¿Volver a cerrar la escuela?

"Definitivamente la escuela tiene que aprender a convivir con el virus, sin que esto signifique el descarte de medidas preventivas, como cierres parciales, al menos en los periodos más agudos de contagio en el contexto escolar..."

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En la gráfica, la línea ha comenzado un marcado y repentino ascenso, al grado de, prácticamente, trazar un ángulo recto. Es la cuarta ola de contagios de COVID-19 en México: la aceleración de casos apenas comienza y no se alcanza a vislumbrar aún el pico de casos. Ante esto, más de una decena de entidades del país han decidido postergar el regreso presencial a la escuela, después de las vacaciones invernales, como medida preventiva para evitar la transmisión del virus. En esos estados, las clases virtuales durarán entre una y dos semanas, cuando menos.

En diversas partes del mundo ha reiniciado el debate sobre las condiciones para la educación presencial. No obstante que, en términos generales, los gobiernos europeos han ratificado el regreso a la escuela después de las vacaciones decembrinas, tal decisión no goza de aceptación total. En Inglaterra, el ministro de educación ha declarado a los directivos escolares que, en caso de dificultades operativas derivadas de la ausencia de personal ante los crecientes contagios, podrían optar por la enseñanza en línea. En Francia se han reportado varias decenas de miles de estudiantes contagiados y aislados. En ese mismo país, un sindicato de docentes llamó a huelga ante las que considera condiciones inadecuadas en los centros escolares para enfrentar la pandemia.  Por otra parte, en Estados Unidos algunos gobiernos locales han retrasado la reapertura de las escuelas. Parece pues que comienza a ser cuestionada la idea de tener la escuela siempre abierta.

En México, a estas alturas del debate educativo, quedan pocas dudas de que el logro académico en lo virtual, en muchos casos, fue un ilusionismo. Asimismo, de manera general se coincide en que la educación a distancia puso en una situación adversa a quienes de por sí ya se encontraban en ella. Las repercusiones en la salud mental de los estudiantes no se pueden soslayar. A nadie le quedó dudas de los beneficios de la escuela presencial, pero eso no es suficiente para pensar en una apertura a costa de lo que sea, ni siquiera por la simple razón de etiquetar a la educativa como una actividad esencial o por la vacunación de los docentes.

¿Cómo será el cierre escolar en las entidades que ya han optado por el mismo? La larga experiencia vivida desde inicios de 2020 hasta mediados de 2021 debería replantear las formas de suspensión generalizada de las clases presenciales. Primeramente, considerar el tipo de cierre y su prolongación: donde las condiciones lo permitan, pudiera optarse por cierres parciales o una asistencia muy limitada, pero permitiendo el acceso especialmente de los más vulnerables. El tipo de cierre debería ser diferenciado según las características del entorno de cada escuela: las medidas para una escuela urbana con varios cientos de estudiantes quizá no sean pertinentes para una rural con escaso alumnado. Los cierres totales podrían ser contemplados como medidas en situaciones extremas.

Sobre el trabajo educativo a distancia, no se deben ignorar las lecciones que nos intentó enseñar la experiencia anterior. Tener al niño seis horas pegado a una pantalla (sobre todo de quienes tiene las posibilidades tecnológicas para hacerlo) no conduce necesariamente al aprendizaje, ni pasar varias horas en el comedor atiborrado de tareas escolares. No se debe ignorar la exclusión generada por el uso de la tecnología para las actividades escolares. Países europeos optaron por encomendar tareas sencillas, enfocadas en aspectos elementales de la lengua o el razonamiento matemático. El hogar ofrece oportunidades para aprendizajes relativos a la convivencia y los valores, pero es necesario superar la obsesión por consumir los contenidos educativos formales y tener presente una de las enseñanzas más claras del trabajo remoto anterior: la casa no es la escuela.

En México, las orientaciones para la reapertura de planteles educativos, emitidas por la autoridad educativa federal en un documento publicado en agosto del año pasado, presenta vacíos que, más que posibilidades para adecuar las estrategias a entornos específicos, dejan dudas sobre las pautas básicas de actuación. Por ejemplo, en lo relativo a casos sospechosos o confirmados de COVID-19 en la escuela, se describen acciones muy generales en apenas un párrafo: algo inaceptable ante una variante del virus que precisamente destaca por su alta contagiosidad. En otras regiones del mundo, mantener abiertas a las escuelas ha generado un debate que pasa por asuntos como la realización de pruebas (desde específicas sobre casos sospechosos hasta masivas), así como estrategias para encarar la inminente ausencia de personal en las escuelas y brindar equipamientos adicionales.

Definitivamente la escuela tiene que aprender a convivir con el virus, sin que esto signifique el descarte de medidas preventivas, como cierres parciales, al menos en los periodos más agudos de contagio en el contexto escolar. No se debe desdeñar las evidencias de estudios formales sobre los contagios en la escuela, pero tampoco desoír a quienes hablan desde las aulas mismas. Es urgente que las autoridades educativas, tanto federal como locales, revisen y fortalezcan las medidas adoptadas a inicio del curso, ante un virus que ha cambiado su rostro con el paso del tiempo.  Se debe buscar un equilibrio entre quienes anteponen la conveniencia de mantener abierta la escuela y quienes advierten sobre riesgos específicos: ambas posturas tienen algo de razón y es necesario hacer concesiones para complementarse mutuamente.


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