El difícil arte de aprender a despedirse

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Para las y los estudiantes, el final del ciclo escolar representa la emoción de avanzar hacia una nueva etapa.


“Las emociones están en el corazón de la enseñanza.” — Andy Hargreaves

Hay despedidas que pasan inadvertidas. No tienen discursos solemnes ni grandes ceremonias. Ocurren en el silencio del último día de clases, cuando el salón comienza a vaciarse, los pupitres quedan ordenados por última vez y las voces que durante meses dieron vida al aula empiezan a convertirse en recuerdos.

Para las y los estudiantes, el final del ciclo escolar representa la emoción de avanzar hacia una nueva etapa. Para muchas maestras y muchos maestros, en cambio, significa cerrar un capítulo profundamente humano. Durante casi doscientos días compartieron mucho más que contenidos escolares. Acompañaron alegrías y frustraciones, descubrieron talentos ocultos, alentaron a quien estuvo a punto de rendirse, celebraron pequeños triunfos que nadie más vio y, en ocasiones, ofrecieron el abrazo, la escucha o la palabra que un alumno necesitaba para seguir adelante.

La educación tiene una dimensión afectiva que pocas veces aparece en los informes oficiales. Las investigaciones han demostrado que los vínculos positivos entre docentes y estudiantes fortalecen el aprendizaje, la confianza, la motivación y el sentido de pertenencia a la escuela. Sin embargo, pocas veces se habla de lo que sucede cuando esos vínculos deben cerrarse para dar paso a un nuevo comienzo.

Entonces aparecen emociones difíciles de explicar. Se mezclan la satisfacción de la tarea cumplida con la incertidumbre sobre aquello que quedó pendiente; el orgullo de ver cuánto crecieron los alumnos con la nostalgia de saber que el encuentro cotidiano ha terminado. Tal vez por eso muchos docentes, cuando entregan las últimas boletas, no solo evalúan el desempeño de sus estudiantes; también hacen, en silencio, una evaluación de sí mismos. Se preguntan si lograron sembrar curiosidad, despertar confianza, cambiar alguna historia o simplemente hacer más amable el paso de un niño o un adolescente por la escuela.

Quien nunca ha enseñado podría pensar que cada grupo es uno más. Quien ha dedicado su vida a la docencia sabe que no existen dos generaciones iguales. Cada una deja una marca distinta. Cambian los nombres, los rostros y las circunstancias, pero permanecen las lecciones compartidas. Porque también los docentes aprenden de sus alumnos: aprenden nuevas formas de mirar el mundo, descubren fortalezas inesperadas y encuentran razones para renovar su vocación.

Al final, las aulas vuelven a llenarse con un nuevo grupo y comienza otra historia. Sin embargo, quienes han hecho de la enseñanza una forma de vida saben que siempre queda algo de cada generación en el corazón de quien tuvo el privilegio de acompañarla. Porque enseñar no solo es transmitir conocimientos. Es creer en las personas, caminar con ellas durante un tramo de su vida y, cuando llega el momento, tener la grandeza de dejarlas seguir su propio rumbo. Porque la educación es el camino…