La crisis de productividad política de la Cuarta Transformación

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La pregunta decisiva no es quién permanece leal a la 4T. La pregunta es si todavía puede producir las condiciones para que esa lealtad tenga sentido.


Cuando un proyecto político empieza a perder capacidad para convencer, lo más común es que aumente su capacidad para vigilar. Mientras la adhesión surge de la convicción, hay iniciativas, propuestas, incluso debate; pero cuando la convicción se debilita, aparecen las sospechas, las denuncias, la vigilancia, las negativas y los toletes.  

En ese momento las preguntas ya no son ¿Acaso es cierto? o ¿Qué está ocurriendo?, para convertirse en ¿De qué lado estás? ¿Quién te financia? ¿A quién le haces el juego?¿Eres compañero o enemigo?

Es un desplazamiento tremendo, porque la discusión abandona el terreno de los problemas y se concentra en las afinidades partidistas.

Ahí la política se empobrece, puesto que una fuerza diversa pero viva, convencida, no tiene dificultades para convivir con la crítica – todas las convergencias se dan en un agonismo permanente -, pero cuando el agonismo se convierte en sospecha, en inseguridad, la diferencia tiene que ser vigilada, denostada o excluida de la homogeneidad construida desde el poder.

Una comunidad política viva tolera la crítica, un proyecto político saturado tiene dos caminos posibles:

Primer camino: aumentar el control interpretativo. “No critiques”. “No es momento”. “Estás ayudando al enemigo”. Es la vía de la vigilancia.

Segundo camino: aumentar la capacidad reflexiva. “¿Por qué surge esta crítica?”. “¿Qué límite está revelando?” . “¿Qué no estamos viendo?”.  Es la vía del desencanto productivo.

Es una diferencia enorme. Los pequeños cenáculos en que se concentran las decisiones y las narrativas suelen sobrevivir mediante la vigilancia identitaria. Su energía se consume verificando ortodoxias; pero las transformaciones históricas importantes surgen de espacios mucho más abiertos, donde la crítica no es una amenaza, sino una fuente de información, de iniciativa, de transformación.

De hecho, una comunidad política fuerte no es aquella donde todos piensan igual. Es aquella donde los desacuerdos no destruyen el vínculo. Esa es una prueba mucho más exigente. Son las figuras del «fiel incómodo» o del «desencantado productivo», porque son figuras que se niegan a elegir entre dos caricaturas:

  • la obediencia acrítica;
  • el resentimiento permanente.

Intentan habitar un lugar mucho más difícil: seguir comprometidos con la transformación sin renunciar a pensar. Y eso suele producir mucho más nerviosismo que la oposición declarada.

Es lo que hemos visto en los primeros días de junio en la Ciudad de México y en muchos otros estados de la república. La oposición puede ignorarse, pero alguien que dice: “sigo aquí, me importa esto, y precisamente por eso voy a señalar sus límites”, resulta mucho más difícil de clasificar. Y los gobiernos, igual que los pequeños grupos sectarios, se sienten incómodos con aquello que no pueden clasificar. Por eso terminan por endilgarles epítetos ridículos: ultraderechistas, le hacen el favor al imperialismo, entre otros.

Por eso pensamos que cuando una comunidad política dedica más energía a vigilar a sus miembros que a comprender sus problemas, ha comenzado a confundir la conservación de una identidad con la transformación del mundo. Y esas dos cosas, aunque a veces coincidan, no son lo mismo.

¿Qué hace que una relación, una institución, una narrativa o un poder siga produciendo mundo? El problema no es la existencia del poder. El poder siempre existe. La cuestión es: ¿Qué produce? ¿Qué relaciones habilita? ¿Qué capacidades crea? ¿Qué formas de vida vuelve posibles?

No es lo mismo preguntar ¿quién domina?,  sino ¿qué mundo se está produciendo?

Por eso, a menudo, la crítica tradicional de la izquierda es tan pobre. Muchas veces se queda en la denuncia de quienes dominan, mientras lo más difícil es preguntar qué relaciones, qué afectos, qué subjetividades, qué horizontes están siendo producidos.

Cuando se pregunta quién gobierna, se olvida que bien puede gobernar como los otros, cuando el problema es qué produce ese poder gubernamental.

Lo vemos ahora, el gobierno es de la 4T pero utiliza mecanismos, isntrumentos y discursos que son parte de la historia política del prian. Usan lo mismo, con los mismos propósitos, pero dicen que no son iguales. En efecto, no son iguales, solo actúan igual.

