La formación docente más allá del saber hacer

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La formación profesional docente no puede reducirse al desarrollo de habilidades, metodologías o procedimientos.


A lo largo de los años, en conferencias, talleres, cursos y distintos espacios de trabajo con maestras, maestros, directivos y supervisores escolares, he escuchado una observación que suele repetirse y que siempre me deja pensando. Al finalizar alguna actividad, varios participantes comentan que, por primera vez, logran entender cómo se relacionan las decisiones de política educativa con lo que ocurre todos los días en la escuela y el aula. Las palabras cambian, pero el sentido es parecido: ahora entiendo mejor por qué hacemos las cosas de esta manera.

Podría parecer un comentario anecdótico. En realidad, revela una brecha poco visible en el sistema educativo: la distancia que suele existir entre quienes ponen en práctica las políticas educativas y las oportunidades que tienen para comprender las razones que las sostienen. Resulta llamativo que docentes con años de experiencia descubran apenas entonces la relación entre una reforma constitucional, una ley educativa, una propuesta curricular y las decisiones que toman cotidianamente en su trabajo.

No se trata de profesionales alejados de la realidad escolar. Son maestras y maestros que participan en procesos de actualización, asisten a Consejos Técnicos Escolares, elaboran planeaciones, desarrollan proyectos y enfrentan diariamente los desafíos de la enseñanza. Sin embargo, cuando logran conectar todas esas piezas, suelen descubrir una lógica más amplia que hasta ese momento aparecía dispersa.

Esta experiencia invita a reflexionar sobre un aspecto que rara vez ocupa un lugar central cuando se habla de profesionalización docente. Con frecuencia entendemos la formación continua como la posibilidad de adquirir herramientas, metodologías, estrategias didácticas o procedimientos de evaluación. Esperamos que ayude a mejorar la enseñanza, fortalecer la planeación o enriquecer la intervención pedagógica. Todo eso es importante. Pero quizá no basta.

Una profesión no se sostiene únicamente en las técnicas. También necesita comprensión.

Ningún médico se limita a aplicar procedimientos sin entender los conocimientos que los respaldan. Ningún abogado ejerce su profesión como una simple ejecución de trámites sin comprender el marco jurídico que les da sentido. La docencia no tendría por qué ser distinta.

La práctica docente ocurre dentro de un sistema educativo complejo. Lo que sucede en el aula guarda relación con principios constitucionales, leyes, políticas públicas, finalidades educativas y contextos sociales específicos. Entender esas conexiones no significa que las maestras y los maestros deban convertirse en especialistas en política educativa. Significa contar con más elementos para interpretar críticamente los cambios que afectan su trabajo y dar sentido a las transformaciones que atraviesan la escuela.

Nadie esperaría que cada docente se convierta en experto en legislación o administración educativa. Tampoco se trata de trasladar a las escuelas discusiones técnicas propias de las instancias gubernamentales. Se trata de algo más sencillo y, al mismo tiempo, más importante: reconocer que comprender la lógica de las decisiones institucionales forma parte del ejercicio profesional de la docencia.

Quizá por eso muchas discusiones educativas terminan concentrándose en los procedimientos. Hablamos de cómo planear, cómo evaluar, cómo organizar proyectos o cómo implementar determinadas orientaciones curriculares. Son preguntas necesarias. Sin embargo, con menos frecuencia nos preguntamos qué problemas buscan atender las reformas, qué concepción de educación las inspira o qué propósitos persiguen.

Un ejemplo particularmente ilustrativo de esta situación puede encontrarse en la discusión en torno a la Nueva Escuela Mexicana. Buena parte de las conversaciones escolares se ha concentrado, de manera comprensible, en aspectos operativos como la planeación, los proyectos o la organización curricular. Sin embargo, detrás de esas decisiones existe una propuesta más amplia sobre la formación de las y los estudiantes, la relación entre escuela y comunidad y el reconocimiento de la diversidad de contextos en los que ocurre el aprendizaje. Comprender esos propósitos no implica necesariamente compartir todas las decisiones de la reforma, pero sí permite analizarlas con mayor profundidad y actuar con mejor criterio profesional.

Cuando estas preguntas quedan fuera de la conversación, la profesionalización corre el riesgo de reducirse al aprendizaje de instrucciones. Los docentes aprenden qué hacer, pero tienen menos oportunidades para entender por qué lo hacen. Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, tiene consecuencias importantes para la autonomía profesional.

La autonomía profesional no surge únicamente de la libertad para tomar decisiones. También depende de la capacidad para interpretar el contexto, comprender las finalidades de la acción educativa y actuar con criterio frente a situaciones complejas.

En otras palabras, la autonomía profesional descansa en el juicio profesional.

Esta preocupación no es ajena a las discusiones actuales sobre desarrollo profesional docente. La propia Estrategia Nacional de Formación Continua subraya la importancia de fortalecer la reflexión sobre la práctica, la autonomía profesional y la participación activa de maestras y maestros en la transformación de sus contextos educativos. Vista desde esta perspectiva, la formación continua no consiste solamente en adquirir herramientas para enseñar, sino también en comprender mejor el sentido de las decisiones que orientan el trabajo escolar.

Por ello, una de las tareas pendientes de la formación docente contemporánea quizá no sea únicamente ampliar la oferta de cursos, materiales y orientaciones. El desafío también consiste en generar espacios que permitan comprender mejor el sistema educativo, las finalidades que orientan las reformas y las razones que están detrás de determinadas decisiones de política pública.

La formación profesional docente no puede reducirse al desarrollo de habilidades, metodologías o procedimientos. Todo ello es indispensable, pero una profesión madura exige también comprender los principios y finalidades que orientan la práctica educativa.

Las escuelas necesitan docentes capaces de actuar con eficacia frente a los desafíos cotidianos de la enseñanza. Pero los sistemas educativos necesitan, además, profesionales capaces de comprender el sentido de aquello que se les pide transformar. La profesionalización docente alcanza su madurez cuando las maestras y los maestros no solo dominan las herramientas de su trabajo, sino también las razones que les dan sentido.

Porque enseñar implica saber hacer. Pero la verdadera autonomía profesional comienza cuando ese saber hacer se acompaña de la comprensión de por qué se hace.