“Cuando todo es responsabilidad del docente, en realidad no hay responsabilidad institucional.” – Emilio Tenti Fanfani
Las recientes declaraciones de la Secretaria de Educación de Tabasco, al señalar que el receso escolar no debe entenderse como un tiempo destinado al descanso docente, sino como un momento que exige especial atención y cuidado del alumnado, han abierto un debate necesario sobre la organización del trabajo escolar y la protección de niñas, niños y adolescentes. El planteamiento parte de una preocupación legítima: el receso es uno de los periodos más sensibles de la jornada escolar, en el que se incrementa la interacción entre estudiantes y, con ello, la posibilidad de accidentes, conflictos o conductas de riesgo que pueden afectar su integridad física y emocional.
Desde esta perspectiva, la autoridad educativa coloca en el centro el deber de cuidado que tiene la escuela como institución garante de derechos. El señalamiento reconoce implícitamente que la escuela no es únicamente un espacio de transmisión de contenidos, sino un entorno de convivencia cotidiana que exige presencia, acompañamiento y prevención activa, especialmente en momentos donde la estructura del aula se diluye. En ese sentido, la vigilancia durante el receso se presenta como una acción preventiva necesaria para responder al principio del interés superior de niñas, niños y adolescentes.
No obstante, cuando este planteamiento se traslada al terreno laboral, surgen interrogantes importantes que no pueden soslayarse. Si durante el receso el personal docente debe permanecer en la escuela, vigilar de manera activa, intervenir ante situaciones de riesgo y asumir responsabilidad directa sobre el alumnado, ese tiempo deja de ser un espacio de libre disposición. Desde una perspectiva jurídica y laboral, se convierte en tiempo efectivo de trabajo, aun cuando no se desarrolle frente a grupo. Ignorar esta condición implica difuminar los límites de la jornada laboral y normalizar una extensión silenciosa de las obligaciones docentes dentro del horario escolar.
Esta extensión de la labor docente no se limita al tiempo que transcurre dentro de la escuela. De manera sistemática, una parte sustantiva del trabajo profesional se traslada al hogar sin reconocimiento formal ni cómputo como tiempo laboral. La planeación de las clases, la revisión de tareas, trabajos y exámenes, la preparación de materiales didácticos —ya sea en formato digital o impreso— y el diseño de presentaciones o recursos pedagógicos suelen realizarse fuera del horario escolar. A ello se suma la gestión de actividades extracurriculares como visitas a museos, instituciones culturales o espacios de interés educativo, que implican trámites, coordinación, comunicación con familias y responsabilidades adicionales que rara vez se reflejan en la carga horaria oficial.
Este conjunto de tareas invisibilizadas configura una jornada extendida que no aparece en los registros administrativos ni en la remuneración económica por supuesto, pero que impacta de manera directa en la vida personal, familiar y en el bienestar del profesorado. Cuando, además, se reduce o se elimina el descanso intrajornada bajo el argumento de que el receso debe destinarse exclusivamente a la vigilancia, el sistema termina descansando en una lógica de sacrificio permanente del personal docente. Paradójicamente, esta lógica debilita las mismas condiciones de cuidado y atención que se buscan fortalecer, pues el cansancio acumulado afecta la capacidad de observación, de intervención oportuna y de acompañamiento pedagógico.
La protección del interés superior de niñas, niños y adolescentes no puede sostenerse sobre la normalización de una carga laboral que se expande cada vez más sin límites claros. Cuidar al alumnado exige también cuidar a quienes trabajan con él de manera cotidiana. Un profesorado que cuenta con tiempos definidos de descanso, con reconocimiento real de su trabajo invisible y con una organización escolar coherente está en mejores condiciones de prevenir riesgos, construir climas escolares favorables y responder con profesionalismo a situaciones complejas.
Las declaraciones de la autoridad educativa, en este sentido, abren una oportunidad para una reflexión institucional más profunda. Por ejemplo de definir si hace falta más personal en preescolar o primaria para atender labores específicas de cuidado, atención, seguimiento y apoyo profesional como sucede en otros niveles o grados educativos como la prefectura, psicología, orientación educativa o trabajo social en secundaria o medio superior; una acción que el Estado ha postergado y ahí no ha importado el mismo argumento del interés superior de niñas, niños y adolescentes y que regularmente argumenta falta de recursos ¿No es lo mismo pero es igual?. El problema es que volvemos a lo mismo, que más da, asignar a las y los docentes mayor carga invisibilizada y argumentar públicamente que es en bien de las futuras generaciones sin asumir lo que realmente le corresponde. Reconocer que el receso es un momento crítico implica asumir la responsabilidad de organizar la supervisión con criterios claros, distribuir las tareas de manera equitativa, sumar personal, establecer esquemas de rotación y garantizar que el derecho al descanso intrajornada no desaparezca, sino que sea protegido dentro de la jornada laboral. Al mismo tiempo, obliga a revisar críticamente la acumulación de tareas administrativas y pedagógicas que se han desplazado al ámbito privado del docente sin regulación ni reconocimiento y reconocerlo en el pago correspondiente.
En última instancia, el debate sobre el receso escolar no se reduce a determinar si es o no un tiempo de descanso, sino a repensar de manera integral la organización del trabajo docente. Solo desde una responsabilidad institucional clara, que reconozca tanto el deber de cuidado hacia el alumnado como la complejidad real de la labor docente dentro y fuera de la escuela, será posible construir condiciones educativas más justas, sostenibles y coherentes con la garantía de derechos de todas y todos los actores del sistema educativo. Porque la educación es el camino…