Por eso cuando la  crítica insolente dice  “hay continuidad neoliberal”, no se queda solo en la denuncia, sino pregunta algo más preocupante, más intenso, más difícil de asimilar, a la vez que más concreto: ¿qué tipo de sujetos produce esa continuidad? ¿qué relaciones está erosionando? ¿qué formas de reconocimiento está bloqueando? ¿qué capacidades colectivas está debilitando?

Ahí la categoría de productividad adquiere una profundidad enorme, porque deja de ser una ausencia, o una desviación, para plantear preguntas, por tanto, para producir reorganizaciones, nuevas alianzas, nuevas formas de fidelidad, nuevos conceptos o nuevos afectos.

Una narrativa política puede seguir existiendo formalmente y, sin embargo, haber perdido capacidad productiva. Puede seguir ganando elecciones incluso. Pero si ya no genera preguntas, si ya no amplía relaciones, si ya no incrementa capacidades colectivas, se ha agotado su capacidad transformadora.

Quizá por eso las movilizaciones de la CNTE, de las buscadoras, de los ecologistas, de los internacionalistas,  son relevantes, pero no porque representen una oposición, sino porque son figuras y lugares donde todavía se está produciendo algo, sobre todo capacidad de actuar para producir otros regímenes de lo posible.

Por eso insistimos en que el problema no es cuándo una narrativa deja de ser creída; es cuándo deja de ser productiva. Y, curiosamente, la pregunta inversa también es válida: el valor de una crítica no está en demostrar que otros están equivocados, sino en su capacidad para producir nuevas formas de pensar, relacionarse y actuar.

El 1 de junio de 2026 nos mostró que el costo de mantener la fidelidad a la 4T está siendo cada vez mayor. El desencanto ha aparecido cuando el trabajo necesario para seguir creyendo se vuelve excesivo. Eso permite comprender simultáneamente:

  • las movilizaciones,
  • las rupturas de amistades,
  • las tensiones dentro del campo transformador,
  • y el paso del entusiasmo al desencanto con la 4T.

No como problemas morales, sino como transformaciones en las relaciones que sostienen un gobierno y una transformación política. Ese es el momento actual en México: ese es el espacio abierto por el 1 de junio de 2026.

En realidad estamos entrando en una crisis de productividad política: un momento en el que la pregunta principal ya no es quién apoya a la 4T, sino qué capacidades colectivas sigue siendo capaz de producir.

Quizá el problema de fondo no sea que la Cuarta Transformación esté perdiendo apoyo, sino que está entrando en una prueba más exigente: demostrar que todavía puede producir mundo. Porque una narrativa política no se agota cuando deja de convencer a todos, sino cuando deja de generar preguntas, cuando deja de ampliar capacidades colectivas, cuando deja de abrir horizontes de acción y se limita a administrar fidelidades.

Vista desde ahí, la coyuntura abierta el 1 de junio de 2026 no expresa simplemente una disputa entre partidarios y adversarios. Expresa algo más profundo: la aparición de un desencanto que busca seguir siendo productivo, esa es la CNTE, esas son las buscadoras, esos son los ecologistas, esos son los transportistas, esas son las internacionalistas.

La pregunta decisiva no es quién permanece leal a la 4T. La pregunta es si todavía puede producir las condiciones para que esa lealtad tenga sentido.

Hay que decirlo crudamente: toda transformación histórica enfrenta tarde o temprano una prueba decisiva: dejar de preguntarse quién sigue creyendo y comenzar a preguntarse qué sigue siendo capaz de producir.

Tal vez ese sea el verdadero nombre de la coyuntura mexicana abierta en 2026: no una crisis de legitimidad, sino una crisis de productividad política.

Conclusión

Lo que comenzó a hacerse visible el 1 de junio de 2026 no es solamente una disputa electoral, ni una crisis de legitimidad, ni siquiera una crisis de fidelidad. Lo que empieza a emerger es algo más profundo: una crisis de productividad política. La pregunta decisiva ya no es cuántos siguen creyendo en la 4T, sino qué capacidades colectivas sigue siendo capaz de producir. Y parece que ya no son muchas,  después de las represiones y los ataques a quienes manifiestan críticas , descontentos y desencantos, no parecen ser transformadoras. Menos aún canceladoras de las instituciones y prácticas de gobierno neoliberales.