Cuando educar también significó permanecer

Avatar de Federico Martínez Gutiérrez

En nombre de las directoras, directores, maestras y maestros de la Zona Escolar 241.


A quienes nunca aparecerán en los reconocimientos oficiales.

A las maestras, maestros, directoras y directores que, aun con miedo, siguieron abriendo las puertas de sus escuelas.

A quienes entendieron que educar, en nuestras comunidades, también significó cuidar, escuchar, abrazar y permanecer.

Esta historia les pertenece.

Esta narrativa no será premiada. Tampoco será exhibida para alimentar la ilusión de que el aparato burocrático de la Secretaría de Educación cumple heroicamente con su deber. No servirá para producir fotografías, publicaciones o discursos que conviertan la obligación institucional en espectáculo.

No fue escrita para satisfacer indicadores ni para ocupar un espacio en una ceremonia de reconocimientos. Fue escrita porque existen historias que, precisamente por no aparecer en los informes oficiales, merecen ser contadas.

Esta narrativa habla de las escuelas.

Habla de quienes sostienen cotidianamente la educación pública sin reflectores, sin cámaras y sin ceremonias. Habla del maestro que aborda el autobús antes del amanecer para llegar a una comunidad aislada, marcada por la pobreza y la violencia. Del director que improvisa soluciones porque el presupuesto nunca llega. Del supervisor que acompaña escuelas donde el miedo también forma parte del horario escolar.

Aquí no hay publicaciones en redes sociales para celebrar acciones extraordinarias. Hay trabajo. Hay compromiso. Hay presencia. Hay una escuela que continúa existiendo pese al abandono institucional y pese a la ausencia de condiciones mínimas para ejercer el derecho a la educación.

Concluye el ciclo escolar 2025-2026 y permanece la sensación de que la autoridad educativa continúa distante de la realidad que viven diariamente quienes reciben a niñas y niños cuyos padres han sido asesinados, desaparecidos o privados de su libertad; estudiantes que encuentran en la escuela el único espacio de estabilidad mientras el contexto intenta arrastrarlos hacia la normalización de la violencia.

Hay niñas y niños que fueron testigos del asesinato de su propio maestro; que aprendieron demasiado pronto que la violencia también puede irrumpir en el aula. Hay comunidades donde las balaceras dejaron de ser acontecimientos extraordinarios para convertirse en parte del paisaje cotidiano. Hay madres de familia que resuelven sus conflictos mediante la agresión frente a sus hijos; alumnos que acosan a otros alumnos; una realidad que hipersexualiza la infancia y les roba demasiado pronto la posibilidad de vivirla.

Y, frente a todo ello, aparecen protocolos.

Protocolos cuidadosamente redactados, llenos de diagramas, formatos y rutas de actuación que, cuando la violencia atraviesa el portón de la escuela, dejan más preguntas que respuestas.

¿Qué protocolo explica a un maestro cómo regresar a una comunidad donde acaba de ocurrir una ejecución?

¿Qué formato administrativo contiene el miedo de una madre que duda si enviar o no a su hijo a la escuela?

¿Qué oficio institucional devuelve la tranquilidad a un docente que debe atravesar diariamente un territorio donde nadie puede garantizar que volverá a casa?

Las respuestas nunca llegaron.

Entonces comprendimos una de las lecciones más difíciles de este ciclo escolar: cuando la violencia alcanza a la escuela, la escuela permanece prácticamente sola.

Ningún nivel de autoridad hizo plenamente suyo el problema. Las responsabilidades comenzaron a desplazarse de oficina en oficina. Cada instancia encontraba argumentos para explicar por qué aquello correspondía a otra mesa, a otra dependencia o a otro nivel de gobierno.

Mientras tanto, las escuelas seguían esperando.

Permanecer cuando todo invita a marcharse

La Zona Escolar inició el ciclo escolar con el propósito de enfrentar el rezago educativo heredado por la pandemia y fortalecer la convivencia escolar. Era una tarea enorme.

Sin embargo, pronto comprendimos que el verdadero desafío no sería únicamente enseñar.

Sería permanecer.

Las decisiones que hubo que tomar nunca aparecieron en los manuales de gestión escolar.

