En la escuela se puede perder mucho tiempo “trabajando colegiadamente” sin tocar lo que realmente importa: lo que sucede en el aula. Se nota cuando una sesión entre maestras y maestros fue formativa: vuelves al salón y algo cambia, aunque sea pequeño. Si no cambió nada, hubo reunión; pero no hubo aprendizaje profesional.
Las maestras y los maestros frente a grupo lo saben: la escuela está llena de palabras grandes —innovación, mejora, comunidad, transformación— y también de días en los que lo urgente se come a lo importante. Por eso vale decirlo sin rodeos: una comunidad de aprendizaje docente no se demuestra por reunirse, sino por mejorar algo real del aula.
Puedes tener juntas cómodas, acuerdos bien escritos y minutas impecables… y aun así regresar al salón a hacer lo mismo, con los mismos tropiezos y el mismo cansancio. Cuando pasa eso, hubo reunión; pero no necesariamente hubo aprendizaje profesional.
Una comunidad existe cuando el trabajo entre pares deja una huella concreta: un ajuste en la manera de explicar, en el tipo de preguntas, en la secuencia didáctica, en la planeación, en la retroalimentación, en la forma de acompañar a quienes van rezagados. Algo que se note en el salón de clases. Algo que puedas describir sin adornos.
Para que ese cambio ocurra, propongo mirar tres pilares que, juntos, vuelven potente el trabajo colegiado (llámese CTE, academia, consejo o como se nombre en cada escuela): oficio docente, criterio pedagógico y autonomía profesional.
1) Oficio docente: empezar por lo que sí pasa
El oficio docente no es “aplicar estrategias”. Es hacer que una intención pedagógica funcione con 38 estudiantes, 50 minutos, interrupciones, diversidad, energía variable y recursos limitados. El oficio es resolver la clase real.
Por eso, una sesión colegiada sirve cuando se ancla en preguntas de aula, no en generalidades:
¿Qué parte concreta de nuestra práctica nos está costando?
¿Qué señales vemos en el alumnado que lo muestran?
¿Qué haríamos distinto la próxima semana?
Cuando el oficio entra al centro de la conversación, el trabajo entre docentes deja de ser “plática” y se vuelve mejora de práctica.
2) Criterio pedagógico: decidir con fundamento, no por costumbre
Luego viene lo decisivo: el criterio. Criterio es distinguir lo que importa de lo que solo ocupa tiempo. Es elegir con intención, priorizar, justificar y anticipar efectos. Es preguntarnos: ¿para qué hacemos esto y cómo sabremos si funcionó?
Se nota el criterio cuando el colectivo deja de discutir solo actividades y empieza a reflexionar en torno a:
el propósito formativo (qué queremos lograr en el aprendizaje);
la evidencia (qué vamos a mirar para saber si se logró);
la retroalimentación (qué haremos cuando no se logre).
Los materiales externos, las “recomendaciones” o los formatos pueden ayudar, sí. Pero no reemplazan el criterio docente. El criterio es lo que nos permite tomar lo útil, adaptar lo general a nuestro grupo y desechar lo que no aplica.
3) Autonomía profesional: acuerdos que se prueban, no que se archivan
Y aquí está la palabra que suele generar ruido: autonomía. Autonomía no es “cada quien en lo suyo”. Tampoco es improvisar o resistir por sistema. Autonomía profesional es decidir con responsabilidad, sostener acuerdos y aprender de los resultados.
En una comunidad de aprendizaje, la autonomía es colegiada: el grupo docente define una mejora, la pone a prueba, observa, se retroalimenta y ajusta. No basta con “acordar”; hay que cerrar el ciclo:
decisión → implementación → evidencia → ajuste
Si no hay implementación, no hay aprendizaje profesional. Si no hay evidencia, no hay conversación seria. Si no hay ajuste, no hay mejora: solo repetición.
Un cierre simple que cambia todo
Hay una práctica mínima que vuelve real esto sin complicar la vida: cerrar cada sesión colegiada con tres líneas (y cumplirlas):
- Una decisión didáctica precisa que sí se implementará (qué cambia en mi enseñanza).
- Una evidencia observable (qué voy a traer del aula para ver si funcionó).
- Un ajuste previsto (qué modificaré si no resulta).
Cuando esa tríada se vuelve hábito, el trabajo entre pares deja de ser “reunión” y se vuelve formación situada. Porque la conversación se amarra a la práctica y la práctica regresa con evidencia a la conversación.
La pregunta que debería cerrar cualquier CTE (y cualquier reunión docente)
Hoy hay un espacio claro para volver esto cotidiano: el Consejo Técnico Escolar. No como trámite, sino como taller profesional. La pregunta final no es si nos reunimos; es si aprendimos profesionalmente:
¿Qué cambio hicimos en nuestra enseñanza y qué evidencia lo demuestra?
Si cada sesión deja esa huella —pequeña pero evidente— estaremos construyendo comunidades de aprendizaje que se notan: las que regresan al aula con un cambio y vuelven al colectivo a mostrar sus resultados. Y eso, en el salón de clases, se traduce en una cosa muy concreta: enseñar mejor.
Si mañana hay CTE, prueba esto.
