Cada fin de ciclo escolar reaparece una idea tan persistente como equivocada: que el último mes de clases es un periodo de inactividad para las y los docentes de educación básica. Recordemos la afirmación que hizo en mayo pasado el titular de la Secretaría de Educación Pública: “Tras la entrega de calificaciones hay una inercia en las escuelas, en todo el sistema educativo. Después del 15 de junio se cae en un periodo que en realidad se aprovecha para la descarga administrativa hasta mediados de julio”, aseguró Mario Delgado.
Esta idea, que sugiere que el último mes de clases ya nadie hace nada, no sólo desconoce la complejidad del trabajo escolar, sino que invisibiliza una de las etapas más intensas y demandantes del calendario educativo. Basta revisar las actividades programadas para el cierre del ciclo escolar 2025-2026 en una escuela primaria pública mexicana para advertir una realidad muy distinta. Mientras desde algunos escritorios administrativos se imagina a las maestras y maestros contando los días para las vacaciones, en las escuelas se desarrolla una auténtica operación institucional que exige organización, responsabilidad, gestión documental, evaluación académica, rendición de cuentas y planeación del siguiente ciclo escolar.
La lista de tareas resulta, por decir lo menos, abrumadora. Los docentes deben integrar y actualizar expedientes completos de cada estudiante; elaborar fichas descriptivas individuales y grupales; registrar promedios finales; verificar estadísticas oficiales; organizar la entrega de boletas y certificados; preparar exámenes diagnósticos para el siguiente ciclo; actualizar inventarios de mobiliario, equipo y materiales; rendir cuentas a padres, madres de familia y tutores; participar en procesos de transición entre docentes; entregar evidencias institucionales; concluir procesos administrativos y asistir a talleres intensivos de formación continua.
Todo ello ocurre, además, mientras continúan las actividades académicas ordinarias con las y los estudiantes. Porque, conviene recordarlo, el ciclo escolar no concluye con el mundial de futbol. Las escuelas siguen funcionando, los grupos siguen asistiendo y los docentes continúan acompañando procesos educativos hasta el último día establecido en el calendario oficial.
Particularmente reveladora resulta la cantidad de documentos que las y los docentes deben elaborar, revisar, actualizar y entregar al concluir el ciclo escolar. Los expedientes físicos de cada estudiante deben integrar actas de nacimiento, CURP actualizadas, comprobantes de domicilio, registros de salud, cartillas de vacunación, informes pedagógicos, números telefónicos de madres, padres o tutores, así como de familiares de contacto para situaciones de emergencia. A ello se añade información relacionada con becas, apoyos institucionales y otros antecedentes relevantes para la trayectoria educativa del alumnado.
La carga administrativa no termina ahí. Los docentes deben completar listas de asistencia, concentrados de evaluación, estadísticas oficiales, reportes académicos y diversos formatos requeridos por las autoridades educativas. Asimismo, son responsables de la verificación física del mobiliario, equipo tecnológico, materiales didácticos y acervos bibliográficos asignados a su grupo durante el ciclo escolar. Cada escritorio, silla, librero, computadora, proyector, bocina o libro debe ser localizado, revisado e inventariado para garantizar su correcta entrega a la institución o al nuevo responsable del aula.
Esta labor exige horas de trabajo dedicadas a cotejar existencias con los vales de resguardo, identificar y reportar faltantes o desperfectos, elaborar actas y formatos de entrega-recepción, y dejar en orden los espacios escolares para el siguiente ciclo. Lejos de tratarse de una actividad menor, constituye un proceso que demanda organización, precisión y un alto sentido de responsabilidad, pues implica la administración y resguardo de bienes públicos que permanecen bajo la custodia del profesorado durante todo el año escolar.
En el caso de las maestras y los maestros de sexto grado, las responsabilidades se multiplican, pues muchas veces sobre ellos recae la organización de las ceremonias de graduación. Esta labor implica preparar a la escolta que participará en la ceremonia de cambio de bandera, acompañar al alumno o alumna que pronunciará el mensaje de despedida de la generación, coordinar y ensayar los números artísticos, dirigir la interpretación de los himnos y supervisar cada detalle logístico del evento. No olvidemos los ensayos generales, que deben repetirse tantas veces como sea necesario para garantizar que la ceremonia se desarrolle con orden y solemnidad.
Pero las exigencias continúan. A estos encargos se añaden las reuniones de organización con madres y padres de familia, la atención permanente de imprevistos y la coordinación de múltiples aspectos que suelen pasar inadvertidos. La renta de sillas, mesas y lonas; la elaboración del proscenio; la definición del programa protocolario; la gestión de reconocimientos, constancias y materiales; así como la organización del desayuno o comida (según sea el caso) destinados a las autoridades civiles y educativas invitadas, forman parte de una extensa lista de tareas que deben resolverse con eficacia.
A lo anterior se suma la preparación del siguiente ciclo escolar. Mientras una parte de la opinión pública imagina que junio y julio son meses de despedida, los docentes ya están organizando listas de grupo, entregando información a los nuevos titulares, diseñando evaluaciones diagnósticas y preparando condiciones para la recepción de nuevas generaciones de estudiantes. Es decir, mientras un ciclo concluye, otro comienza silenciosamente.
La paradoja resulta inevitable. Quien observe superficialmente una escuela durante las últimas semanas del año podría pensar que la intensidad disminuye. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario: el trabajo se acrecienta. Las clases conviven con una compleja red de responsabilidades administrativas, pedagógicas y organizativas que rara vez son visibles para quienes no habitan cotidianamente las instituciones educativas.
Tal vez el problema radique en una concepción reducida del trabajo docente. Si se piensa que enseñar consiste únicamente en estar frente a un grupo dando clase y desarrollando contenidos, entonces todo aquello que ocurre fuera de la explicación de una lección parecerá irrelevante. Pero la profesión docente implica mucho más: evaluación, seguimiento, documentación, atención a las familias, planeación institucional, gestión escolar y mejora continua.
Más que afirmar que “ya nadie hace nada”, quizá convendría reconocer que durante el último mes de clases se realiza una parte sustantiva del trabajo que permite que el sistema educativo siga funcionando. Un trabajo frecuentemente invisible, escasamente reconocido y casi siempre realizado bajo presión de tiempo, pero indispensable para garantizar la continuidad de los procesos escolares.
Si algo demuestra la evidencia cotidiana de las escuelas es que el cierre del ciclo escolar no es un periodo de inactividad. Es, por el contrario, uno de los momentos de mayor concentración de tareas, responsabilidades y compromisos.