Hubo que suspender durante semanas, e incluso meses, las actividades presenciales porque los caminos dejaron de ser seguros para alumnos y docentes. Hubo que esperar a que las comunidades recuperaran condiciones mínimas para abrir nuevamente las escuelas. Hubo que regresar cuando aparentemente todo estaba en calma, aunque el miedo siguiera instalado en el cuerpo de quienes cruzaban nuevamente el portón escolar.

Porque el miedo no desaparece cuando termina una balacera.

El miedo aprende a convivir con uno.

Y, aun así, las escuelas regresaron.

No porque existieran garantías institucionales.

Regresaron porque abandonar la escuela significaba abandonar también el último espacio donde muchas niñas y muchos niños todavía podían sentirse protegidos.

Fue entonces cuando comprendimos que la violencia no podía combatirse únicamente con protocolos.

Había que responder desde la pedagogía.

La decisión de escuchar antes que administrar

La primera decisión que tomó la supervisión no fue emitir instrucciones.

Fue escuchar.

Antes de hablar de indicadores, planeaciones o metas institucionales, hubo que escuchar a los docentes. Escuchar el miedo contenido en quienes cada mañana emprendían el camino hacia comunidades donde nadie podía asegurar que regresarían con bien. Escuchar la impotencia reflejada en el rostro de los directores. Escuchar el cansancio de quienes comenzaban a preguntarse si realmente valía la pena continuar.

En más de una ocasión no hubo respuestas.

Hubo abrazos.

Y descubrimos que, en determinados momentos, un abrazo también constituye una forma de acompañamiento profesional.

De esas conversaciones nació una convicción compartida.

Si la violencia estaba rompiendo el tejido social de nuestras comunidades, la escuela debía convertirse en el espacio donde comenzara a reconstruirse.

No desde discursos.

Desde la formación.

Las once escuelas de la zona tomamos una decisión colectiva: orientar nuestros proyectos escolares hacia la construcción de una cultura de paz.

No existió un proyecto único porque tampoco existía una única realidad.

Cada escuela leyó su propio contexto.

Algunas decidieron trabajar el respeto porque comprendieron que éste había dejado de formar parte de la convivencia cotidiana. Otras centraron sus esfuerzos en la empatía, el reconocimiento del otro, la regulación emocional, la resolución pacífica de conflictos o la recuperación del diálogo como forma de convivencia.

Las aulas comenzaron a transformarse.

Las paredes dejaron de ser únicamente espacios para exhibir productos escolares y comenzaron a mostrar preguntas construidas por los propios estudiantes: ¿Qué es el respeto? ¿Qué significa la tolerancia? ¿Cómo puedo resolver un conflicto sin violencia? ¿Qué emociones habitan en mí? ¿Cómo puedo reconocer las emociones del otro?

Niñas y niños escribieron acuerdos de convivencia. Elaboraron árboles de compromisos, carteles, diarios, reflexiones y proyectos colaborativos. Hablaron de paz en comunidades donde la violencia parecía haber monopolizado el lenguaje.

No eran actividades aisladas.

Eran pequeños actos de resistencia pedagógica.

Una comunidad que aprendió a sostenerse

Las reuniones de seguimiento entre directores también dejaron de ser simples espacios administrativos.

Cada encuentro se convirtió en un lugar para compartir experiencias, mostrar evidencias, narrar avances y aprender unos de otros.

Las fotografías que cada director llevaba no pretendían demostrar cumplimiento.

Mostraban esperanza.

En ellas aparecían niñas escribiendo sobre el respeto; niños reflexionando acerca de la tolerancia; estudiantes identificando sus emociones; docentes construyendo espacios de diálogo; comunidades escolares intentando reconstruir aquello que la violencia había fragmentado.

Comprendimos entonces que, aunque no podíamos detener el conflicto que ocurría fuera de las escuelas, sí podíamos impedir que la violencia terminara definiendo el sentido de la educación.

Tal vez no podíamos apagar el incendio.

Pero sí evitar que las llamas alcanzaran el corazón de la escuela.

Lo que aprendí como supervisor

Al concluir este ciclo escolar comprendí que la mayor responsabilidad de un supervisor no consiste en administrar escuelas.

