El terremoto y mi infancia

"El sismo no sólo sacudió la tierra, también sacudió conciencias. México había cambiado, y el terremoto saco a flote muchas injusticias, impunidad y corrupción..."

Casimiro Méndez Ortiz.

Cuando sucedió el terremoto de 1985, yo tenía casi 8 años de edad. No me daba miedo el fenómeno natural como tal mientras se desarrollaba, me daba más miedo la reacción de la gente ante el terremoto.

Por aquellos años vivíamos en una vecindad, cerca del centro de Uruapan. La calle era Nicolás Romero, y nuestro domicilio se ubicaba entre las calles Hidalgo y 16 de Septiembre. Hoy, el lugar esta convertido en un gran estacionamiento.

Recuerdo que aquella mañana del 19 de septiembre de 1985, me despertó el crujir de la madera y la caída de una bolsa de mandado que mi mamá colgaba en un clavo, me golpeó el hombro. Me levante del petate, muy enojado para buscar al responsable del golpe. Mis hermanos Juana y Carlos también se estaban levantando. Un desgarrador grito se impuso en toda la vecindad: ¡Terremoto!

Terremoto, fue una palabra con la que conviví por muchos años en mi infancia. Era la primera vez que la escuchaba, pero era muy fácil familiarizarse con el término, sobre todo por el dolor y la muerte que significaba la palabra.

Salimos del cuarto de madera, todo se movía, todo se sacudía violentamente. Junto a la vecindad había una enorme panadería de adobe, su movimiento parecía como el de la gelatina y desprendía mucho polvo.

No cabían las oraciones en las bocas de mis vecinos, las palabras se amontonaban unas con otras, y no salían con mucha claridad. Lágrimas en los rostros. De pronto todos estábamos de rodillas, golpeándonos el pecho. Yo pensaba que entre más dolorosos fueran los golpes en el pecho, el terremoto disminuiría su intensidad. Y créanme no funcionó. La intensidad del movimiento era cada vez más violenta.

El llanto, los gritos y los abrazos también iban en ascenso.

Tal vez era mi imaginación, pero yo escuchaba rugir la tierra. Los segundos fueron minutos y los minutos eran eternos. Los perros también se solidarizaban o también tenían miedo y comenzaron a aullar. De pronto la naturaleza cedió. Todos tardamos en reaccionar, un sabor de amargura, soledad y miedo invadió nuestro ambiente. Nadie hablaba, con la mirada nos comunicamos por cerca de un minuto. No nos atrevíamos a profanar con nuestras palabras aquel silencio.

No queríamos ser castigados por dios o por la naturaleza con otro sismo por romper con nuestras palabras, aquel silencio que se nos imponía. Porque dios había hablado, y “habló fuerte” dijo Doña Rafaela.

La catástrofe estaba en marcha, la muerte montada en su caballo negro había visitado nuestro país. El galope y los cascos de acero hicieron cimbrar a nuestra patria. Donde clavo su huella con mayor profundidad este apocalíptico jinete, fue en la Ciudad de México.

La noticia del desastre nos fue llegando poco a poco en el transcurso de las horas y los días por venir, para dimensionar la magnitud del mortal daño causado por el terremoto. La información nos llegaba a través de la radio, en la vecindad no había Telecable, eso era un lujo para otros, no para nosotros.

Ninguno de los adultos que vivían en la vecindad tenía estudios más allá del segundo de primaria. Pero todos buscaban explicar lo sucedido. El consenso sobre lo ocurrido comenzaba a desarrollarse. El fin del mundo concluía la mayoría, “Dios está enojado por nuestro comportamiento” decía alguien, no recuerdo quien. “El Niño Dios está cansado de cargar al mundo en su mano derecha”, y lo que ha sucedido es que “el Niño Dios cambio al mundo de su mano”.

Hablaban del diablo, del infierno, del fin de la humanidad, de extraterrestres, de volcanes, de tsunamis. Así razonaba (o trataba de razonar) nuestro pueblo, la gente cercana a mi infancia.

Lo importante era buscarle una explicación a la naturaleza. Y en esta explicación todos participaban y la construían democráticamente.

Claro, aunque a veces se imponía la visión de aquel vecino que tenía más imaginación, o más miedo.

