¿Qué estamos celebrando en las clausuras escolares?

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Sin proponérnoslo, terminamos enseñando que el reconocimiento pertenece al que sobresale, no al que ayuda a crecer a los demás.


Cada fin de ciclo escolar las escuelas mexicanas se llenan de música, fotografías, discursos, reconocimientos y aplausos. Padres de familia emocionados, docentes satisfechos y estudiantes vestidos para una ocasión especial se reúnen para cerrar un año de trabajo. A primera vista parecería que no existe motivo alguno para cuestionar estas ceremonias. Después de todo, celebrar también forma parte de educar.

Sin embargo, toda celebración transmite una determinada visión del mundo. Ningún ritual es neutral. Aquello que una comunidad decide reconocer revela, quizá mejor que cualquier documento oficial, cuáles son los valores que realmente considera importantes.

Por eso vale la pena detenernos un momento y hacernos una pregunta incómoda:

¿Qué estamos celebrando realmente?

Mientras la Nueva Escuela Mexicana nos invita a construir comunidades de aprendizaje, fortalecer el trabajo colaborativo, reconocer la diversidad cultural y formar ciudadanos críticos, muchas de nuestras ceremonias continúan reproduciendo prácticas que parecen pertenecer a otro paradigma educativo.

Seguimos premiando casi exclusivamente al estudiante con el promedio más alto, como si aprender fuera una competencia y no una construcción colectiva. Rara vez reconocemos al niño que acompañó a quien tenía mayores dificultades para aprender, a la alumna que logró integrar al compañero que permanecía aislado o al grupo que resolvió un problema de su comunidad. Sin proponérnoslo, terminamos enseñando que el reconocimiento pertenece al que sobresale, no al que ayuda a crecer a los demás.

También seguimos organizando ceremonias donde el centro del escenario suele estar ocupado por las autoridades, mientras quienes dieron sentido a la escuela durante todo el año —los estudiantes, los docentes y las familias— permanecen como espectadores de un protocolo cuidadosamente establecido. La escuela habla de participación democrática, pero muchas veces celebra desde una lógica profundamente vertical.

Quizá uno de los ejemplos más visibles sea el vals. Pocas veces nos preguntamos por qué forma parte de nuestras clausuras. Su presencia parece tan natural que hemos dejado de interrogar su significado. Sin embargo, se trata de una tradición heredada de modelos educativos y sociales ajenos a la enorme riqueza cultural de nuestras comunidades. No se trata de descalificar el vals como expresión artística, sino de preguntarnos por qué una escuela que afirma valorar la diversidad cultural sigue considerando que el símbolo por excelencia del cierre escolar debe provenir de una tradición aristocrática europea y no de las formas comunitarias de celebrar que existen en nuestros pueblos.

Algo semejante ocurre con los bailables escolares. No es el baile el problema; el problema aparece cuando la cultura se convierte únicamente en espectáculo. Un estudiante puede ejecutar perfectamente una danza tradicional sin conocer su origen, su significado o la historia de la comunidad que la creó. Entonces la cultura deja de educar para convertirse simplemente en entretenimiento.

¿Qué pasaría si antes de cada presentación fueran los propios alumnos quienes explicaran lo que investigaron sobre esa danza? ¿Qué representa? ¿Quién la creó? ¿Qué valores transmite? Tal vez descubriríamos que el aplauso puede surgir también del conocimiento y no únicamente de la coreografía.

Siempre he imaginado una clausura diferente.

Una ceremonia donde no exista un presídium que simbolice la distancia entre quienes hablan y quienes escuchan. Donde sean los propios estudiantes quienes conduzcan el programa, aun cuando se equivoquen, porque la escuela es precisamente el lugar al que se va a aprender aquello que todavía no se sabe hacer. Si un alumno olvida una palabra o siente nervios frente al micrófono, ese momento no representa un fracaso; representa la educación ocurriendo.

Imagino también a los docentes compartiendo con las familias algo mucho más valioso que un informe administrativo: las historias de transformación vividas durante el año. El niño que finalmente descubrió el placer por la lectura. La estudiante que aprendió a confiar en sí misma. El grupo que resolvió sus conflictos mediante el diálogo. La familia que volvió a acercarse a la escuela. Esas historias expresan con mayor fidelidad el sentido de educar que cualquier discurso protocolario.

No propongo eliminar las clausuras escolares.

Propongo devolverles su sentido.

Celebrar no debería consistir en representar el éxito, sino en reconocer la transformación compartida. No debería ser el espacio donde se premia únicamente al que llegó primero, sino donde la comunidad agradece a quienes hicieron posible que nadie se quedara atrás.

Tal vez entonces dejaríamos de organizar ceremonias para demostrar que terminó un ciclo escolar y comenzaríamos a construir encuentros para recordar por qué vale la pena seguir educando.

Porque, al final, una escuela no se define únicamente por aquello que enseña durante el año.

También se define por aquello que decide celebrar.