El rechazo a las democracias (1 de 2).

Ha sido algo así como el libro del año en ciencia política. En estas notas trataremos de reflexionar acerca de los principales apuntes de los profesores de Harvard, Levitsky y Ziblatt, contenidos en su libro Cómo mueren las democracias, pero no en el sentido de analizar si el fondo de lo que afirman es cierto o no sino pensando en preguntarnos por qué se hace contra las democracias lo que ellos apuntan.

Comienzan los autores Levitsky y Ziblatt citando los ascensos de Hitler y Mussolini en Italia y Alemania como modelos destructores de la democracia liberal tradicional, Mussolini en Italia en 1922 y Hitler en Alemania en 1933. Tienen razón en ponerlos como modelos de quienes destruyen las democracias desde dentro, pero me temo que dos o tres datos puntuales son inexactos, o debatibles.

Por ejemplo, decir que la visita de Mussolini al rey Víctor Manuel el 30 de octubre de 1922 es el “inicio” de la marcha sobre Roma me parece erróneo. En realidad esa visita fue el “final” de la marcha física sobre Roma. Mussolini se trasladó físicamente desde Milán en tren, sus seguidores en auto, ferrocarril, bicicleta y a pie. El “final” de la marcha concluyó con la toma pacífica de Roma por parte de unas 40 mil personas que sin violencia física (la pura presencia del número) obligaron al rey a darle el gobierno a Mussolini por temor al mal mayor que eran el comunismo y el socialismo. Pocas veces se tiene presente, y en ellos aciertan Levitsky y Ziblatt pero no son los primeros (ni los más enfáticos), en decir que Hitler y Mussolini recibieron ‘por confianza’ la jefatura de gobierno de parte de sus respectivos jefes de Estado. Hitler recibió el mando de manos del presidente Hindenburg y Mussolini lo recibió de manos del rey.

Dicen Levitsky y Ziblatt que “Hindenburg, aprovechó un artículo de la Constitución que confería al jefe del Estado la autoridad para nombrar a cancilleres en caso de darse la circunstancia excepcional de que el Parlamento no lograra nombrar a un Gobierno por mayoría. La función de dichos cancilleres no electos y del propio presidente no consistía sólo en gobernar, sino, además, en marginar a los radicales tanto dentro de la derecha como de la izquierda”. Aquí tengo otra reserva. Me temo que cancilleres como los descritos no necesariamente hacían la función de “marginar a los radicales”; pienso en von Papen y en Schleicher.

Hitler, para sus planes, tuvo la suerte de que se muriera Hindenburg al año siguiente de su ascenso, en agosto de 1934, y al quedarse solo asumió todo: la cabeza del Estado (la Presidencia), el gobierno (la Cancillería), más la dirigencia del partido (el NSDAP), más facultades legislativas y jurisdiccionales, por la vía de la por él creada figura de Führung, que unificaba todas esas instancias. El titular de la Führung era el Führer. Mientras a Hitler le faltó el acompañamiento del Presidente, que murió, el caso italiano fue distinto. El rey Víctor Manuel se mantuvo a cargo de la monarquía antes, durante y después del gobierno de Mussolini. En concreto, Mussolini gobernó desde 1922 y hasta 1943 en que fue destituido por el mismo rey que lo había nombrado jefe del gobierno italiano 21 años atrás “al final” y no “al inicio” de la marcha sobre Roma. Sigue siendo tema de polémica desentrañar el misterio de la conducta del rey.

Dicen también Levitsky y Ziblatt que “los pelotones de fascistas que rodeaban Roma representaban una amenaza, pero las maquinaciones de Mussolini para tomar las riendas del Estado no tuvieron nada de revolución”. El punto es interpretar el sentido que los citados autores le dan a la palabra “revolución”. Mussolini formó un nuevo gobierno y un nuevo régimen que duró poco más de veinte años. ¿Fue entonces la suya una revolución o no? Si lo que quieren decir es que no fue violenta con muertos y heridos efectivamente no los tuvo, al menos en el preciso momento de ascender.

En el primer párrafo de esta nota propusimos preguntarnos por qué se hace contra las democracias lo que Levitsky y Ziblatt apuntan en su libro. Proponemos aquí que por la razón de que los regímenes derribados entraron en crisis. Por crisis entendemos la incapacidad para la eficacia; por eficacia entendemos lograr los objetivos del Estado. La crisis de los rusos Romanov permitió el ascenso del Partido Comunista, la monarquía italiana entró en crisis (perdió eficacia) en 1922 y permitió la llegada del Partido Nacional Fascista, el sistema político mexicano caudillista entró en crisis con la muerte de Obregón en 1929 y orilló a la creación del Partido Nacional Revolucionario, de sospechosa homonimia con el italiano, la República de Weimar entró en crisis en 1933 y permitió la llegada del NSDAP. La crisis del PRI-gobierno desde fines del siglo XX permitió el ascenso de Morena en 2018.

Pregunta desagradable: ¿se parecen las razones por la que cada sistema político perdió eficacia y permitió el ascenso de un contrario que en distintos grados monopoliza el poder en una sola persona? Desde aquí proponemos que sí.

 

 
 

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