Gracias, maestros


En Comala, Colima, la directora Silvia organizó una colecta de televisiones para que sus alumnos de primaria pudieran seguir las clases a distancia; esperaba 15 aparatos, pero recibió el triple. El profesor Antonio recorre diariamente las calles de Comitán, Chiapas en su vehículo equipado con una antena satelital, proporcionando acceso a internet a niños para la realización de sus tareas escolares. En Chilchota, Michoacán, el profesor Genaro narra que fue necesario ir casa por casa a buscar a sus estudiantes para entregarles los ejercicios escolares. La maestra Nay, de Educación Especial, convirtió la parte trasera de su camioneta en un aula móvil en la que atiende a sus alumnos de Apaseo el Grande, Guanajuato. En esa misma entidad, en San Nicolás del Carmen, maestros rurales realizaron una caravana en sus autos vistosamente adornados para buscar y motivar a los alumnos que no regresaron a clases este ciclo escolar. Y las anécdotas de buenos profesores pudieran seguir…

La pandemia ha representado un desafío excepcional para la actividad educativa: súbitamente cerró las escuelas y pintó un panorama inusitado.  La crisis sanitaria ha desnudado las enormes carencias que se han arrastrado desde hace muchos años, pero también ha sacado a la luz grandes fortalezas. Entre estas últimas, destaca notablemente una: el magisterio. Son los maestros, más que cualquier otra figura educativa, los que se han encargado de mantener vivo al sistema educativo, dando, en muchas ocasiones, más de lo que se espera de ellos. Anécdotas como las brevemente relatadas, cargadas de compromiso profesional y un enorme sentido humano, son sin duda reflejo del ingenio y la vocación de buena parte del profesorado mexicano y motivo de orgullo para la sociedad en general.

Las exigencias de la época educativa actual han hecho que muchos profesores se adentren por primera vez en terrenos inexplorados: gestión de plataformas educativas, grabación y edición de videos, diseño de aulas virtuales, creación de canales, conducción de clases remotas, etc. Da gusto observar que, a pesar de los endebles esquemas oficiales de capacitación y actualización, muchos docentes no se han quedado de brazos cruzados y han aportado su tiempo, esfuerzo y hasta recursos personales para prepararse y ofrecer a sus estudiantes un mejor servicio. Buena cantidad de maestros ya están acostumbrados a no esperar nada de la autoridad educativa y, en cambio, optan por tomar el toro por los cuernos, con sus propios medios: así ha sido en la escuela presencial y no fue la excepción en la virtual.

El trabajo educativo durante la pandemia ha enfrentado a los profesores a episodios de tensión y desgaste. No sólo se trata de la eliminación de las fronteras temporales de la jornada laboral, que se vuelve cada vez más agotadora, sino también de la invasión de la esfera personal y familiar y hasta del espacio físico del hogar. Es también la angustia, sobre todo de aquellos de más edad, de afrontar escenarios que generan incertidumbre, como el profesor Alfonso, de Cancún, Quintana Roo, quien notablemente afligido y al borde del llanto, recibió el aliento de sus estudiantes universitarios para resolver las dificultades que enfrentaba en la conducción de una clase a través de videoconferencia. La voluntad inquebrantable del magisterio ha quedado demostrada en múltiples episodios.

Por eso resulta ofensivo que parte de la sociedad regatee el salario de los profesores ante la supuesta ligereza de sus actividades laborales.  Por eso lastima también la estampa del anuncio sobre el nuevo ciclo escolar, encabezada por el secretario de educación y los dueños de las cadenas televisivas principales, con la notoria ausencia de al menos un docente. Por eso irrita que se juegue en los discursos de las autoridades con la revalorización del magisterio cuando en realidad no se propicia que los docentes sean merecedores de mayor reconocimiento económico o profesional. Por eso es lamentable que, en la propuesta oficial de trabajo a distancia, a la que seguramente el magisterio no se someterá ciegamente, parezca relegar la acción del maestro en aras de dar mayor protagonismo a la televisión.

Existe un tipo de falacia a la que se le denomina generalización apresurada: a partir de una muestra sesgada, se realiza una inducción que lleva a concebir una generalidad desvirtuada. No es ese el propósito de este escrito.  Si bien es necesario señalar que las experiencias docentes expuestas son un reflejo de la vocación y la dedicación de gran parte del magisterio mexicano, no se intenta soslayar que también, seguramente, habrá docentes que han quedado a deber durante la pandemia. Así pues, no es éste un elogio incondicional. Sin embargo, parece quedar claro que son mayoría los buenos maestros: aquellos que se esfuerzan cotidianamente incluso en las peores condiciones de trabajo, teniendo en muchas ocasiones como herramientas nada más que –como si fuera poca cosa– su vocación e ingenio profesional.

Gratitud pues, por aquellos maestros que han mantenido viva, en medio de la tempestad, la llama de la esperanza educativa. Porque muchos han cubierto de polvo sus zapatos preocupados porque el alumno tenga qué estudiar y porque han suplido con su vocación lo que sus estudiantes y sus escuelas carecen materialmente. Agradecimiento por no darse por vencidos ni aún en los contextos más adversos y por encontrar, incluso a través de frías pantallas, la manera de alegrar a sus alumnos. Gracias, pues, por todos esos actos, desde los más discretos hasta los más llamativos, que hacen recordar la nobleza y la magnitud de una profesión tan trascendental como la docencia.


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Rogelio Javier Alonso Ruiz
Profesor colimense. Director de educación primaria (Esc. Prim. Adolfo López Mateos T.M.) y docente de educación superior (Instituto Superior de Educación Normal del Estado de Colima). Licenciado en Educación Primaria y Maestro en Pedagogía.

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