embargo, la verdad de las cosas es que no es así, forma parte de nuestro diario andar en nuestro país, hecho que ha trastocado la vida de las escuelas y de quienes ahí interactúan cinco días a la semana.
No, no es la primera vez que escribo un texto sobre este tema. No sé, pienso que la autoridad es miope o ciega de lo que diariamente acontece en las instituciones educativas de los distintos niveles porque, escenas como las descritas al inicio de este texto, se siguen repitiendo en los planteles escolares y créanme, pocos o nadie está haciendo algo para que pare o, al menos, para que no se incrementen en los últimos tiempos.
Pero, ¿por qué pasa esto? Es decir, ¿por qué de la noche a la mañana observamos y escuchamos una serie de eventos desafortunados donde las y los alumnos, o las y padres de familia protagonizan acontecimientos, digamos, difíciles de creer y comprender porque carecen de toda lógica? Una denuncia sin sustento en contra del docente, acoso e invasión de su privacidad fuera del horario laboral, cuestionamientos constantes o desautorización de su quehacer pedagógico, resistencia u hostilidad para participar en la escuela y con sus hijos, apatía o reto a la autoridad que tendría que tener en el aula, además de constantes faltas de respeto o agresiones físicas, son algunas de las cuestiones de las que son objeto, repito, las y los maestros por parte de algunos de sus estudiantes o de algunos de los paterfamilias.
Pienso que algunos factores que han incidido para que esto ocurra son:
- La permisividad extrema e hiperprotección de estos padres, quienes han confundido el afecto con la ausencia de normas o que actúan con culpa por el poco tiempo de convivencia que tienen con sus hijos, motivo por el cual prefieren ceder ante ellos antes que imponer límites o sostener una negativa. Desde luego, esto se relaciona con el traslado de la crianza (desarrollo ético y conductual) a las pantallas o la escuela, asumiendo erróneamente que la disciplina es una tarea exclusiva del maestro. Y, por supuesto, los modelos que toman los menores de ciertos adultos “sin freno y control”, es decir, niños que observan en sus propios hogares patrones de intolerancia, reactividad, impaciencia y falta de regulación emocional por parte de quien se dice ser “adulto”.
- La transformación de la figura docente; de hecho, en un artículo anterior, señalé algunos puntos sobre este rubro, por ejemplo, la pérdida de autoridad institucional y social al convertirse en un blanco de desconfianza o fiscalización por parte de los tutores en lugar de ser respetado, pero también, el establecimiento y aplicación de protocolos que priorizan la no confrontación o la permisividad por miedo a represalias, demandas o quejas de dichos padres, lo cual deja al docente sin herramientas efectivas de gestión conductual.
- Impacto digital y gratificación inmediata; me refiero a la sobreestimulación y baja tolerancia a la frustración causada por la interacción constante con las redes sociales, hiperconexión y contenidos inmediatos, lo cual genera una costumbre a los “clics” que dificulta la paciencia, el esfuerzo sostenido y la aceptación del “no”, pero, lo más grave, a una exposición temprana (sin supervisión de los adultos) a entornos digitales que promueven la violencia, falta de empatía o conductas desafiantes hacia la autoridad.
- Finalmente, algo que también he referido en otros artículos, las aulas con sobrecupo y una excesiva carga administrativa hacia el profesorado; obviamente que esta cuestión dificulta atender problemáticas socioemocionales profundas porque se tiene que cumplir con esa carga burocrática. Y bueno, en este punto, yo agregaría una cultura de la inmediatez y el hiperconsumo, derivado de una sociedad orientada al placer inmediato y a la evasión de la norma, lo cual trae como consecuencia que, tanto adultos como niños rechacen el compromiso a largo plazo y la convivencia comunitaria regulada.
Punto y aparte merece la aparición casi imperceptible de lo que yo llamó “madres o padres espectáculo”; en virtud de que solo buscan llamar la atención a través del espectáculo mediático (show personal), la búsqueda de reflectores o el afán del protagonismo ante situaciones que pueden resolverse dialogando, pero, sobre todo, atendiendo la veracidad del posible conflicto o problema.
Vaya, ojalá y el hecho montar todo un “show personal” quedara solo en eso, en un espectáculo que desea brindar la madre o padre ante algún hecho como el que un profesor les haya dejado de tarea la elaboración de un croquis a las y los niños, sin embargo, quienes nos dedicamos a la docencia sabemos que no es así, porque su actuar podría dejar huellas profundas y complejas en el desarrollo de sus pequeños. Caray, pienso que lejos de protegerlos, ese afán de protagonismo desmedido suele dejarlos desprotegidos frente a las dinámicas del aula, el desarrollo de su personalidad y el entorno social.
Sabemos que, por ejemplo, las y los niños a esa edad suelen ser, como coloquialmente se dice: muy crueles; esto, porque su misma inmadurez neurológica y del lóbulo frontal o sus propias herramientas sociales no están completamente desarrolladas y por ello actúan o se expresan de una forma que podríamos llamar inadecuada, es decir, sin respeto, empatía o solidaridad.
Ojalá, y lo vuelvo a repetir (aunque parezca disco rayado) que, como sociedad hagamos algo para trabajar en este tema que pareciera ser poco relevante, pero también, que las autoridades dejen de fingir demencia y actúen en consecuencia; desde luego, la escuela y todos los que en ella intervenimos e interactuamos, tenemos la enorme responsabilidad de hacerlo, pero si no se crean las condiciones para ello, podríamos terminar peor de lo que ya estamos.
¿Aún estamos a tiempo?
