A finales de los años noventa, el filósofo Carlos Pereda publicó el libro Crítica de la razón arrogante, editado por Taurus-Alfaguara. Se trata de una obra integrada por cuatro escritos que el autor denomina “panfletos”, pues son textos breves que, mediante un tono apasionado, defienden y atacan simultáneamente ciertos comportamientos y formas de pensamiento. En el primero de ellos aborda la arrogancia académica, quizá uno de los vicios más destructivos de la vida intelectual y escolar.
Al respecto, recuerdo a un profesor de bachillerato que me prohibió utilizar la regla de L’Hôpital sólo porque él no me la había enseñado. También a docentes que intentaron ridiculizarme públicamente por desconocer un dato —el nombre de un autor, una definición o una fecha—, o a quienes me interrogaban de manera insistente, pero no para enseñarme algo, sino para exhibir mi ignorancia. Viene a mi memoria la imagen de uno de mis profesores, durante los primeros años de licenciatura, que llegó al aula y comenzó a hablar en alemán. Después de unos minutos, y observando el desconcierto de los estudiantes, dijo: “Perdón, olvidaba que ustedes son monolingües”. Aquel docente, cuyo nombre me llevaré a la tumba, utilizaba su conocimiento como instrumento de humillación.
Rememoro también a otro profesor que, después de entregarle un ensayo como trabajo final, me preguntó si me gustaría que mi escrito apareciera publicado en una revista. Emocionado, respondí que sí. Lo que nunca me dijo fue que el texto aparecería firmado con su nombre y no con el mío… Otro de mis maestros afirmó que el trabajo final que le había entregado era una “porquería”; sin embargo, descalificó el escrito sin ofrecer argumentos, limitándose a minimizar mis ideas sólo por considerarlas “irrelevantes”.
Estoy seguro de que el lector también recuerda ejemplos concretos de arrogancia académica: maestros que etiquetan o se burlan de sus alumnos; que castigan psicológica, emocional e incluso físicamente; que convierten el error en un espectáculo del cual ellos son protagonistas. Docentes que provocan miedo, que hacen sentir al estudiante inferior e insuficiente. Profesores que se niegan al diálogo con sus alumnos porque consideran que éste les hace perder “autoridad”. Académicos que recurren a tecnicismos innecesarios para aparentar rigor y excelencia. Docentes que privilegian el monólogo porque les permite escucharse a sí mismos. Profesores que responden con irritación a las preguntas de los estudiantes: “Eso ya debería saberlo”, “¿Cómo ha llegado hasta aquí?” o “Eso es de cultura general”…
Como estudiante, tuve maestros que presumían haberse formado en instituciones prestigiosas y que alardeaban constantemente de sus publicaciones. Años después, ya como directivo de una institución de educación superior, conocí docentes que aprovechaban cualquier espacio académico para exhibirse intelectualmente más que para dialogar. Profesores que desestimaban a los demás, que consideraban su asignatura como la única importante o que maltrataban a los estudiantes bajo el disfraz de las “críticas constructivas”. Algunos recurrían a frases como: “Yo tengo más años en esto”, “Usted todavía no entiende” o “Cuando tenga mi experiencia podrá opinar”; es decir, utilizaban la experiencia como mecanismo de silenciamiento. A uno de ellos, que se vanagloriaba permanentemente de sus logros, llegué a decirle públicamente que padecía el síndrome del SAPO: Soberbia, Arrogancia, Prepotencia y Obstinación. Desde entonces, dejó de dirigirme la palabra.
También he conocido docentes normalistas que desprecian a quienes provenimos de universidades, afirmando que “los universitarios saben, pero no saben enseñar”. Pero, del otro lado, igualmente existen profesores universitarios que desestiman automáticamente a maestras y maestros de educación básica por considerar que trabajan en “niveles inferiores”, o que marginan a egresados de ciertas instituciones, a investigadores que abordan temas considerados “menores” y a quienes escriben para públicos amplios en lugar de hacerlo exclusivamente para revistas especializadas.
La arrogancia es un vicio. Representa una deformación ética de la relación que una persona establece consigo misma y con los demás. En la tradición filosófica, los vicios son hábitos del carácter que alejan al ser humano de la prudencia, la justicia y la convivencia virtuosa. La arrogancia implica una desmesura de la autoafirmación. El sujeto se percibe a sí mismo como superior y necesita confirmar constantemente esa supuesta superioridad. No se trata únicamente de orgullo o seguridad personal; la arrogancia exige compararse, diferenciarse y colocarse por encima de otros, al precio que sea.
La soberbia, concepto cercano aunque no idéntico, alude a una exaltación desordenada del yo. El soberbio no sólo aprecia sus virtudes, las absolutiza. Se considera excepcional, imprescindible o intelectualmente incontestable. De ahí que la arrogancia académica pueda entenderse como una auténtica pedagogía de la soberbia: una manera de enseñar, relacionarse y ejercer poder desde la autoidolatría.
