PISA entre el análisis y la politización ciega que descalifica

Avatar de Hilario Vélez Merino

Una lectura crítica desde la supervisión escolar y la Nueva Escuela Mexicana


Cada tres años, los resultados de PISA convierten el debate educativo mexicano en un enfrentamiento entre dos bandos: quienes celebran las cifras a la baja como “fracaso” de la NEM y quienes, desde el oficialismo, arriesgan minimizar un rezago real.

Un ritual conocido, una coyuntura distinta

Cada tres años ocurre lo mismo: se publican los resultados de PISA y, en cuestión de horas, el debate educativo mexicano se convierte en un ring de dos esquinas. De un lado, editoriales y voces conservadoras que celebran las cifras a la baja como la prueba definitiva del “fracaso” del gobierno y de la Nueva Escuela Mexicana (NEM); del otro, una defensa oficial que corre el riesgo de minimizar un rezago real. Entre ambas trincheras, la que pierde es la posibilidad de un análisis sereno, honesto y útil para quienes todos los días estamos frente a un grupo, coordinando un colegiado o acompañando escuelas.

Vivimos tiempos difíciles para pensar con calma. La situación de los aprendizajes pospandémicos, el avance arrollador de las pantallas, los dispositivos y la inteligencia artificial, y el peso todavía presente de planes y programas eurocéntricos heredados del neoliberalismo —que privilegiaron la memorización sobre el pensamiento crítico— configuran un escenario donde cualquier prueba estandarizada corre el riesgo de ser leída de manera simplista. A esto se suma que apenas llevamos dos o tres años comprendiendo y aplicando el plan y programa de la NEM, un cambio de paradigma que exige a los propios docentes una formación filosófica, epistemológica, pedagógica y didáctica que, honestamente, la mayoría todavía no tiene consolidada.

Lo que dicen los números, sin adornos

Antes de politizar, hay que mirar los datos. De acuerdo con el análisis del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) sobre PISA 2025, México obtuvo un promedio de 403 puntos entre ciencias, matemáticas y comprensión lectora, el resultado más bajo del país en veinte años. El desglose es el siguiente: 414 puntos en ciencias (un incremento de 4 puntos respecto a 2022), 408 en lectura (7 puntos menos) y 388 en matemáticas (también 7 puntos menos), lo que ubica al país en el lugar 37 de 38 naciones de la OCDE evaluadas.

Área evaluada PISA 2018 PISA 2022 PISA 2025 Variación 2022-2025
Matemáticas 409 395 388 -7 puntos
Comprensión lectora 420 415 408 -7 puntos
Ciencias 419 410 414 +4 puntos
Promedio general 416 407 403 -4 puntos
Bajo Nivel 2 (3 áreas) s/d ≈33.7% 41.8% incremento

Detrás del promedio hay una desigualdad brutal: 41.8% de los estudiantes mexicanos de 15 años se ubica por debajo del Nivel 2 de competencia en las tres materias —el doble del promedio OCDE (19.7%)— mientras que apenas 0.5% alcanza los niveles de excelencia, frente a 11.9% en la OCDE. En matemáticas, solo 0.1% de nuestros estudiantes llega al nivel más alto, comparado con 8% en la OCDE y 54% en China. Estos son los datos duros que ninguna narrativa, ni oficial ni opositora, puede ignorar.

La trampa de la politización ciega

Aquí es donde entra el segundo problema, tan grave como el primero: la forma en que estos resultados son secuestrados por la disputa política. Sectores conservadores han usado los encabezados de PISA 2025 para hablar de “fracaso total” del sistema educativo y de la “inviabilidad” de la NEM, en un ejercicio que un análisis publicado en la Revista Lectámbulos describe con precisión: se quedan en la numerología de un pensamiento mecanicista, sin cuestionar las variables estructurales del sistema educativo mexicano. Es la misma derecha que, durante el sexenio pasado en estados como Yucatán, redujo la implementación de la NEM a talleres sin trascendencia, y hoy pretende cobrarle facturas a un modelo que apenas empezó a caminar en 2023.

Culpar al magisterio, o presentar los resultados de PISA como una distopía que solo un cambio de gobierno podría resolver, es una simplificación interesada. No podemos hablar de “fracaso de la NEM” cuando el propio informe PISA advierte que la prueba refleja la experiencia acumulada de aprendizaje de los estudiantes desde que ingresaron al sistema —alrededor de 2015 y 2016—, no los efectos de un ciclo escolar aislado ni de una política reciente. La NEM se implementó a partir del ciclo 2023-2024; al momento de aplicarse PISA 2025, llevaba apenas dos ciclos completos, mientras que la trayectoria escolar de la mayoría de los evaluados transcurrió bajo el modelo de competencias de la reforma de 2012, con planes y programas de corte eurocéntrico centrados en el mercado laboral. Atribuir el rezago a la NEM es, en el mejor de los casos, un error metodológico; en el peor, una descalificación deliberada.

