Son las once de la noche en una biblioteca de Ciudad Universitaria. Una estudiante subraya, resume, se equivoca y vuelve a leer. A unos metros, otro alumno observa la pantalla de su teléfono: un asistente de inteligencia artificial responde, en segundos, una pregunta similar a la que aparecerá en el examen del día siguiente. Quizá la utilizará solo para estudiar; quizá la copiará sin comprenderla. La diferencia entre ambas decisiones no es tecnológica, sino ética.
A cientos de kilómetros, un docente presenta un examen para ingresar, promoverse o acceder a un reconocimiento dentro del Sistema para la Carrera de las Maestras y los Maestros (USICAMM). También ahí la tecnología está presente. Alrededor de estos procesos han surgido denuncias recurrentes sobre presuntas filtraciones de reactivos, comercialización de supuestas guías privilegiadas y otras prácticas que alimentan la desconfianza entre quienes participan. Aunque cada caso requiere ser investigado y acreditado por las autoridades competentes, el solo hecho de que estas sospechas circulen de manera persistente revela un problema de fondo: la confianza en el sistema de evaluación se ha debilitado.
Las escenas son distintas, pero comparten una misma pregunta: ¿qué ocurre cuando el mérito depende de un instrumento cuya legitimidad puede ser cuestionada? Esa es la grieta que hoy atraviesa la evaluación educativa en México, desde las universidades hasta los procesos que determinan el ingreso, la promoción y el reconocimiento del magisterio.
La inteligencia artificial y la nueva fragilidad de los exámenes
La inteligencia artificial representa uno de los avances tecnológicos más importantes de nuestro tiempo. Bien utilizada, puede convertirse en una herramienta extraordinaria para aprender, investigar, resolver dudas o fortalecer procesos educativos. El problema no es la tecnología; el problema surge cuando se utiliza para sustituir el razonamiento propio y obtener una ventaja indebida en una evaluación.
Durante décadas, copiar en un examen implicaba esconder un acordeón o mirar discretamente la hoja del compañero. Hoy basta con fotografiar un reactivo o formular una pregunta a un asistente conversacional para obtener, en cuestión de segundos, una respuesta redactada con aparente autoridad.
Esta transformación obliga a replantear el sentido mismo de los exámenes tradicionales. Cuando una evaluación puede resolverse recurriendo a herramientas externas sin que ello sea detectado, deja de medir exclusivamente el conocimiento de quien la presenta y comienza a medir, también, la capacidad del sistema para prevenir el uso indebido de esas herramientas.
Quienes resienten primero esta situación son los estudiantes y maestros que deciden actuar con honestidad. Para ellos, el esfuerzo, el estudio y la comprensión profunda pueden terminar produciendo exactamente la misma calificación que obtuvo quien simplemente copió una respuesta generada por una aplicación de I.A. Cuando eso ocurre, no solo pierde valor una calificación; se erosiona la confianza en la idea de que el aprendizaje y el esfuerzo siguen siendo recompensados.
El espejo del USICAMM
El debate adquiere una dimensión aún más delicada cuando se traslada al ámbito del magisterio.
El ingreso, la promoción y el reconocimiento profesional de miles de docentes dependen, en buena medida, de procesos sustentados en evaluaciones estandarizadas. Su propósito es garantizar objetividad, transparencia e igualdad de condiciones para todos los participantes. Sin embargo, cuando esos procesos son percibidos como excesivamente dependientes de un examen y, además, vulnerables a posibles irregularidades o intentos de fraude, la confianza comienza a fracturarse.
No corresponde afirmar que todas las denuncias sobre filtraciones, comercialización de materiales o prácticas indebidas sean verdaderas; cada una debe investigarse conforme a derecho. Pero sí resulta pertinente preguntarse por qué esas versiones aparecen convocatoria tras convocatoria y por qué generan tanta inquietud entre el propio magisterio.
Más allá de esas denuncias, existe un cuestionamiento de mayor profundidad: ¿puede un examen de opción múltiple valorar adecuadamente décadas de experiencia docente?
Miles de maestras y maestros han construido su trayectoria enfrentando contextos complejos: escuelas multigrado, comunidades rurales, zonas indígenas, contextos de marginación o periodos extraordinarios como la pandemia. Han aprendido a resolver problemas cotidianos que difícilmente pueden traducirse en reactivos estandarizados.
La práctica docente implica liderazgo, sensibilidad, creatividad, capacidad para resolver conflictos, acompañamiento socioemocional y conocimiento profundo de la comunidad escolar. Ninguna de esas dimensiones puede reducirse completamente a una evaluación aplicada durante unas cuantas horas.
La ilusión de una objetividad absoluta
Uno de los principales argumentos que respaldan los exámenes estandarizados es su aparente objetividad. Se sostiene que, al eliminar la intervención directa del evaluador, también desaparecen el favoritismo, la discrecionalidad y el compadrazgo.
Sin embargo, la objetividad técnica no garantiza por sí sola la justicia del proceso.
Un examen puede calificarse de manera impecable desde el punto de vista informático y, al mismo tiempo, resultar insuficiente para valorar la complejidad del trabajo docente. Del mismo modo, puede ser vulnerable a intentos de fraude tecnológico, suplantación o acceso indebido a información, riesgos que hoy enfrentan prácticamente todos los sistemas de evaluación digital.
La tecnología no elimina automáticamente los problemas; simplemente modifica su forma.
Por ello, la discusión no debería limitarse a fortalecer los mecanismos de vigilancia durante la aplicación de los exámenes. También es necesario preguntarse si el instrumento que se utiliza sigue siendo el más adecuado para valorar habilidades profesionales construidas durante años de servicio.
Recuperar una visión integral del mérito
Durante décadas, el sistema de escalafón reconocía distintos elementos de la trayectoria profesional: la antigüedad, las notas laudatorias, la capacitación, el desempeño y otros factores evaluados mediante procedimientos administrativos específicos. Aquel modelo también recibió críticas y enfrentó problemas de transparencia; no era un sistema perfecto.
Sin embargo, partía de un principio que merece recuperarse: la carrera profesional del docente no puede depender exclusivamente del resultado obtenido en una sola evaluación.
Hoy el reto consiste en construir mecanismos más integrales que combinen formación integral, continua, experiencia profesional, desempeño en el aula, desarrollo académico, participación institucional y evaluaciones técnicamente sólidas.
No se trata de regresar al pasado ni de rechazar la tecnología. Se trata de reconocer que la vocación docente es demasiado compleja para resumirse en un puntaje.
La inteligencia artificial no representa el enemigo de la educación. El verdadero riesgo aparece cuando los sistemas de evaluación permanecen prácticamente iguales mientras el contexto tecnológico cambia aceleradamente.
Cuando un estudiante obtiene la misma calificación que quien copió una respuesta generada por inteligencia artificial, el mérito pierde significado. Cuando un docente siente que años de experiencia pueden reducirse a un examen incapaz de reflejar su trayectoria profesional, también se debilita la confianza en el sistema.
Por ello, resulta indispensable abrir una discusión seria sobre el futuro de la evaluación educativa en México. Revisar los procesos, fortalecer su transparencia, incorporar mecanismos que valoren la experiencia y el desempeño real, y garantizar condiciones de equidad no significa renunciar a la exigencia académica; significa hacerla más legítima.
El mérito no debería depender únicamente de un examen. Debería construirse, reconocerse y evaluarse a partir del trabajo constante, la formación continua, la ética profesional y el compromiso cotidiano con la educación. Solo así la evaluación recuperará aquello que nunca debió perder: la confianza de quienes creen que aprender y enseñar con honestidad sigue teniendo sentido.
