Aprendiendo juntos


Las y los estudiantes de Latinoamérica van a salir de la pandemia de Covid-19 con un reto, si cabe, mayor al de otras regiones del mundo. Me explico: nuestros países no son los más pobres, en términos absolutos, del mundo, pero sí los más desiguales. En nuestra región, con una severidad que nos debiera indignar más profundamente, como en ninguna parte del planeta, dos niñas pueden estar próximas físicamente y estar casi condenadas a hacer vidas en dos polos: una, gozando de seguridad y abundancia, de viajes y escuela bilingüe de jornada ampliada, persiguiendo desde pequeña sus intereses en equitación, o ballet, o codificando para hacer animaciones por computadora, y apenas a unos kilómetros, su par sólo de edad y nacionalidad enfrentarse a la desnutrición, al estrés tóxico de la necesidad, al hostigamiento policíaco y de pandillas, en una escuela sin baños ni conectividad, sorteando los peligros del abuso sexual desde muy pequeña.

La pandemia que está todavía instalada en la mayor parte de nuestros países en su fase ascendente no sólo desnudó décadas de impreparación, oportunismo y soberbia que lastraron la transformación educativa en el pasado; también lo hicieron para las respuestas inadecuadas del presente. Hay también oportunidades, hay esperanza, pero como la tierra –así lo comprendió el zapatismo de antes y el de ahora– es de quien la trabaja.

Esta semana se realizó el segundo encuentro de ministros de Educación de Latinoamérica, una iniciativa de REDUCA, la Red Latinoamericana de Organizaciones de Sociedad Civil en la Educación, en alianza con el BID y los gobiernos de la región. La primera cita fue en Colombia, el año pasado, y este año correspondió a Ecuador ser el anfitrión; con todas las dificultades de usar los recursos de la videoconferencia, se logró sin embargo la asistencia simultánea de los responsables de educación de 19 países, incluyendo México.

La idea fue la de ir aprendiendo juntos, en un espacio de confianza. De esa manera, no referiré quién dijo, pero sí algunas de las cosas que, a mi juicio, resultaron más valiosas del encuentro, en el que me correspondió coordinar la conversación sobre las estrategias de reapertura de las aulas. Algunos aprovecharon poco el encuentro; sin mucha autocrítica, repitieron lo que los comunicados y declaraciones recogen en sus países: llegamos a casi todos, el esfuerzo fue sobresaliente, se siguió aprendiendo que da gusto. Otros fueron más honestos y concretos: esto no nos funcionó, lo de allá apenas mitigó, el efecto realmente no lo sabemos porque se necesita una evaluación de impacto que sólo al regreso podremos conducir en forma.

La ‘educación a distancia’ en la emergencia sanitaria –en palabras de un ministro asistente– al máximo replicó la inequidad que ya había en nuestros sistemas. En muchos casos, la hondó, la agravó. Es obvio que no se podía dejar de ofrecer plataformas digitales, aun sabiendo que en nuestros países la conectividad es un negocio que no tuvo la generosidad de lograr el pleno acceso libre, sin contar con que las computadoras en casa son todavía un lujo para la mitad y más de la población en los países de mayor poder adquisitivo de nuestra Latinoamérica. Se recuperó la televisión y la radio como medios habilitados para el aprendizaje, reconociendo que mucho se logró, pero ahora hay que recapitular, ordenar y ya tener lista una mejor relación entre la programación y el currículum. La mayoría coincidió en que tenemos temarios desbordados, que requieren cirugía mayor para ser verdaderos currícula que hagan centro en competencias y actitudes esenciales.

Se reconoció que ya es inaceptable, en el siglo XXI, no haber resuelto agua y saneamiento no sólo –como siempre– esenciales, sino ahora imprescindibles para una reapertura de aulas que no sea irresponsable y peligrosa para la salud. Se aceptó que, si no se la enfrenta con toda lucidez y energía, la tendencia al abandono se va a disparar, y que se requiere una combinación de campaña social, sistema de monitoreo y alerta temprana, y equipos o soluciones especiales para atajar que se falte a la escuela por desánimo, por desconfianza o por la necesidad de aportarle al magro ingreso de la familia ahora reempobrecida por el prolongado cierre –en un país, ya se hicieron las alianzas para usar los call center de las telefónicas y atosigar a madres, padres y tutores de quienes no vuelvan la primera semana.

En fin, se confirma la convicción de REDUCA: es clave el papel de las organizaciones de sociedad civil para acentuar la transparencia, la rendición de cuentas, la continuidad de las políticas públicas y la conformación de alianzas en el sector educativo. Los ministerios y secretarías tienen el mandato, las atribuciones legales y el presupuesto, pero no están exentos de que en su meritorio esfuerzo caigan en ‘ceguera de taller’ y no alcancen del todo a anticipar lo que viene, a prepararse con cuidado y a ejecutar con contundencia y aseo. Y nada mejor que verse en el espejo de los pares, en estos países que siendo tan parecidos en su problemática son tan renuentes a compartir información, recursos, preguntas. Para lucirse hay muchos foros; nos hacen falta más ejercicios de trabajo, de manos a la obra con el traje arremangado, de reconocimiento que un país más pequeño, o más limitado en recursos, tenga sin embargo una gran lección que darnos.


David Calderón
Es Presidente Ejecutivo y cofundador de Mexicanos Primero. Fue instructor comunitario en zonas indígenas de Oaxaca e Hidalgo, asistente educativo en campos de refugiados y prisiones, profesor de secundaria, bachillerato y universidad.

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