Escuela, juego, violencia y futuro.

Mayra Castañeda

La educación está de moda, parece que todo converge en la escuela porque muchos ya han confundido el término, cuando se habla de educación en realidad se quiere hablar de escuela y no importa el nivel, el proceso, el actor, la institución, es una palabra que lentamente se ha convertido en sinónimo de tabú, de morbo, de chisme, de las peores prácticas como la corrupción, la manipulación e incluso hasta el crimen.

Recientemente un caso muy mediático ha hecho que la sociedad, por lo menos la mexicana, piense que la escuela y por tanto los maestros (también ahí se han mezclado las funciones, intenciones y conceptos) sean los responsables incluso de la vida de los niños y jóvenes que a ella acuden. Esto es en algunos aspectos cierto, se deposita de manera tácita el futuro profesional de nuestros jóvenes en ella o por lo menos eso hemos querido creer porque como sociedad es más fácil cederle la responsabilidad a otro, a otros, y no detenernos a pensar qué función cumplimos nosotros como padres, sociedad civil, medios de comunicación, etc. Pero en este caso específico inclusive se ha querido responsabilizar a los maestros de los juegos que practican los jóvenes en el nivel secundario. Un jovencito, participando en uno de estos juegos que tienen décadas de uso en este nivel, se accidenta y finalmente muere; los medios de comunicación han incitado a la madre a responsabilizar a la maestra e inclusive el subdirector y ya para todo se utiliza el término “Bullying”. Está de moda y parece que se puede aplicar a todo, se bromea inclusive con este término en lugares que nada tienen que ver con la escuela, pero ¿qué sucedía hace uno, dos o tres décadas en este espacio escolar?

He tenido el privilegio de trabajar con jóvenes de secundaria y estudiar acerca de su comportamiento, se cree que el trabajo que hay que emprender con ello es el fomento y construcción de valores, pero pocas veces se entiende que estos jóvenes están en plena construcción de su identidad y que tienen acercamientos, muy osados a veces, con sus congéneres. Están en plena construcción de su ser individual a través de su ser social. Es cuando empiezan a surgir una serie de emociones y sentimientos desconocidos hasta ese momento de sus vidas  y, en esta búsqueda también tratan de afirmarse, establecer un tipo, un estereotipo y corresponder inclusive con un arquetipo. Si son “hombrecitos” deben ejercer ciertas conductas, cubrir algunos requisitos para ser catalogados como tales y participar en juegos sociales que muchas veces podrían calificarse de “demasiado rudos” o violentos. Si un joven no participa en este tipo de juegos será blanco de burlas y ofensas, así que es más sencillo involucrarse aunque no siempre estén de acuerdo o se sientan cómodos con ellos, pero, también hay que decirlo, muchos se sienten cómodos, “poderosos”, “encuentran” su virilidad a través del rol que comienzan a desempeñar.  A los padres nos gusta imaginar que nuestros hijos son toda bondad, dulzura, que son correctos, amables y que siempre se saben comportar en sociedad, pero cuando están entre pares son muy diferentes a como nos gustaría que fueran ¿esto es “culpa” de la escuela, de sus compañeros, de sus maestros? No, se trata de una práctica cultural reproducida por generaciones; nuestros niños y jóvenes son brillantes para entender rápidamente cuál será el mejor papel que desarrollarán socialmente, no todo corresponde a conductas patológicas, insanas o faltas de valores; muchas veces son parte de un proceso que tienen que vivir, experimentar y quizá sufrir para llegar a lo que nos gusta nombrar como madurez.

Ni los padres, ni los maestros, los directivos o cualquier adulto puede estar 100% presente el 100% del tiempo en ningún lugar y en ninguna interacción, menos en esta era tecnológica donde el déficit de atención se ha convertido en algo cotidiano. No podemos pretender que los maestros puedan estar previendo cada una de las consecuencias de la conducta de 100, 200 o mil estudiantes que están sucediendo al mismo tiempo en una institución pública (e inclusive privada), no se trata de maestros buenos o malos, de padres amorosos o crueles, ni de compañeros solidarios o asesinos, se trata de seres humanos interactuando en escenarios inciertos en circunstancias incontrolables con toda una serie de factores que pueden hacer que las consecuencias sean tan diversas como personas existimos. Los accidentes con consecuencias trágicas suceden y no podemos evitarlas. Quiero dejar muy claro que en ningún momento estoy hablando de que la violencia no se pueda prevenir y desde luego que el acoso escolar es un tema que debe ser tratado, atendido y prevenido por los diferentes actores escolares pero también hay que ser muy ciertos en diferenciar los juegos rudos y que pueden ser incluso violentos y el acoso que implica violencia dirigida con intención.

Ahora, lo que quizá podríamos controlar es la percepción y la interpretación que como sociedad hacemos de los sucesos ¿quién tiene la culpa de un trágico accidente? ¿Podemos prevenir todos los accidentes que podrían suceder en cualquier espacio? Mi visión, muy particular, es que no es así, si alguien tiene una visión diferente me parece absolutamente respetable pero quizá sería más productivo empezar a preguntarnos ¿quién puede tener el interés de que una institución como la escuela siga siendo blanco de críticas y descalificaciones? Desgraciadamente, ante la oleada de cuestionamientos alrededor de la institución escolar todos entramos en el paquete, maestros, pedagogos, autoridades, directivos, etc. Se denosta y vitupera sin medir las consecuencias sociales que puede tener un país cuya escuela tiene una imagen tan negativa, a la que se le endosan todos los males y que sólo puede verse como un espacio “negativo pero necesario”. Y en esta escalada de escarnio ya todas las instituciones entran en el mismo costal, ya no se piensa ni siquiera que la escuela privada se puede salvar de este tipo de embates.

Si en estos momentos desapareciera la escuela pública ¿qué haríamos? ¿qué sucedería con todos esos niños que no tienen posibilidades económicas de acceder a una privada? ¿qué pasaría con los millones de padres de familia que no tendrían dónde dejar a sus hijos? Y eso sin contar con los millones de desempleados que tendríamos en el país. Quizá, es cierto, no tenemos la mejor escuela, pero debemos de dejar atrás de visión de que es un mal necesario. La escuela es un espacio donde crecemos, nos relacionamos, aprendemos, convivimos, conocemos gente maravillosa y terrible, tenemos experiencias, buenas y malas, experimentamos la amistad, el amor, la decepción, la admiración, nos empoderamos, corremos, jugamos, reímos y, sobre todo, nos construimos a nosotros como seres humanos para construir, también, nuestra sociedad. ¿Qué escuela queremos?

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