Consiste en no abandonar a quienes sostienen la escuela.

Aprendí que mis maestras y mis maestros esperan mucho de mí. Esperan presencia cuando el miedo paraliza, acompañamiento cuando las respuestas institucionales no llegan y, sobre todo, esperan que no me convierta en un supervisor que observa la realidad desde la comodidad de una oficina mientras ellos atraviesan diariamente caminos donde enseñar también implica asumir un riesgo.

Hubo momentos en los que incluso nosotros, como equipo de supervisión, tuvimos miedo de regresar a las escuelas. Hubo conversaciones difíciles, silencios prolongados y decisiones que jamás imaginamos tener que tomar. Negociamos entre nosotros el valor necesario para volver a recorrer comunidades donde poco tiempo antes se habían escuchado detonaciones de armas de fuego.

Descubrimos que el miedo también forma parte de la condición humana.

Y que reconocerlo no nos hacía más débiles.

Nos hacía más responsables.

Aprendí también que la escuela pública continúa sosteniéndose gracias a la enorme dignidad de quienes trabajan en ella.

Mientras las estructuras administrativas siguen funcionando bajo lógicas que pocas veces alcanzan a comprender la realidad pedagógica de las comunidades, los docentes continúan enseñando. Mientras la falta de maestros permanece sin resolverse, alguien reorganiza grupos para que ningún niño se quede sin atención. Mientras las respuestas institucionales viajan lentamente entre escritorios, alguien escucha a un alumno que necesita ser escuchado.

Comprendí que la estructura administrativa, tal como hoy está concebida, difícilmente alcanza a responder a los problemas profundamente humanos que enfrenta la escuela. Con demasiada frecuencia pareciera que somos únicamente un número dentro de un sistema que registra estadísticas, pero que pocas veces mira los rostros de quienes sostienen diariamente el servicio educativo.

También aprendí que levantar la voz no garantiza ser escuchado. Que denunciar el abandono no asegura que llegue el apoyo. Que incluso escribir esta narrativa provoca incertidumbre, porque existe el temor de que la crítica sea interpretada como deslealtad, cuando en realidad nace precisamente del compromiso con la educación pública.

Sin embargo, si algo me enseñó este ciclo escolar fue que el silencio jamás transformará aquello que duele.

Mis directoras, mis directores, mis maestras y mis maestros me enseñaron otra forma de entender la educación.

Me enseñaron que la nobleza todavía existe.

La vi cuando, después de meses de incertidumbre, decidieron regresar a sus escuelas. La vi cuando transformaron el miedo en proyectos para construir la paz. La vi cuando, en lugar de resignarse a que la violencia educara a nuestros niños, decidieron que fuera la escuela quien siguiera enseñándoles a ser humanos.

Muchas veces escuché decir que querían cambiar de zona, solicitar un traslado o simplemente retirarse.

Y los entendí.

Yo mismo llegué a preguntarme si valía la pena continuar.

Pero siempre terminábamos llegando a la misma conclusión.

Si nosotros abandonábamos la escuela, ¿quién permanecería con nuestros niños?

Si nosotros dejábamos de creer en la educación pública, ¿quién seguiría creyendo?

Si nosotros renunciábamos a formar para la paz, ¿quién enseñaría a las nuevas generaciones que la violencia nunca será un destino inevitable?

Por eso esta narrativa no busca reconocimiento.

Busca memoria.

Porque algún día, cuando las estadísticas sustituyan nuevamente a los nombres y los informes oficiales hablen de resultados, alguien tendrá que recordar que hubo maestras, maestros, directores y comunidades escolares que defendieron la escuela pública no con discursos, sino con su presencia cotidiana.

Mientras el mundo parecía acostumbrarse a la violencia, nuestras escuelas siguieron enseñando el respeto.

Mientras otros aprendían a convivir con el miedo, nuestras aulas siguieron construyendo diálogo.

Mientras el contexto insistía en deshumanizar, la escuela siguió recordando que educar consiste, antes que nada, en defender la humanidad del otro.

Quizá esa sea la última forma de resistencia que aún conserva la educación pública.

Y quizá por eso, durante este ciclo escolar, educar también significó permanecer.


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