Derivado de la iniciativa del ex titular de materiales educativos de la Secretaría de Educación Pública (SEP), algunos docentes y otras figuras ligadas a los Libros de Texto Gratuitos (LTG), lanzaron una convocatoria hace unas semanas para conformar los Comités para la Defensa de la Nueva Escuela Mexicana y sus LTG, con el propósito de articular acciones organizadas, formativas y de seguimiento en torno a la política educativa vigente.
Esto nada nuevo o sorprendente podría tener; supongo que algunos pudieran pensar que son pequeñas colectividades que se han conjuntado en torno a un pensamiento, ideología, actividades educativas, etcétera, como las que suelen surgir dependiendo de las circunstancias, épocas o tiempos. Sin embargo, pienso que su conformación tiene una singular importancia porque, si bien es cierto que responden al planteamiento concreto relacionado con una postura ideológica ligada al respaldo que pudieran darle a la Nueva Escuela Mexicana (NEM) y al Humanismo Mexicano, también es cierto que puede vislumbrarse un concepto que muy pocos han tomado en cuenta y que deseo retomar porque pienso que existe algo más allá de esos comités, me refiero a la autonomía profesional del profesorado. Me explico.
Una de las demandas que buena parte del magisterio mexicano ha planteado desde hace varias décadas, es la relacionada con su necesaria autonomía para que realicen su quehacer en las aulas o escuelas de cualquier nivel educativo, en este caso, me referiré al de educación básica. No en pocas ocasiones se escucha decir al docente que él o ella sabe cómo hacer su trabajo, y es cierto. Probablemente su formación profesional y la práctica misma con las y los estudiantes con los que ha compartido en diferentes momentos de su trayectoria, le han brindado las herramientas que la misma “praxis” otorga para realizar su función. Es obvio, la teoría ofrece una serie de fundamentos con relación, por ejemplo, a la adquisición y desenvolvimiento del lenguaje, pero su “expertis” le da los elementos necesarios para responder a las demandas particulares de cada grupo o individuo.
Como parece obvio, esta idea entra en contraposición con los que en las últimas dos o tres décadas hemos catalogado como planes de estudio prescriptivos, es decir, con aquel currículo o plan de estudios oficial que es obligatorio, normativo y establecido por las autoridades educativas del o los gobiernos de que se traten. Baste con recordar los últimos tres planes que se han implementado en nuestro Sistema Educativo: el 2011, el 2018 y hasta cierto punto el 2022; en cada uno de estos el qué, cómo y para qué enseñar, guste o no, han garantizado la homogeneidad en todo el sistema y, desde luego, muchas de las prácticas de las y los profesores. Refiero el “guste o no” porque, seguramente, alguien podría decir que el plan 2022 ofrece una posibilidad mayor de poder contextualizar dicho currículo con “la realidad” y a partir de ello abordar los contenidos, pero de qué es prescriptivo sin duda lo es o… ¿no por ello existe ese plan y lo que se conoce como Programa Sintético? En fin; el tema aquí es que dichos planes, como parece obvio, se vinculan con las prácticas del profesorado, pero… ¿esto es así?, es decir, ¿dichos planes y materiales determinan las prácticas de las y los maestros?
Ahora bien, por lo que concierne a los LTG desde su aparición durante el gobierno de Adolfo López Mateos, han tenido un objetivo concreto: “garantizar que las y los niños de todo el país tuvieran acceso a materiales educativos gratuitos”; objetivo por demás noble que, con el paso del tiempo se ha ido desdibujando, porque como sabemos y, recientemente se ha dicho hasta el hartazgo, esos materiales contienen elementos que son o fueron parte de la ideología del gobierno en turno; otra vez el qué, cómo y para qué enseñar marcaron, y han marcado la ruta o el camino, digamos, de lo “pedagógico” y las consecuentes prácticas del profesorado, con una pequeña ventana que se abrió con los últimos LTG hacia la tan anhelada autonomía referida y exigida.
Si este escenario es más o menos cierto, pienso que, tanto el plan de estudios 2022 y los LTG que de este se desprendieron, abrieron la puerta para algo que no se había visto, al menos, de manera pública o abierta; en primer lugar, a la participación de diversos actores, pero, principalmente, de maestras y maestros en la conformación de ese plan y, en segunda, en la construcción de los LTG; sin duda, esta fue una extraordinaria oportunidad para que esa “expertis” quedara plasmada en esos materiales.
Sí, ya sé, con toda seguridad al afirmar esto muchas muchos podrán estar en desacuerdo o, por el contrario, podrían coincidir con mi postura, no obstante, algo es cierto: la participación de profesores y profesoras de todo el territorio nacional fue un hecho tangible e invaluable. Y es aquí donde deseo hacer énfasis un momento: si algo tendría que defender el magisterio mexicano es justamente esto, su derecho a ser participe, y nunca más un operador, de planes y programas de estudio y de los LTG.
Recuerdo que hace tiempo Mauro Jarquín, un estimado colega de las letras e ideas, escribía que las luchas magisteriales habían rendido frutos en alguna parte de la política educativa del sexenio lopezobradorista, al considerar la autonomía del profesorado en su quehacer educativo y que, por tanto, había que arrebatársela y quedarse con ella. Planteamiento con el que coincido en todo lo que cabe, pero yo agregaría un concepto más: el de su defensa en momentos en que aguas turbulentas aparecen en la SEP.
Sí, es cierto, con seguridad los LTG y el plan de estudios necesitan revisarse y, tal vez ajustarse, pero nunca más desde el oficialismo y sin la participación de las y los maestros. ¡Qué no me venga a decir la Subsecretaría de Educación Básica que no están incluidas las mujeres en los Libros de texto cuando ella misma participó en el de Historia! ¡Eso es una mentira! Mentira con la que es por demás obvio que desea regresar al pasado, so pretexto de mejorar esos materiales educativos, y ahí tiene mucho que ver Mario Delgado, por ello el reciente nombramiento de la poeta en cierta oficina de la Secretaría. En fin.
El magisterio tiene memoria y, en memoria de tantos y tantas maestras que a diario luchan o batallan en su quehacer educativo cotidiano, es que debe darse esa defensa. No sé si sea a través de los comités que, repito, por iniciativa del ex director de materiales educativos se conformaron en el país. Lo que sí sé es que, si el magisterio no hace nada, el pasado que ya se asoma en la SEP y en las políticas educativas neoliberales vestidas de una insípida izquierda volverán a aparecer.
Ojalá y pueda hacerse algo al respecto, para que el día de mañana, como bien diría mi abuela: ¡El magisterio no se queje! Aún se está a tiempo.
Ya veremos.