Pero la trampa también tiene otra cara: rechazar la evaluación externa por ser incómoda tampoco resuelve nada. Las descalificaciones de figuras cercanas al oficialismo hacia la prueba PISA resultan igualmente preocupantes desde la gestión educativa, porque negar la evidencia no cierra la brecha de aprendizaje. El propio director de Educación y Competencias de la OCDE, Andreas Schleicher, reconoció la resiliencia del estudiantado y del magisterio mexicano, pero en ningún momento validó el diseño curricular de la NEM como causa de la estabilidad en ciencias o lectura; su discurso se concentra en factores actitudinales —curiosidad, perseverancia, disposición a pedir ayuda—, no en la arquitectura del nuevo modelo curricular. Politizar los datos, en cualquier dirección, es abandonar el análisis.

El cambio de paradigma que aún no dominamos

Desde la supervisión de escuelas secundarias técnicas puedo dar testimonio de algo que los números de PISA no capturan pero que explica en gran medida el momento que vivimos: de cada diez docentes, nueve estamos todavía en proceso de comprender y aplicar la Nueva Escuela Mexicana. No es una crítica al magisterio, es un diagnóstico honesto. El nuevo enfoque exige problematizar a partir del contexto y la territorialidad, recuperar saberes comunitarios, la cultura, la lengua y la otredad; exige transitar de una lógica de competencia individualista y estandarizada —la que subyace en pruebas como PISA— hacia la construcción de comunidades de aprendizaje y espacios dialógicos. Ese tránsito filosófico, epistemológico, pedagógico y didáctico no se decreta de un día para otro: se construye en colectivo, con acompañamiento, tiempo y condiciones materiales que hoy, en muchas escuelas, siguen sin existir.

A esa exigencia formativa se suma la realidad cotidiana de una docencia que se ahoga en cargas administrativas: rúbricas complejas, criterios difusos y taxonomías interminables que restan tiempo a la planeación real de clases dinámicas y a la reflexión pedagógica de fondo. Es una crítica documentada incluso fuera de México, en experiencias similares con enfoques por competencias en América Latina, donde el papeleo desplaza la enseñanza. Mientras no resolvamos esa sobrecarga y no cerremos la brecha de formación docente en los fundamentos de la NEM, cualquier evaluación —interna o internacional— seguirá midiendo un sistema en tránsito, no un modelo consolidado.

Competencias para la vida, no solo para el mercado

Hay una distinción de fondo que la politización ciega suele borrar: evaluar competencias para responder al mercado de trabajo no es lo mismo que desarrollar competencias para la vida, como lo exige la Nueva Escuela Mexicana. El concepto de “competencias” que subyace en pruebas como PISA nació en el ámbito empresarial y la economía de mercado, orientado a formar capital humano funcional; sus críticos advierten que esa lógica mercantiliza la escuela y le resta peso a la formación humanística, ética, artística y filosófica. La NEM, en cambio, plantea una apuesta distinta: pensamiento crítico, autonomía docente, interculturalidad y problematización de la realidad, dimensiones que una prueba estandarizada, por diseño, no está hecha para capturar.

Esto no significa que debamos desestimar los datos duros. Hay evidencia global —y también en las reflexiones sobre lectura y pensamiento profundo que hoy circulan en el debate educativo— de un retroceso preocupante: personas que leen, pero no comprenden, que dependen de dispositivos para operaciones matemáticas básicas, un fenómeno que trasciende fronteras y modelos de gobierno. El 47% de los estudiantes mexicanos usa herramientas de inteligencia artificial al menos una vez por semana para apoyar su aprendizaje, cifra cercana al promedio de la OCDE, pero tanto la propia organización como analistas han advertido que su uso intensivo y sin mediación crítica se asocia con resultados más bajos y menor motivación intrínseca. Ese es el verdadero desafío formativo de esta época: enseñar a pensar con la tecnología, no a delegar el pensamiento en ella.

Ni distopía ni triunfalismo: análisis con oficio

El reto de la gestión escolar no es elegir bando entre defender ciegamente la NEM o descalificarla por conveniencia política. Es utilizar la evidencia de PISA 2025 —con toda su crudeza— como insumo real para la mejora continua, reconociendo simultáneamente que el modelo apenas transita su tercer ciclo y que los cien años de desatención neoliberal no se revierten en dos o tres años de reforma. Cerrar la brecha de aprendizaje requiere restablecer una evaluación nacional que dé seguimiento puntual a los avances, fortalecer la formación docente en los fundamentos filosóficos y didácticos de la NEM, aligerar la carga administrativa que hoy asfixia a las aulas, y sostener con recursos —no solo con discurso— la transformación pedagógica en marcha.

Descalificar al magisterio o pintar un escenario de distopía educativa para justificar un regreso al pasado es la salida fácil de quienes no tienen una propuesta pedagógica propia. La salida seria, la que corresponde a quienes trabajamos todos los días en las escuelas, es sostener el análisis crítico sin caer en la trinchera: reconocer el rezago, exigir condiciones, defender el cambio de paradigma cuando está bien orientado, y no permitir que ni el triunfalismo oficial ni la politización ciega decidan por nosotros lo que realmente significan los resultados de nuestros estudiantes.