Titulación in situ… ¿Rompiendo paradigmas?

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¿Estaría el normalismo preparado para que sus procesos de titulación sean completamente gratuitos hacia sus estudiantes tal y como ocurre en poquísimas, pero poquísimas escuelas normales del país?


El pasado 17 de junio de este año, la Dirección General de Educación Superior para el Magisterio (DGESUM), a través de su página de Facebook Somos Normalistas, publicó una extensa felicitación a la Escuela Normal “Juan de Dios Rodríguez Heredia” de Valladolid, Yucatán, por “la realización de la primera titulación in situ de una estudiante normalista en el territorio donde construyó su vocación docente”.

Este acto, calificado por esta misma Dirección como un “hito en la historia del normalismo mexicano, una experiencia inédita a nivel nacional y una profunda disrupción epistemológica, pedagógica, institucional, administrativa y cultural” es, desde mi perspectiva, un aporte necesario y valioso en momentos donde la educación superior, pero, especialmente las escuelas normales, tendrían que pensarse y repensarse en razón de la vorágine de acontecimientos de diversa índole que a diario impactan en la educación y, como parece obvio, en la formación inicial de docentes; pongo un ejemplo muy concreto: el uso de la Inteligencia Artificial (IA) en las tareas, proyectos o investigaciones escolares sin que haya un conocimiento significativo, por parte de estudiantes y profesores, de la existencia o creación de una normatividad institucional que regule su empleo (ver los resultados de la Encuesta Nacional sobre Usos y Percepciones de IAG en la Educación Superior en México).

De acuerdo al documento “Orientaciones académicas para la elaboración del trabajo de titulación, Planes 2022” emitido por la DGESUM, “la titulación como proceso, concluye una etapa de formación integral: filosófica, académica, científica, emocional y ciudadana del estudiantado, para convertirse en maestra o maestro normalista profesional de la educación con valores cívicos y compromiso social, en diversos contextos y territorios educativos”. En este mismo documento, la Titulación in situ se plantea de la siguiente forma: “en los contextos donde las relaciones entre las comunidades de las escuelas normales y las instituciones de práctica y las condiciones administrativas sea[sic] favorables, las escuelas normales podrán hacer las gestiones con las autoridades de la institución de prácticas para que el examen de titulación pueda realizarse in situ donde el estudiantado realizó su trabajo docente. El reglamento de titulación estatal o de la escuela normal deberá describir las condiciones que deben darse y los compromisos de ambas instituciones para garantizar esta forma de titulación”.

Es evidente que, con esta propuesta establecida en los documentos normativos que orientan las actividades académicas y administrativas para los procesos de titulación que se desarrollan en las normales, esta instancia gubernamental buscó generar una propuesta que rompiera con parte del formato conocido, es decir, aquel acto que se realiza entre cuatro paredes, pues, imagino, se buscó que las y los estudiantes realizaran su examen profesional en los planteles donde culminaron sus estudios, es decir, donde realizaron sus prácticas profesionales en el último año de su carrera, frente a la comunidad escolar integrada por niñas, niños, docentes, directivos y, tal vez, padres de familia. Repito, este suceso es un aporte valioso que pudiera contagiarse a más instituciones formadoras de docentes del país.

Dado este paso, pienso que sería importante y hasta necesario revisar o trabajar sobre el proceso de ese examen profesional establecido como parte de las actividades de titulación (la otra parte del formato), porque, si se revisa el documento “Orientaciones administrativas para el trabajo de titulación, Planes 2022”, se observarán momentos que de alguna forma siguen el establecido desde hace varias décadas: “a) exposición del trabajo de titulación por parte de la persona sustentante, b) intervención de cada una de las personas que constituyen el sínodo respecto a la exposición y a la revisión del documento presentado, con base en el tema y la modalidad de titulación, c) réplica de la persona sustentante a las preguntas y aportes del sínodo y presidenta o presidente del jurado, d) deliberación sobre el veredicto por parte del sínodo, e) emisión del veredicto, firma del acta profesional, en el caso de que resulte favorable; en caso contrario, presentación de recomendaciones para reprogramar un nuevo proceso”.

Este formato, sin duda, propició que mi mente recuperara un poco de historia al trasladarme a la edad media, pues en ese entonces se desarrollaba el conocido rito virreinal para la defensa de la tesis; años más tarde, específicamente en nuestro país cuando se fundó la Real y Pontificia Universidad de México en 1551, se aplicó el mismo formato virreinal, porque en ese entonces se requería de exámenes públicos y orales para defender las “tesis” o proposiciones frente a catedráticos de esa universidad. Varios décadas después, con la creación de la Universidad Nacional de México (hoy UNAM) en 1910, se formalizó la estructura moderna de las facultades y escuelas profesionales y, entre 1920 y 1930, con la obtención de la autonomía universitaria se normaron con precisión los reglamentos de titulación que al parecer siguen vigentes; ahí se especifica: la réplica oral obligatoria de una tesis en una sala o “aula magna”, frente a 3 o 4 sinodales (presidente, secretario y vocales), usando una toga (en algunas facultades) y concluyendo con la toma de protesta profesional.