Recuerdo que alguien me dijo: “Es tú culpa, te portas mal y son tus pecados los que provocan la ira de Dios”. Era traumático imaginarme ser el responsable de tanta destrucción y muerte, y todo por causa de mi mal comportamiento.

Ahora, como maestros debemos tener mucho cuidado con la manera de explicar los fenómenos naturales a los niños. Todos inculcan el miedo, pero nadie da una explicación que científicamente se acerque al fenómeno natural conocido como Sismo.

La pregunta principal de las horas por venir era: ¿Dónde estabas cuándo tembló?

El sismo no sólo sacudió la tierra, también sacudió conciencias. México había cambiado, y el terremoto saco a flote muchas injusticias, impunidad y corrupción. El PRI-Gobierno de Miguel de la Madrid no supo reaccionar ante esta emergencia nacional. La reacción que tuvo aquel Gobierno fue criminal. Primero no aceptó la ayuda internacional en los momentos más críticos, después que siempre sí.

El pueblo organizado superó al gobierno, sin más recursos que sus manos, la sociedad salió a las calles a solidarizarse con los hermanos en tragedia. Las personas rescatadas con vida de los escombros fueron más de cuatro mil.

Hubo gente que fue rescatada viva entre los derrumbes hasta diez días después de ocurrido el primer sismo.

Tres recién nacidos fueron rescatados siete días después del terremoto de entre los escombros del Hospital Juárez.

La Ciudad de México estaba destruida, hoteles, vecindades, iglesias, escuelas, todo estaba acabado. Pero la Torre Latinoamérica estaba intacta he imponente, en ese momento símbolo de la fortaleza de un pueblo ante la tragedia.

Según el gobierno, el número de muertos fue de 3,692 personas. Cifras extraoficiales hablan de más de 50 mil muertos. La energía que se liberó en este movimiento telúrico fue equivalente a mil 114 bombas atómicas de 20 kilotones cada una. Después del sismo, no hay duda, México había cambiado. Los seres anónimos cobraban rostro, y la lucha era su nuevo rostro. Como el digno ejemplo de la lucha y la organización de las costureras y colonos, quienes se hacen presentes en el México que emergió después del terremoto.

Al día siguiente, el 20 de septiembre a las 07:37:13 p.m. Volvió a temblar. Yo ya estaba preparado. No le tenía miedo al sismo, pero ahora si le tenía pánico a volver escuchar los comentarios y conclusiones de los vecinos.

El miedo de la gente era mayor, en sus ojos podía verse el terror. Los gritos y el llanto volvían a imponerse. Esta replica se volvía eterna. Yo imaginaba que en cualquier momento nuestro planeta podía estrellarse con otro planeta.

A los fenómenos naturales no debemos temerles, debemos conocerlos. Me tocó estar en la Ciudad de México el pasado 7 de septiembre por la noche, cuando la tierra volvió a sacudirse, el sismo fue fuerte, los medios de comunicación anunciaron la magnitud 7.1. Fue una experiencia muy dura, escuchar el crujir de los cristales, la fricción entre edificios, la sensación de que seguía temblando minutos después del sismo. Era muy dramático ver otra vez a la gente abrazada, llorando, orando.

Durante el sismo ocurrió un fenómeno extraño, los horizontes de la ciudad y la propia ciudad se vio iluminada por un color azul intenso, como relámpagos, pero con mayor duración, esas luces se vieron durante el tiempo que duró el temblor. Ya después los especialistas explicarían que este fenómeno de destellos durante un sismo se produce cuando una onda sísmica golpea el suelo y se produce una falla, la fricción generada con algunas rocas como el basalto puede provocar que energía y corrientes eléctricas sean expulsadas a la superficie. La luz de tonos azules, violetas o blancos aparece sobre las áreas donde hay estrés tectónico, actividad sísmica o erupciones volcánicas.

A los fenómenos naturales hay que estudiarlos, conocerlos y tomar medidas preventivas para enfrentarlos de la mejor manera. Hay que recordar que las reacciones de los adultos ante los fenómenos naturales son importantes porque siempre habrá niños observando. No hay mejor forma de enfrentar los fenómenos de la naturaleza que la educación y la prevención.

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