La escuela que nos espera


I

La pregunta más frecuente que se hacen las niñas, los niños y las-los jóvenes que hoy tienen clases suspendidas, desde Preescolar hasta Secundaria, quizá sea: “¿Cuándo regresaremos a la escuela?”.

-No lo sé, dicen los adultos en los hogares. Tal vez en mayo (o quizá en junio, diría yo).

Durante estos días de contingencia sanitaria, me he preguntado ¿Qué tan importante es la escuela como institución especializada en el desarrollo de los aprendizajes, la preparación integral de ciudadanos y la formación del sujeto? ¿Qué tanto está dispuesta a cambiar la comunidad educativa, en términos de actitudes y valores, cuando que se reinicien las clases? ¿Cómo regresar a la escuela en condiciones de discriminación, control y codependencia exacerbadas?

El horizonte no es claro, pues se prevé que el retorno a clases se dé luego de una “cuarentena” que durará entre 50 y 60 días hábiles de paro. Paradójicamente, lo único cierto es la incertidumbre. Sin embargo, frente lo que hoy sucede como resultado de la contingencia sanitaria, la conversación que se da en casa es: ¿Y luego que desaparezca “Susana Distancia”, qué va suceder? ¿Llevaremos tapabocas a la escuela? ¿Habrá riesgo de más contagios cuando volvamos a clases? ¿Tendremos agua y jabón (y gel y toallitas de papel) suficientes en los baños o “sanitarios” para lavarnos las manos?

Ese será el contexto social: Surgirán (y surgen ya) los temores, razonados o no. Vendrán a asomarse los valores sociales negativos latentes. Será el escenario propicio para que el mundo reconvierta la información disponible en dicotomías simplificadoras de la realidad. Se aparecerán entonces las conversiones de significados: El virus como “representante del mal”, como el símbolo de la enfermedad (en negativo). La racionalidad de la ciencia se nos aparecerá no como puerta al conocimiento basado en la discusión sobre objetos de estudio, teorías y métodos, sino como “representante del bien”. Y desde ahí, desde esa lógica-ilógica, se desatarán los demonios: los miedos, las angustias, las paranoias, y saldrán a flote las actitudes escondidas de discriminación, de negación, de expulsión y de rechazo; ante las cuales habrán de emerger las “alternativas”: Las actitudes solidarias (no sólo pensar en el yo sino también en el otro) como si se tratara de vacunas preventivas. Habrán de reciclarse los otros “sistemas inmunológicos”, no solamente contra la desinformación, sino contra la discriminación, el control y la codependencia escolar.

A lo largo de estos días del “quédate en casa”, los medios de comunicación y las redes sociales digitales han reportado que, en ciertos ámbitos o condiciones sociales, las actitudes discriminatorias han resurgido: Las y los enfermeros son presas del rechazo. Los médicos son señalados por ser “posibles portadores del virus”. Como en tiempos de la viruela negra, la malaria, el cólera o la legendaria lepra, las actitudes discriminatorias aparecen como emisarios del pasado. Emerge galopante la discriminación por las calles semi vacías, como si se tratara de un brote de violencia, abierta o velada, en contra de los “representantes del mal”… En algún lugar quieren hasta quemar a un hospital por el riesgo que trae a la comunidad.

II

¿Cómo regresar a la escuela en esas condiciones? La escuela como espacio de aprendizajes y para la formación integral de ciudadanos, sí, muy bien, pero ¿volveremos a clases para reaprender del control, la codependencia y la discriminación? Así, las niñas, los niños y las-los jóvenes seguramente se preguntarán ¿para qué regresar a la escuela en medio de tanta violencia? ¿Qué caso tiene volver a clases si la agresión verbal y física continúan como si fueran parte de la “normalidad” cotidiana? ¿Acaso este “alto en el camino” (debido a la contingencia) nos lleva a reflexionar sobre lo que se ha convertido la escuela, en términos de conflicto social?

Se sabe que las autoridades educativas superiores e intermedias, incluyo en ello a directoras y directores escolares (no todos), están preocupados por verificar que en los hogares las y los estudiantes “de verdad” continúen con sus actividades curriculares o académicas. Se ha llegado incluso al absurdo: en ciertas escuelas de no sé dónde, las autoridades educativas han pedido que los alumnos y las alumnas pasen lista, con el uniforme puesto, a través de las redes sociales digitales.

Por su parte, algunas voces desde la familia, ya se empiezan a fastidiar. La tolerancia tiene un límite, dicen. “La tarea que nos dejó la maestra es demasiada”. “Se le pasó la mano”, dicen los papás y las mamás (y otras figuras familiares) durante las primeras semanas del encierro inducido. A esa carencia de paciencia o tolerancia le siguen la violencia disfrazada, la agresión abierta o la discriminación o la descalificación a secas, que se traducen en rechazos, expulsiones, aplicación de “tiempos fuera”, o en suspensión temporal de derechos, entre otras actitudes o valores que asumen tanto los integrantes de la familia como de la escuela.

III

Ojalá que esta contingencia sanitaria traiga algo diferente, en términos de actitudes y valores. Sería lamentable que el retorno a clases signifique un “retorno a la normalidad”. Se necesitan cambios de actitudes y valores hacia las personas que participan en las acciones preventivas en materia de salud, en primer plano, y hacia los demás en otros contextos comunitarios y sociales, en segundo plano o en general.

Espero que, junto con esos cambios producidos por la “cuarentena”, participemos en la elaboración y difusión de protocolos de actuación Escuela-Familia, para que la próxima vez que se tengan que suspender clases, cada quien sepa qué debe de hacer y cómo cuidarse y cuidar a los demás, pero en un nuevo marco de “actitudes y valores positivos”, menos prejuiciosos.

La escuela, como se sabe y se ha documentado, es una de las instituciones más resistentes al cambio. Eso hay que reconocerlo, de entrada. Por ello y como sugerencia, propongo hacer más énfasis, desde la escuela y la familia, en las actitudes solidarias, la autonomía, la colaboración y la responsabilidad social; como actitudes “alternativas” en contra de la discriminación, la codependencia y el control.

Antes de dedicar el tiempo a aplicar mecanismos de control y a ejercer los reflejos autoritarios, los líderes educativos y escolares están ante la oportunidad de repensar sobre los valores y actitudes positivos que se requieren en las escuelas (y en el hogar) durante estos tiempos de prueba.


Publicado en SDPnoticias


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Juan Carlos Miranda Arroyo
Profesor titular de T.C. en UPN (Qro., México)

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