El MCCEMS llega al aula: ¿adaptar o transformar? El enorme desafío del Telebachillerato Comunitario

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En numerosos planteles de Telebachillerato Comunitario, las brechas educativas no son una excepción: forman parte de la vida cotidiana.


En una conferencia reciente con docentes de Telebachillerato Comunitario, una preocupación apareció de manera constante: cómo sostener las nuevas exigencias del modelo curricular en escuelas donde las oportunidades de aprendizaje siguen siendo profundamente desiguales.

Hablaron de estudiantes y maestros que invierten muchas horas en sus traslados, de conectividad intermitente, de trabajo docente multicomponente y del desafío cotidiano de acompañar trayectorias escolares en contextos rurales.

Es ahí, en esas condiciones, donde la reorganización curricular de la Educación Media Superior enfrentará su verdadera prueba.

En los últimos años, la discusión educativa en México se ha concentrado en acuerdos, reformas y nuevas estructuras curriculares. Desde la actualización más reciente del Marco Curricular Común de la Educación Media Superior (MCCEMS) hasta la creación del Sistema Nacional de Bachillerato de la Nueva Escuela Mexicana (SINBANEM), la apuesta institucional busca construir un bachillerato más articulado, con identidad común y capacidad para responder a contextos regionales diversos.

Conviene recordar, sin embargo, que el actual MCCEMS no surge del mismo horizonte educativo que las reformas curriculares anteriores. El modelo que predominó durante las últimas décadas —y que alcanzó una de sus expresiones más visibles con los Aprendizajes Clave de 2017— colocó un fuerte énfasis en el desarrollo de competencias para que los estudiantes pudieran adaptarse a las dinámicas de la llamada sociedad del conocimiento.

En cambio, el MCCEMS vinculado a la Nueva Escuela Mexicana surge de la reforma constitucional de 2019 y de una nueva Ley General de Educación que redefine los principios filosóficos y pedagógicos del sistema educativo. La discusión ya no gira únicamente alrededor de desempeños individuales, sino de formación integral, inclusión, pensamiento crítico, sentido comunitario y compromiso social.

En el fondo, toda reforma curricular expresa una determinada visión de país y de sujeto educativo. También responde a preguntas históricas de toda política educativa: qué enseñar, para qué enseñar y qué tipo de formación considera valiosa una sociedad en un momento determinado.

Ahí aparece una de las diferencias centrales entre la Reforma Integral de la Educación Media Superior y el actual MCCEMS. Mientras el primer modelo enfatizaba la adaptación de los estudiantes a las dinámicas existentes, el modelo actual incorpora con mayor fuerza la idea de formación crítica y transformación social.

La diferencia no es menor.

No es lo mismo formar estudiantes para integrarse a las condiciones existentes que formar sujetos capaces de cuestionarlas y transformarlas.

Por eso, lo que hoy ocurre en la Educación Media Superior no puede entenderse únicamente como un ajuste curricular. Expresa también otra manera de definir la función de la escuela, el aprendizaje y el papel de la educación en la vida pública.

En el fondo, supone otra forma de entender la educación: no solo como mecanismo de adaptación social, sino como posibilidad de formación crítica, emancipadora y comunitaria. Y junto con ello, implica otra manera de pensar la pedagogía, la didáctica y el trabajo escolar.

En el papel, la propuesta parece consistente. El modelo habla de formación integral, interdisciplinariedad, trabajo comunitario y contextualización de los aprendizajes. El problema comienza cuando todas esas ideas deben aterrizar en planteles con enormes diferencias de infraestructura, recursos y acompañamiento académico.

El caso del Telebachillerato Comunitario resulta especialmente revelador.

El Telebachillerato Comunitario surgió en 2013 para ampliar la cobertura de Educación Media Superior en localidades rurales de baja densidad poblacional. De acuerdo con el Documento Base del TBC, su apertura se orientó a comunidades de hasta 2,500 habitantes que no contaran con otro servicio de EMS a menos de cinco kilómetros y, preferentemente, con infraestructura de telesecundaria disponible. En la práctica, esto coloca al TBC en territorios donde la dispersión geográfica, las limitaciones materiales y las brechas de acceso a recursos educativos forman parte de la experiencia cotidiana.

Por eso, lo que ocurra ahí permitirá medir si la nueva política curricular realmente puede sostenerse más allá del discurso normativo.

