En un despliegue de democracia tan transparente que rozó la invisibilidad, la cúpula del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) ofreció una conferencia de prensa para dar a conocer los resultados de su más reciente, rigurosa y nada sesgada “Encuesta Nacional de Sentimiento Magisterial”.
El resultado, para sorpresa de absolutamente nadie, fue contundente: las bases suplican, imploran y casi exigen que Cepeda se quede en el poder por otros ocho años. Si se puede, más.
Entre aplausos orquestados y bocadillos de dudosa frescura pagados con las cuotas sindicales, el vocero del Comité Ejecutivo Nacional leyó las conclusiones del estudio demoscópico realizado a una muestra altamente representativa de tres personas en los pasillos de la sede central.
“Le preguntamos al magisterio: ‘¿Prefiere usted que el maestro Cepeda continúe guiándonos con su luz infinita por otro ciclo de ocho años, o prefiere que el caos, las tinieblas y la pérdida de sus conquistas laborales devoren su futuro?’”, detalló el vocero mientras conteniendo las lágrimas de la emoción. “Sorprendentemente, el 102% de los encuestados eligió la primera opción. El margen de error es de cero, igual que el margen de alternancia”.
Durante la conferencia, la dirigencia sindical rechazó tajantemente las acusaciones de la oposición que tachan el movimiento como un intento “ilegal, ilegítimo y francamente dictatorial” de eternizarse en el cargo.
“Hablar de reelección perpetua es una narrativa golpista de quienes no entienden el amor fraternal”, declaró un entusiasmado comisionado sindical que lleva 25 años sin pisar un aula. “El maestro Cepeda no quería quedarse; de hecho, él ya tenía sus maletas hechas para retirarse a descansar. Pero ante el clamor popular de una encuesta que nosotros mismos redactamos, aplicamos y contabilizamos, él no puede darle la espalda al magisterio. Es un sacrificio personal que hace por el bien de la nación”.
Según fuentes cercanas al presídium, la boleta de la encuesta contaba con un diseño de vanguardia democrática que incluía las siguientes opciones:
A) Que Cepeda se quede hasta 2034.
B) Que Cepeda se quede para siempre.
C) Todas las anteriores.
Ante los cuestionamientos de la prensa sobre los estatutos del sindicato y las leyes laborales que prohíben este tipo de malabares continuistas, la cúpula sonrió con paternalismo. Explicaron que la legalidad es un concepto “muy relativo” cuando se contrapone al “amor espontáneo de las estructuras”.
Al finalizar la conferencia, se proyectó un video donde se observaba al propio Cepeda recibiendo los resultados con actuar actuarial de asombro. “¿Yo? ¿Otra vez? Vaya, qué sorpresa tan inesperada”, se le oyó musitar en el metraje antes de firmar la extensión de su mandato en un pergamino dorado.
Con este contundente ejercicio de “voluntad popular”, el SNTE garantiza ocho años más de estabilidad, continuidad y, sobre todo, de un liderazgo indestructible que solo la autoevaluación sincera puede brindar.
Un llamado al despertar: las aulas no son un feudo
Más allá de la parodia que redactan por sí solos los boletines del SNTE, el escenario que se perfila ante esta posible maniobra continuista exige dejar la apatía a un lado. La perpetuación en el poder bajo el cobijo de un “Consejo Nacional” y asambleas a puerta cerrada no solo es un insulto a la inteligencia del magisterio, sino un atropello a la democracia sindical por la que generaciones de docentes lucharon en las calles.
Permitir que la dirigencia se eternice otros ocho años mediante atajos ilegítimos no es un tema de política cupular; impacta directamente en las condiciones laborales, la transparencia de las cuotas y la dignidad del gremio frente a la autoridad educativa.
Hoy, el verdadero “sentimiento magisterial” no se mide en un boletín mañoso redactado desde un escritorio en la Ciudad de México. Se demuestra en las salas de maestros, en las delegaciones de base y en la capacidad de organización del profesorado nacional.
Si el magisterio de a pie no cierra filas desde abajo —exigiendo el respeto estricto a los estatutos, el voto libre, directo y secreto, y la rendición de cuentas—, el sindicato seguirá siendo una monarquía hereditaria donde las decisiones se toman por aclamación orquestada. La dignidad docente no se negocia ni se subasta en banquetes sindicales; se defiende desde la base. Es momento de que la voz de los salones de clase pese más que los aplausos de la cúpula.