El Sembrador o la pedagogía del regocijo


Por: Fernando Cuevas

Un docente comprometido y convencido de su acción social que entiende, encarna y pone en práctica, a través de su pensamiento y ejemplo, una didáctica naturalista pertinente al contexto cambiante, siempre acorde a las expectativas y necesidades de los estudiantes, también en permanente proceso de crecimiento; una institución abierta a su entorno, formando parte orgánica de la vida cotidiana no solo de los pequeños, sino de sus familias y otros pobladores, colaborando con alimentos y de presencia cercana: un vínculo que se puede desplegar y entender en términos del bucle conformado por alumno-escuela-comunidad (Morin dixit), nítidamente expresado en la cotidianidad.

Anterior al mediometraje Remover el corazón (2019) y posterior al corto Tumín. Economía solidaria (2013), la realizadora mexicana Melissa Elizondo Moreno dirigió El sembrador (México, 2018), emotivo y comprensivo documental, con cierto enfoque etnográfico, acerca del profesor Bartolomé en una escuela multigrado bilingüe dentro de una comunidad tzeltal, en las montañas de los Altos de Chiapas, donde la institución se inserta en el entorno para formar parte integral de él. La sutil edición invita a reconocer los ideales pedagógicos puestos en acción, los procesos de interacción didáctica y la relación de los niños con el imponente y bello ambiente natural, capturado a través de una fotografía en constante evocación, en la que los niños comparten sueños y reflexiones en torno a sus aprendizajes y experiencias escolares.

El discurso y práctica pedagógica del profesor, imbricando con frescura las lógicas epistemológica, pragmática y relacional propuestas por Vinatier se inserta como soporte a la presentación de imágenes en las que los niños estudian, se divierten, aprenden y se muestran efusivos, agradecidos y entusiasmados, tal como se observa al propio Bartolomé, destilando vocación y lejos de toda ingenuidad, reconociendo las dificultades para el aprendizaje y las condiciones complejas de marginación y pobreza, al tiempo que conserva el ánimo para identificar lo más importante: que los pequeños puedan ser felices y construyan modelos propios que los orienten, tal como lo van manifestando a cuadro con rostros esperanzadores.

Las dificultades implícitas de las escuelas multigrado dada las difíciles condiciones materiales y culturales, la gran heterogeneidad en edades y capacidades previas, además del usualmente excesivo número de alumnos en relación con la capacidad de atención de un solo docente, aquí buscan transformarse y se aprovechan, en parte, para compartir la responsabilidad de la enseñanza con los estudiantes más grandes, quienes ayudan a los pequeños promoviéndose los valores del respeto, del apoyo mutuo y el bien común: la cámara se acerca tanto para atrapar este proceso de colaboración, como se abre para presentar al grupo completo en pleno desarrollo festivo de las actividades.

El profesor da la palabra, escucha y espera con paciencia a que los niños construyan sus conclusiones, participando en comunidades de diálogo democrático, diría Dewey, sobre temas cercanos y potencialmente significativos, como cuando conversan acerca del alcoholismo y lo relacionan con una persona del pueblo, trascendiendo el intercambio de ideas hacia su futuro: orienta pero no sentencia, invita a que se escuchen y más que dar respuestas o emitir juicios acerca de lo que opinan los estudiantes, busca que sean ellos mismos quienes profundicen, favoreciendo así el pensamiento crítico, creativo, cuidadoso y colaborativo, tal como lo propone el programa de Filosofía para niños y jóvenes.

El aprendizaje situado y las comunidades de práctica se identifican en la elaboración de tortillas, el trabajo en la siembra, la banda musical, el lanzamiento de vehículos y los juegos, además de regodearse con el agua, entreverándose la noción de trabajo cual medio educativo de Freinet y la práctica de la libertad de Freire. En contraparte, contrasta puntualmente la secuencia en la que alumnos de telesecundaria observan un video que les resulta ajeno y distante: sus rostros van de la ausencia al fastidio; sus intereses, quizá, estén en un ámbito muy distinto a lo que en ese momento están viviendo, esperando que termine para intentar construir experiencias más significativas que parecen no tener un terreno fértil en ese salón de clases.

La flexibilidad en horarios, ritmos de avance y actividades permite ir incorporando con espontaneidad las condiciones y situaciones que se presentan en la comunidad, así como el ánimo de los pequeños, retomando sus necesidades para vincularlos a centros de interés (siguiendo a Decroly) que se abordan a través de temáticas y estrategias orientadas a la integración de saberes que rompen la rigidez de las asignaturas, abriendo de paso las sencillas pero cuidadas instalaciones hacia un mundo por descubrir, lleno de incertidumbres y dificultades pero con la posibilidad de ser transformado en su contexto próximo, con los años de escolaridad cursados como un cierto soporte.

Un par de ingredientes poderosos para desarrollar el aprendizaje significativo, relevante y reflexivo son el fortalecimiento de la capacidad de admiración y la creación de escenarios para el regocijo, mientras se observan las nubes en plena formación de figuras, listas para identificarse con asombro y admiración compartida.


Imagen: video de YouTube


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