La pantalla o el árbol

Para Julia Antón Dobarganes, sin más.

Estamos aplastados. Será que vienen a la memoria los programas de dibujos animados en que a un personaje, digamos el Correcaminos, le pasa por encima una aplanadora y queda cual calcomanía en el suelo. Algo semejante le ocurre hoy a los procesos educativos o, dicho con más precisión, a las intervenciones escolares.

Se ha perdido el volumen, no tenemos tercera dimensión: hay alto y largo, pero no fondo real. Para quienes tenemos acceso a los instrumentos tecnológicos como una computadora y conexión a internet, las así llamadas plataformas que emulan a los salones nos reflejan planos ante quienes atienden nuestras peroratas, y asisten (bueno, es un decir) al remedo de salón de clases. A nuestra vista, la audiencia se compone de estampitas semejantes a las de un álbum: recortes planos de una cara, oculta en ocasiones por una foto o, quizá lo más desconcertante, por un rectángulo negro con un nombre si bien nos va, o unas iniciales.

Se conserva la voz, pero insegura: quizá las frases más recurrente en esas sesiones de clase —o juntas de docentes— son : “¿me escuchan, se oye?” “Prende tu micrófono Manuel, o por favor ciérralo porque se oye ladrar a tu perro, o el anuncio de los tamales oaxaqueños que van pasando por tu cuadra. Tendrías que ser de Narvarte”. Dialogan, cuando ocurre, algunas caras enmarcadas en rectángulos. No es factible una mirada a los demás mientras una persona hace una pregunta, ni se advierte el lenguaje corporal que es parte crucial de la comunicación humana y el vínculo pedagógico. Puedes elegir: ver en la pantalla al que habla u optar por la función de galería. Si es la segunda, 12, 15, 22 o más cuadritos contendrán a un remedo de persona. Su cara y, no pocas veces, nada más su frente pues nos acercamos a la pantalla para que, según el instinto, nos vean —error, hazte para atrás para que salgas bien en la cámara— y hablamos en un tono de voz muy alto para que nos escuchen esos, a veinte centímetros pero tan lejanos. Frentes, arrugas, rostros recortados que gritan, afanados por estar y expresar su decir a lo lejos lo “acercado” virtualmente. Hueco sinsabor.

Si no tenemos esas herramientas, hay otra chance: la pantalla de la tele, con su oferta de videos, actividades, explicaciones y preguntas. Señora, por favor, tómele una foto con su celular a Jorge para que haya evidencia que está siguiendo en la tele el Aprende en Casa, y luego recuerde que hay que hacer la actividad para meterla a la Carpeta de Experiencias. Si no es molestia, le toma otra y me la manda por WhatsApp. Me las piden los de arriba.

Aunque parezca paradoja, los que no tienen acceso a las pantallas van a la escuela, o su profesora pasa por la casa para dejarles unos cuadernillos. Al menos no son de vidrio. El papel se siente de otra forma. Y ya ocurre que, en varias comunidades, se retorna a la escuela al aire libre, como era antes, en el árbol o bajo el árbol. En el primer caso, para estar a buena distancia, hay quienes se encaraman a una rama y otros se reparten en la sombra; en el otro, sentados en banquitos, horcones o en el suelo, tienen —si no llueve— al árbol como techumbre o parasol. El pizarrón suele ser de tierra y la regla dibuja el isósceles. Cuando llueve, hay clases en el corredor de los arcos del Palacio Municipal, o en una bodega. Lo plano, aplanado, apantallado para ciertos sectores, y para otros el regreso al árbol, al aire libre donde sopla el viento. Qué cosas hay que ver mientras se viven nuestros tiempos.

NOTA

Lo que no cambia es la asimetría de género en los trabajos de la casa: en un reporte de la SEP, se informa que el sitio Aprende en Casa tuvo 58 millones de visitas. ¿Mujeres? 80%: casi 46.5 millones. Usted dirá si no.


Publicado en El Universal

Manuel Gil Antón

Profesor del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México
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