Cada inicio de ciclo escolar, las escuelas reciben circulares que indican cómo debe conducirse la vida institucional. También llegan antes de vacaciones, recordando lo que no debe hacerse; y antes de las clausuras, advirtiendo que se eviten eventos ostentosos que afecten la economía familiar.
Todo parece regulado, menos cuando llega el Día de las Madres.
En torno al 10 de mayo, muchas escuelas entran en una zona de excepción. Lo que hace unos años era un acto sencillo —un programa cultural, un refrigerio modesto— hoy se ha transformado, en no pocos casos, en celebraciones desbordadas: comida en exceso, música en vivo, consumo de alcohol y escenas que poco tienen que ver con el carácter formativo de la escuela.
No es que me asuste la pachanga, no. Quienes me conocen, saben que sigo a pie juntillas las enseñanzas de Byung Chul Han, por aquello de que retomar la siesta y la fiesta.
De lo que hablo es que tenemos que ubicar cuándo y dónde debe ocurrir esa fiesta. Después de todo, es la escuela la que debe ser la brújula.
Año con año, durante los siguientes días, circularán anécdotas incómodas: madres en estado inconveniente, eventos que se salen de control, ambientes más cercanos a una fiesta patronal que a un espacio educativo, riñas y numeritos de todo tipo. Muchas veces ocurre bajo la mirada (y a veces con la participación) del propio personal docente. Lo peor es que, para los tiempos que corren, varios de esos exabruptos quedan guardados en videos que circulan por la red.
Parafraseando al apóstol Marco Antonio Solís: “¿A dónde vamos a parar..”?
La respuesta podría ser un misterio, mientras persista la ausencia de límites claros. Mientras otros momentos del calendario escolar están regulados con precisión, el Día de las Madres parece quedar en manos de la costumbre, la presión social y, en ocasiones, la competencia entre escuelas por “hacer el mejor evento”.
Se instala así una lógica peligrosa: entre más grande, mejor; entre más abundante, más significativo. Pero en ese crecimiento desmedido, algo se pierde, ya que la escuela deja de ser escuela para convertirse en salón de fiestas o peor aún, en cantina de mala muerte.
No se trata de oponerse al reconocimiento a las madres. Se trata de preguntarse cómo se realiza ese reconocimiento y qué mensaje transmite. Cuando el festejo se convierte en una pachanga, la institución educativa se diluye. La figura del docente pierde autoridad simbólica, porque deja de ser referente formativo para convertirse en organizador —o cómplice— del desorden.
Si bien es es cierto que las autoridades educativas no han establecido lineamientos claros para este tipo de celebraciones, pero también es cierto que no todo necesita venir desde arriba. Cada colectivo docente tiene margen de decisión.
Se puede optar por recuperar el sentido original del festejo, es decir, un espacio de convivencia digno, respetuoso, acorde con el carácter educativo. O puede seguir dejando que la inercia convierta a la escuela, una vez al año, en una romería sin control.
Entre el homenaje y la desmesura hay una línea delgada. Y cuando se cruza, lo que se pierde no es el orden del evento, sino algo más difícil de recuperar: el respeto por la escuela misma.
