Hay una escena que se repite en la historia de México con una puntualidad que asombra. Cada vez que el país sabe que ojos extranjeros lo van a mirar, el instinto gubernamental es el mismo: no resolver los problemas, sino taparlos. Pintarlos. Cubrirlos con una lona. Iluminarlos con focos de colores para que en la oscuridad parezcan otra cosa.
En 1907, cuando el periodista James Creelman llegó al Castillo de Chapultepec para entrevistar a Porfirio Díaz, se encontró con jardines perfectos, fuentes que brotaban entre palmas y flores, un escenario de orden y progreso fabricado con cuidado. Cuando el dictador visitaba ciudades como Guanajuato, los cerros se iluminaban con su monograma en focos incandescentes, se levantaban cuatro arcos del triunfo, y miles de focos decoraban fachadas de iglesias y edificios públicos. La pobreza no desaparecía: simplemente se colocaba fuera del encuadre.
Hoy, a cuatro días de que arranque el Mundial 2026, México está haciendo exactamente lo mismo. Solo que con más presupuesto, más contratistas y más colores. Por ejemplo:
En la Ciudad de México, el gobierno cambió el guinda de Morena por el morado en puentes, vialidades y elementos urbanos, con un contrato de pintura que superó los 8 millones de pesos, bajo la etiqueta estética de “ajolotización”. Cuando las críticas llegaron por violar normas de seguridad vial, la Secretaría de Obras culpó a una empresa contratista anónima y mandó pintar de amarillo encima del morado, generando un doble gasto y una ciudad que luce como un lienzo repintado apresuradamente. En el Metro, la Línea 2 amaneció con luminarias decorativas de luz ámbar en los andenes que los usuarios bautizaron sin ceremonias como “candelabros”, en un sistema donde aún hay goteras, vagones deteriorados y accesos clausurados.
En Guadalajara, se invirtieron 3,550 millones de pesos en tres frentes: la carretera a Chapala, el entorno de La Minerva y el Centro Histórico para el Fan Fest. Un centenar de esculturas de balones fueron instaladas en avenidas y plazas para encender la fiebre mundialista. Pero mientras la ciudad se embellecía, familiares de desaparecidos denunciaban que encontraban obstáculos para mantener visibles las fichas de búsqueda. “No quieren que la gente que venga al Mundial vea las fichas”, dijo Carmen López, quien busca a su hermano y a su sobrino. “Hace quedar mal al gobierno ante todo el mundo.” Jalisco acumula alrededor de 12,500 personas desaparecidas. Eso no cabe en el póster oficial.
En Nuevo León, la operación es la más descarnada de todas. Sobre las avenidas Constitución y Morones Prieto, corredores que usarán los visitantes del Mundial, se instalaron muros de concreto, mallas ciclónicas y lonas decorativas frente a colonias visualmente deterioradas. Las lonas son color naranja con mensajes de bienvenida a los turistas, algunos incluso en sueco. No hay ironía más perfecta: una bienvenida en sueco, sobre una lona, tapando una choza de lámina. Vecinos señalaron que los recursos usados para tapar la pobreza debieron emplearse para erradicarla, y que el Mundial dura un mes mientras ellos viven en esas colonias los 365 días del año. El gobierno del Estado, entre tanto, se declaró en “modo party” por un mes.
Pero hay algo que el escenario mundialista no pudo tapar con ninguna lona, ni pintar de ningún color: a los maestros.
Mientras las grúas colocaban candelabros en el Metro y los operarios estiraban mallas ciclónicas frente a las colonias pobres de Monterrey, la CNTE reanudó una huelga nacional el 25 de mayo, con la consigna: “¡Si no hay solución, no rueda su balón!” La frase no es solo un eslogan. Es la descripción exacta de lo que está en disputa: el país quiere mostrar al mundo un escaparate reluciente, y los maestros están parados exactamente en medio del aparador.
El núcleo de su demanda tiene una historia larga y específica. La Ley del ISSSTE de 2007, aprobada durante el sexenio de Felipe Calderón, sustituyó el sistema solidario de jubilación —donde el Estado garantizaba una pensión calculada con base en el último salario y los años de servicio— por un modelo de cuentas individuales administradas por Afores, haciendo que las pensiones de los docentes dependieran de sus ahorros personales y de los rendimientos del mercado financiero. Es decir: una maestra que dedicó treinta años de su vida a enseñar en una escuela pública de Oaxaca o Chiapas descubrió, al final de su carrera, que su pensión no dependía del Estado que la contrató sino de los vaivenes de la bolsa de valores. El mercado como árbitro de la vejez de quien enseñó a leer a los hijos del país.
La CNTE sostiene que este modelo precariza el retiro de los docentes y eleva injustamente la edad de jubilación, afectando especialmente a trabajadores con trayectorias largas y salarios bajos. El gobierno de Sheinbaum ofreció negociar, pero aclaró que no considera viable eliminar completamente la Ley del ISSSTE de 2007 debido al impacto financiero que tendría para las finanzas públicas. La CNTE rechazó la propuesta y acordó mantener y ampliar sus movilizaciones.
Lo que siguió fue la secuencia previsible del choque entre una demanda legítima y un gobierno que tiene el calendario lleno. A cuatro días de la inauguración, el gobierno federal exhortó a la CNTE a concluir su protesta para no afectar a escuelas, trabajadores, visitantes y comerciantes del Centro Histórico. Traducido sin eufemismos: hay un Mundial, por favor retírense del encuadre. Los maestros, conscientes de que el gobierno no puede permitirse una crisis de imagen pública a nivel mundial, buscaban que el Ejecutivo firmara compromisos vinculantes antes de que la atención del país se volcara por completo al ámbito deportivo. Sabían exactamente lo que estaban haciendo: colarse en el escaparate que nadie quería que se viera.
La conexión con Porfirio Díaz no es solo simbólica: es estructural. El dictador construyó su imagen de México moderno sobre la base de un magisterio precario y un campesinado sin derechos. Hoy, la reunión de jefes de Estado que acompañarán la inauguración del 11 de junio podría realizarse en el Alcázar del Castillo de Chapultepec, el mismo lugar donde Díaz recibió a Creelman hace 118 años y le mostró los jardines perfectos. El escenario no solo es simbólicamente idéntico: es literalmente el mismo edificio.
La diferencia fundamental es que entonces la prensa estaba amordazada. Hoy, un maestro desde un plantón frente a la SEP, un vecino desde detrás de una lona naranja en Monterrey, una madre buscadora desde la glorieta intervenida de Guadalajara, un campesino que busca garantías para vivir y producir con seguridad y dignidad sus productos, un transportista solicitando seguridad y la viabilidad económica de su actividad, etc., todos tienen un teléfono. Una legisladora de Jalisco lo dijo con claridad: “La imagen urbana no puede ocultar la pobreza escondiéndola, sino atendiéndola.”
El escaparate de 2026 es más sofisticado que el de 1907. Tiene diseño de FIFA, lonas en sueco, ajolotes morados y candelabros en el Metro. Pero debajo de toda esa pintura, hay maestras que van a jubilarse con una pensión que depende del mercado financiero, colonias que existen solo cuando no hay visitas, y familias que buscan a sus muertos mientras la ciudad se viste de fiesta.
Porfirio Díaz le decía a Creelman que México estaba listo para la democracia. Hoy los gobiernos le dicen al mundo que México está listo para el Mundial. En ambos casos, la preparación consistió principalmente en decidir qué no debía verse. Y en ambos casos, quienes vivían del lado equivocado de la lona sabían perfectamente lo que estaba ocurriendo. Siempre lo saben.
