Los resultados de PISA 2025 no son una sorpresa. Son un recordatorio. México volvió a quedarse por debajo del promedio de la OCDE en lectura, matemáticas y ciencias. Y aunque en ciencias hubo una ligera recuperación respecto a 2022, el mensaje de fondo es el mismo de hace una década: estar en la escuela no garantiza aprender.
Lectura: 408 puntos. Matemáticas: 388. Ciencias: 414. En papel, la caída parece moderada. En la vida real, significa que cuatro de cada diez estudiantes no alcanzan el nivel básico para comprender un texto, resolver un problema o interpretar un fenómeno científico.
PISA no inventó el rezago. Solo lo puso otra vez frente al espejo. Y como suele pasar, el reflejo incomoda. Pero incómodo es también lo que ocurre cuando un joven de 15 años no puede entender las instrucciones de un examen, no porque no sepa el tema, sino porque no sabe leerlo.
La trampa de culpar al último gobierno
Es tentador usar PISA como arma política. Decir que todo es culpa de la Nueva Escuela Mexicana, o del sexenio anterior, o de la reforma de 2013. Pero los datos cuentan otra historia: el deterioro en lectura y matemáticas viene de lejos. De 2009 a 2025, México perdió 17 puntos en lectura y 31 en matemáticas. Eso atraviesa partidos, secretarios de Educación y modelos curriculares.
Si el problema fuera solo de un gobierno, la solución sería simple: cambiar al gobierno. Pero el rezago educativo mexicano es más viejo, más profundo y más incómodo que eso.
El rezago empieza antes del kinder
Aquí viene la parte que nadie quiere escuchar: un adolescente que no comprende lo que lee probablemente comenzó a tener ese problema mucho antes de llegar a la secundaria. La lectura no se construye en tercero de secundaria. Se construye —o se fractura— en educación inicial y preescolar.
Lorenzo Filho, pedagogo brasileño, lo decía claro: hay condiciones previas para aprender a leer. Lenguaje oral, vocabulario, conciencia fonológica, reconocimiento de letras, capacidad para expresar ideas. Si esas bases no se trabajan bien en los primeros años, después estamos apagando incendios con un vaso de agua.
Y sin embargo, en México seguimos tratando la alfabetización como si fuera solo “juntar letras”. Leer es construir significado. Y si un niño no aprende a hacer eso temprano, después no va a poder ni con las instrucciones de un problema de matemáticas, ni con un texto de ciencias, ni con un argumento que requiera pensamiento crítico.
La comprensión lectora no es una materia más. Es la condición para aprender todo lo demás.
Leer en la era de las respuestas en tres segundos
Éric Sadin, filósofo francés, lo advirtió: la transformación digital no solo cambió las herramientas. Cambió nuestra relación con el conocimiento. Antes, aprender implicaba buscar, leer, comparar, equivocarse, volver al texto, preguntar, discutir y, al final, construir una respuesta. Hoy, esa respuesta llega en tres segundos. Con un clic. Con un chatbot.
Nunca tuvimos tanta información tan rápido. Y nunca fue tan urgente aprender a distinguir información de conocimiento. La inteligencia artificial puede resumir un libro, explicar un concepto o redactar un ensayo. Pero hay una diferencia abismal entre recibir una respuesta y construir pensamiento.
El peligro no es la tecnología. El peligro es que dejemos de hacer justo lo que la tecnología dice facilitarnos: pensar. ¿Qué pasa con un joven acostumbrado a videos de 30 segundos, notificaciones constantes y respuestas inmediatas cuando tiene que leer veinte páginas, interpretarlas y relacionarlas? Ahí está uno de los grandes desafíos de esta década.
La lectura profunda exige algo que el mundo digital no siempre premia: atención. Y la atención exige disciplina.
Permanencia no es aprendizaje
México ha hecho esfuerzos importantes para que los estudiantes no abandonen la escuela. Las becas ayudan a muchas familias a mantener a sus hijos estudiando. Eso es necesario. Pero hay que decirlo claro: permanecer en la escuela no es lo mismo que aprender en la escuela.
Una beca puede ayudar a llegar. Pero ninguna beca puede leer por el estudiante. Ninguna beca puede comprender un texto por él. Ninguna beca puede resolver un problema matemático por él. Y ninguna política social puede sustituir el proceso personal de aprender.
Aquí toca recuperar una palabra que durante mucho tiempo se asoció con autoritarismo: disciplina. No como castigo, ni como obediencia ciega. Disciplina como esfuerzo, constancia, responsabilidad, perseverancia. Aprender cuesta. Leer un libro cuesta. Escribir bien cuesta. Pensar críticamente cuesta. Y precisamente porque cuesta, la escuela debe enseñar también a sostener el esfuerzo.
En países con mejores resultados educativos, el esfuerzo académico y la responsabilidad forman parte de las expectativas hacia los estudiantes. En México, a veces parece que nos conformamos con que “no se salgan”. Pero inclusión no es solo que nadie quede fuera de la escuela. Es que nadie quede fuera del aprendizaje.
Lo que PISA no dice (pero debería)
PISA mide competencias. No mide injusticia. No mide que muchos estudiantes llegan a la escuela con hambre, con sueño, con miedo. No mide que hay planteles sin agua, sin internet, sin libros. No mide que hay docentes sobrecargados, sin formación continua, sin acompañamiento.excelsior.com+1
Pero tampoco puede usarse como excusa para no exigir. Porque sí, hay contextos brutales. Pero también hay escuelas en esos mismos contextos donde los estudiantes leen, piensan, argumentan. La diferencia no siempre es el dinero. A veces es la cultura escolar. A veces es la expectativa. A veces es que alguien les dijo: “tú puedes con esto” y luego los acompañó a hacerlo.
La pregunta que duele
Al final, PISA 2025 nos deja una pregunta incómoda: ¿queremos jóvenes escolarizados o jóvenes capaces de comprender el mundo en el que viven? La diferencia no es menor. Una sociedad que pierde la capacidad de leer profundamente también pierde la capacidad de comprender su propia realidad. Y cuando eso pasa, cualquier discurso se vuelve verdad, cualquier fake news se vuelve sentido común, cualquier manipulación se vuelve política.
El verdadero desafío educativo de México no es solo lograr que los jóvenes estén en la escuela. Es conseguir que salgan de ella sabiendo leer, pensar, argumentar, cuestionar y transformar.
Porque educar no es entregar respuestas. Educar es formar seres humanos capaces de construirlas.