Uno de los cambios más importantes del modelo es la reorganización de los procesos formativos. El Documento Base del Telebachillerato Comunitario propone una estructura curricular modular e interdisciplinaria, organizada mediante módulos y submódulos articulados progresivamente. La intención pedagógica es clara: articular saberes, fortalecer el trabajo comunitario y superar parcialmente la fragmentación tradicional del aprendizaje centrado exclusivamente en asignaturas aisladas.

Sin embargo, el cambio más delicado quizá no se encuentra solamente en la estructura curricular, sino en la manera en que se redistribuyen los procesos de acompañamiento y aprendizaje.

El Documento Base del Telebachillerato Comunitario establece una distribución específica entre mediación docente y estudio independiente. En la formación fundamental, por ejemplo, se plantea un 55 % de mediación docente y un 45 % de trabajo autónomo del estudiante; en otros componentes formativos, la proporción de estudio independiente es todavía mayor.

Más que una adecuación organizativa, esta distribución modifica la manera en que se entiende el acompañamiento pedagógico y la responsabilidad del aprendizaje fuera del aula.

Pero también abre una pregunta mucho más profunda: ¿qué necesita realmente un estudiante para aprender con menor acompañamiento directo de sus docentes?

Pedir mayor autonomía académica parece razonable en el papel. El problema aparece cuando esa autonomía debe construirse en contextos donde muchos estudiantes no tienen conectividad estable, espacios adecuados para estudiar ni posibilidades reales de acompañamiento fuera de la escuela.

En algunas comunidades, el estudio independiente significa continuar aprendiendo prácticamente en solitario.

Porque el aprendizaje autónomo no surge automáticamente por decreto curricular. Requiere condiciones materiales, hábitos de estudio y trayectorias escolares que el propio sistema educativo no ha garantizado históricamente de manera equitativa.

Ahí aparece una de las tensiones más importantes del modelo.

En numerosos planteles de Telebachillerato Comunitario, las brechas educativas no son una excepción: forman parte de la vida cotidiana. Hay docentes que trabajan con grupos reducidos pero altamente diversos, estudiantes que combinan la escuela con actividades productivas familiares y comunidades donde el acceso digital sigue siendo irregular.

Frente a ese escenario, trasladar una parte importante del aprendizaje al estudio independiente puede producir efectos muy distintos a los que supone el diseño curricular.

El problema no consiste en rechazar la autonomía estudiantil ni en defender modelos tradicionales centrados exclusivamente en clases expositivas. Fortalecer capacidades de aprendizaje autónomo forma parte de cualquier propuesta educativa relevante en el siglo XXI.

La dificultad aparece cuando las reformas educativas parten de estudiantes ideales y no de las condiciones reales en las que estudian miles de jóvenes.

Y ahí el riesgo deja de ser solamente pedagógico.

También se vuelve político.

Porque ciertas reformas curriculares pueden terminar trasladando silenciosamente responsabilidades estructurales hacia estudiantes y docentes bajo el lenguaje de la autonomía, la flexibilidad o la contextualización, sin modificar al mismo tiempo las condiciones materiales que limitan el aprendizaje.

Existe entonces una pregunta incómoda que el debate educativo todavía evita discutir con suficiente profundidad: ¿hasta qué punto la contextualización puede convertirse en una manera de acostumbrarse a trabajar con carencias en lugar de resolverlas?

La pregunta resulta todavía más relevante cuando el propio discurso curricular plantea que los estudiantes deben desarrollar capacidades para transformar su realidad mediante proyectos comunitarios y trabajo escolar vinculado con el entorno. Porque transformar el entorno exige algo más que voluntad pedagógica: requiere condiciones materiales, acompañamiento académico y posibilidades reales de participación educativa.

Paradójicamente, el propio MCCEMS reconoce algo importante: el currículum no puede aplicarse mecánicamente desde el centro. Requiere lectura de cada entorno escolar, decisiones docentes situadas y capacidad para adaptar los procesos formativos a contextos específicos.

Y precisamente por eso el Telebachillerato Comunitario se vuelve hoy un espacio decisivo.

No porque sea un subsistema menor al que simplemente se le “implementa” una reforma, sino porque ahí la política educativa tendrá que demostrar si realmente puede sostener las promesas que formula en los documentos oficiales.

Toda reforma curricular parece sólida mientras permanece en el papel.

La verdadera prueba comienza cuando entra al aula.

Cuando llega a comunidades específicas, trayectorias escolares complejas y estudiantes concretos.

Porque el currículum no se concreta en el Diario Oficial.

Se concreta —o fracasa— en la vida cotidiana de las escuelas.