Claroscuros de un fin de ciclo escolar.


Un fin de ciclo escolar con sabor a incertidumbre nos ha quedado al final de los días; la sensación de que la promesa de renovación educativa y sus ambiciosos alcances no se hizo presente.

Que al fin de cuentas el inicio lleno de júbilo se vacía dejando silencio y soledad en esas aulas porque la reforma educativa no ha llegado  todavía.

Ha finalizado un periodo escolar que dejó mucho que desear en términos de optimización de recursos, que permaneció simple y expectante de “lo nuevo” que nunca dejó de ser viejo.

Aunque se abusó de la intimidación por el abismo de nuestra ignorancia sobre la vigencia de las leyes educativas actuales, atestiguamos que las prácticas arcaicas de burocracia en la SEP siguen permaneciendo a grados ofensivos (…y que no se ve para cuando el cambio).

La administración escolar se encuentra por un momento de ajuste que no tiene principio ni fin, solo podemos encontrar especulación y una innumerable cantidad de suposiciones sobre lo que vendrá en el siguiente ciclo escolar.

Algo que se tambalea entre la simulación de lo que se pretende ser y lo que en verdad existe. Pero más inútil es consentir la idea lamentable de que en los posteriores años escolares las cosas irán mejorando como daño colateral.  Si, un claro ejemplo de una burla colectiva sobre una realidad precaria ha sido la renombrada “normalidad mínima escolar”.

Si precisamente el supuesto inconsciente de que el mínimo básico es indispensable en cada centro de trabajo, y que esta normatividad de tan solo ocho reglas fue totalmente violentada principalmente por la autoridad educativa, nos hace suponer que hoy más que nunca la distancia entre la teoría y la práctica es infinita.

Que un país mega-diverso como el nuestro merece atención a sus diferencias regionales, merece consideración respecto a sus particularidades.  Una ley ajustable y verdadera.

Este ciclo escolar  pronto a concluir  solo ha sido productivo en la medida del aprovechamiento que cada docente logró; ha sido satisfactorio porque a pesar de las carencias en cada aula, grupo o medio laboral, hubieron (y aún hay) maestros y maestras optimistas, responsables y dignos de admiración.


Baldemar Montejo Martínez
Profesor de educación primaria. Simpatizante de la justicia y la honradez.

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