“La digitalización representa una oportunidad extraordinaria para la infancia, pero la exposición temprana y sin acompañamiento conlleva riesgos que deben abordarse como problema de salud pública.” UNICEF
La reciente decisión de Australia de impedir que menores accedan a redes sociales y obligar a las plataformas a eliminar cuentas de adolescentes confirma una tendencia mundial: cada vez más países reconocen que la relación sin límites entre la infancia y la tecnología está generando efectos preocupantes en el aprendizaje, la salud mental y la convivencia social. Este giro no surge de la mera cautela, sino de la acumulación de evidencia sobre los daños que provoca la exposición constante a estímulos digitales en cerebros que aún están en desarrollo.
En Europa, Francia, Países Bajos, Italia y Austria han restringido ampliamente el uso de celulares en escuelas, mientras que República Checa, Hungría y Letonia adoptan medidas similares para proteger la concentración, la convivencia y el bienestar emocional. En Asia, China ha impuesto límites estrictos de tiempo de pantalla y Corea del Sur prepara una prohibición escolar nacional ante el aumento de indicadores de adicción digital. En América Latina, Chile avanza hacia regulaciones que buscan recuperar la atención y la interacción en el aula.
Estos grupos de países, con realidades distintas, coinciden en algo esencial: las y los menores no pueden seguir expuestos a plataformas diseñadas para capturar su atención mediante recompensas inmediatas que afectan la memoria, la autorregulación y la estabilidad emocional. En las aulas esto se traduce en menor capacidad de concentración, impulsividad y dificultades para sostener procesos de aprendizaje profundo. En la vida cotidiana aparecen ansiedad, aislamiento, distorsión de la autoimagen y dinámicas de comparación permanente que afectan la identidad en formación.
Así, resulta imprescindible que los países que aún no han definido una estrategia actúen con visión de futuro. No basta con prohibir dispositivos en escuelas ni con delegar la responsabilidad únicamente a las familias. Se requiere una política nacional integral que regule el ecosistema digital, limite la explotación comercial de datos de menores, promueva el pensamiento crítico y fortalezca la educación en ciudadanía digital desde edades tempranas.
Las nuevas generaciones necesitan entornos que favorezcan el desarrollo cognitivo y emocional, no que lo saturen. Ignorar esta realidad implica enfrentar un futuro con generaciones más distraídas, vulnerables y con menor capacidad para analizar, dialogar y aprender de manera profunda. En cambio, asumir el desafío permite recuperar el equilibrio y transformar la tecnología en una aliada, no en una amenaza.
Australia ha marcado un nuevo punto de referencia. La pregunta que permanece es si en México tendremos la claridad y la voluntad para actuar antes de que los efectos sean irreversibles. Porque la educación es el camino…