El arrogante es altanero. Habla desde arriba, corrige con desdén y se relaciona mediante la condescendencia. Su lenguaje verbal y corporal, sus gestos e incluso sus silencios buscan recordar permanentemente una supuesta distancia jerárquica. En los espacios académicos, esta actitud suele expresarse a través del desprecio hacia colegas o de la invalidación automática de perspectivas distintas. El arrogante también es presuntuoso; busca exhibir sus capacidades, conocimientos o méritos con afán de reconocimiento y admiración. Necesita mostrarse. Su palabra se convierte en una puesta en escena del yo. Por ello, la arrogancia suele adoptar formas teatrales: exageración, impostación de la voz, acumulación de referencias eruditas, lenguaje innecesariamente complejo, demostraciones permanentes de autoridad intelectual o apelaciones obsesivas al prestigio.
Sin embargo, la arrogancia no puede reducirse a un simple problema de personalidad. Constituye también una lógica de poder. El arrogante busca encumbrarse degradando a los otros. Su autoafirmación depende del empequeñecimiento ajeno. Por eso desestima sistemáticamente a quienes le rodean, minimiza sus aportes y convierte la crítica en descalificación. El desprecio se transforma en una práctica cotidiana de validación personal. El arrogante no discute ideas, disminuye personas. Necesita que el otro aparezca como incompetente, ingenuo o insignificante para sostener la ficción de su propia grandeza.
La arrogancia supone, además, una profunda incapacidad para reconocer al otro como alguien legítimamente distinto, portador de experiencia, pensamiento y dignidad. El arrogante no reconoce verdaderamente a los demás; sólo los clasifica según la utilidad que le reportan; por eso el arrogante no tiene amigos, sino vasallos. Quien lo cuestiona es percibido como una amenaza. Quien lo admira se convierte, más que en un aliado, en una extensión de su vanidad.
Como el mismo Carlos Pereda precisa, “la o el arrogante procuran separarse y separar; confían con fervor en las claras y e indiscutibles jerarquías”. Construye distancias reales y simbólicas que refuercen su pretendida superioridad. La jerarquía se convierte en obsesión. Necesita ser reconocido como alguien “por encima” de los demás y vive convencido de ocupar un lugar privilegiado e indiscutible. Esta necesidad de diferenciación suele expresarse en pequeños rituales de exclusión: monopolizar la palabra, desacreditar las voces de otros, despreciar enfoques distintos o convertir el conocimiento en patrimonio privado. En este contexto, el arrogante suele cultivar pequeñas sectas intelectuales. No busca colegas autónomos, sino seguidores, admiradores que reproduzcan su forma de pensar, hablar, actuar, vestir…
En el fondo, la arrogancia académica revela una concepción empobrecida del saber. El arrogante no estudia para comprender mejor el mundo, sino para afirmar su superioridad dentro de él. De ahí su necesidad constante de exhibirse, de “pavonearse”. ¿Conocemos a algún académico obsesionado con ser citado, admirado o incluso temido? ¿A algún colega que necesite figurar siempre y en todo? ¿A alguien incapaz de reconocer sus errores y que, cuando algo sale mal, culpa a los demás, asegurando que están en su contra o que le hicieron trampa?
La arrogancia suele desembocar también en la difamación. El arrogante desacredita a otros mediante insinuaciones, ataques o deformaciones de su imagen pública. Recurre a la intriga, al rumor y al desprestigio personal como mecanismos de control y autoafirmación, pues necesita disminuir a los demás para sostener la ilusión de su propia grandeza.
La arrogancia conduce, inevitablemente, a la autocomplacencia. El arrogante vive satisfecho consigo mismo y pierde toda capacidad de autocrítica. Considera innecesario revisar sus errores y termina encerrado en una lógica narcisista donde sólo escucha aquello que confirma su propia imagen. Como afirma Carlos Pereda: “La persona arrogante no oye, ni ve, ni recuerda, ni imagina… más que su supuesta magnificencia”.
Esta clausura subjetiva tiene consecuencias graves para la vida académica. Allí donde domina la arrogancia, el diálogo desaparece. El miedo sustituye a la conversación y la simulación reemplaza al pensamiento crítico.
Desde una perspectiva filosófica y pedagógica, la arrogancia niega la formación auténtica. Educar implica apertura, escucha y conciencia de los propios límites. Sócrates entendió que la sabiduría comienza cuando reconocemos que no lo sabemos todo; el arrogante, en cambio, se cree omnisciente. Por ello, la arrogancia académica no es sólo un problema individual, sino también institucional y cultural. Allí donde el conocimiento se utiliza para humillar o excluir, la educación pierde su sentido humanizador. Frente a ello, resulta urgente recuperar una ética de la humildad intelectual; comprender que ningún pensamiento florece en soledad y que quien realmente sabe, escucha, dialoga y aprende de los demás.