Por lo que respecta a las escuelas normales, esta misma historia nos señala que, a finales del siglo XIX, la obligatoriedad de un examen profesional riguroso con un jurado evaluador formalizado se consolidó durante el porfiriato, específicamente a partir de la Ley de Enseñanza Normal de 1887 y con la inauguración de la Escuela Normal para Profesores de la Ciudad de México. Para esa época el formato ya estaba debidamente regulado en los reglamentos internos de las normales y consistía en dos partes: a) el examen teórico, donde la o el alumno se presentaba ante un jurado de 3 o 4 integrantes; en ese momento se realizaba un sorteo para extraer de una tómbola un tema pedagógico o de contenido científico y en unos 15 o 20 minutos la o el estudiante disertaba oralmente sobre el tema para ser interrogado posteriormente por los sinodales; b) la clase muestra, en la que la o el candidato debía impartir una clase real frente a un grupo de alumnos de la escuela anexa, bajo la mirada y evaluación del jurado integrado por un profesor de metodología, el titular del grupo de la escuela de práctica y un especialista de la materia. Tiempo después, particularmente a partir de 1984, cuando por decreto presidencial los estudios de educación normal se elevaron a rango de licenciatura, el status del rito del examen profesional cambió significativamente homologándose prácticamente al de las universidades, es decir, se elaboraba (y elabora) un documento de titulación (antes recepcional) y luego era (y es) defendido en una sala o salón de la escuela normal habilitada para este propósito frente a un jurado compuesto por 3 sinodales que deliberaban (y deliberan) en privado para dictaminar si la o el estudiante era (o es) aprobado o no.

Llegado a este punto bien valdría la pena reflexionar sobre el formato del que se ha venido hablando hasta el momento, ¿habría la posibilidad de abrir otras posibilidades como la clase muestra para que las y los estudiantes puedan dar cuenta del trabajo realizado en las escuelas de práctica/comunidades/territorios?, ¿no habría otras posibilidades o propuestas que pudieran implementarse o considerarse para que o los alumnos demuestren los aprendizajes adquiridos, tanto en la normal como en las instituciones de práctica? Si no me equivoco, el primer paso se ha dado con lo que la misma DGESUM ha denominado Titulación in situ, es decir, se ha salido de esas cuatro paredes para asistir a las escuelas donde la o el estudiante realizó su práctica profesional, ¿no habría otras alternativas para que las y los normalistas próximos a egresar demuestren activamente su saber?, ¿por qué no pensar en la idea de realizar una valoración de desempeño crítico o simulación situacional adaptada a los contextos, necesidades y circunstancias de las propias escuelas normales y de las de práctica?

Dicha valoración del desempeño del estudiante, valoraría (valga la redundancia) la capacidad manifiesta y desarrollada a lo largo de sus cuatro años de carrera profesional, donde acudió desde el primer semestre hasta el octavo a un plantel de educación básica a realizar una actividad que se conoce como de observación y práctica docente. Su funcionamiento u operación no tendría por qué no gozar de la formalidad que el acto amerita; se le puede presentar al alumno un caso problema real o una situación crítica de la práctica, por ejemplo: “un grupo de tercer grado de primaria presenta un conflicto de inclusión de género y rezago en lectoescritura y, para ello, se hace indispensable diseñar y desarrollar una intervención de emergencia en este momento”. Con este caso o situación problemática, la o el estudiante tendría un tiempo límite para resolver el caso, modelar una planeación o realizar una simulación frente a un grupo focal. Ahí el jurado observaría su desempeño técnico, ético y metodológico del normalista en acción. Con ello se podría valorar cómo la o el futuro docente resuelve problemas profesionales en tiempo real y no qué tan bien memorizó su tesis, informe o portafolio de evidencias.

No, no se trataría de sustituir la elaboración de los documentos de titulación mencionados en el párrafo anterior, sino de complementar tal actividad con esa valoración porque, si se considera que el eje de formación de las y los normalistas es la práctica profesional, ¿por qué no enriquecer ese proceso con otras opciones u alternativas?

Claro que hay países que más o menos han adaptado las valoraciones de desempeño crítico o de simulación situacional en sus carreras afines a la docencia, por ejemplo, Australia con un examen situacional, Estados Unidos con el modelo edTPA y simulaciones virtuales, Chile con la evaluación nacional diagnóstica, Singapur con el modelo del NIE y Finlandia con la investigación-acción en las escuelas de laboratorio. México, si no me equivoco, podría con este reto porque experiencia, creatividad y experiencia puede hallarse en las normales.

La pregunta en todo caso sería si las y los normalistas se atreverían o nos atreveríamos a transitar de un modelo ya conocido y que, hay que decirlo, ha dejado varios vacíos, vicios y hasta prácticas no tan favorables en los procesos de titulación, hacia un modelo o formato que considere la Titulación in situ con su respectiva valoración de desempeño crítico. Esto, pienso, obligaría a profundizar en lo académico y administrativo, por citar dos ejemplos: el abordaje de contenidos durante toda la carrera y la eficiencia en los procesos administrativos.

Por cierto, ¿estaría el normalismo preparado para que sus procesos de titulación sean completamente gratuitos hacia sus estudiantes tal y como ocurre en poquísimas, pero poquísimas escuelas normales del país? Ojalá y así sea. En fin.

Dejo hasta aquí este tema extendiéndole una felicitación a la alumna Yari Mirely May Chan, alumna egresada de la Licenciatura en Educación Primaria Intercultural, Plurilingüe y Comunitaria de la Escuela Normal “Juan de Dios Rodríguez Heredia” por atreverse a dar este paso y romper ciertos paradigmas; desde luego un reconocimiento a su asesor o asesora, a su maestro o maestra titular de la escuela de práctica y en sí a la escuela normal en referencia.

Ya veremos qué sucede con el tiempo.