Cada generación de niños y jóvenes ha debido enfrentar sus propios fantasmas. Desde crisis económicas hasta transformaciones culturales, quienes nos antecedieron buscaron la manera de sobrevivir a sus circunstancias. Muchos sufrimos en silencio o buscamos formas desesperadas de expresar lo que nos hacía daño. Sin embargo, hoy asistimos a un fenómeno distinto.
En los medios y redes sociales se ha popularizado el término peyorativo “generación de cristal”. Pero, antes de juzgar, deberíamos preguntarnos: ¿Quién está educando a estos jóvenes? ¿Las familias, los maestros, YouTube o el algoritmo de TikTok? Todos compartimos la autoría de este presente, pero nadie parece dispuesto a asumir la responsabilidad.
La pecera del consumo
Vivimos como peces en una pecera: nos hemos acostumbrado tanto al agua que ya no somos capaces de verla. Nadamos inercialmente hacia las migajas que el consumo y el capitalismo nos arrojan, aceptando sin chistar un esquema demencial con el supuesto objetivo de “mejorar la vida de nuestras familias”. La trágica ironía es que, en ese afán de proveer, estamos cada vez más ausentes en la vida de quienes más nos necesitan.
Para el maestro o el trabajador promedio, la paradoja es cruel: probablemente no estarás en los eventos de tus propios hijos por atender los de otros. Al llegar a casa, el cansancio te convierte en una sombra; tus hijos no tienen un padre, tienen un fantasma que arrastra el alma por el pasillo. Suena chistoso, hasta que dejas de ser niño y comprendes el vacío.
Revisar la mochila… y al ser humano que la carga
Esta ausencia ha derivado en una crisis de seguridad y sentido que hoy nos explota en la cara. Se debate intensamente sobre la legalidad o necesidad de revisar las mochilas a la entrada de las escuelas. Más allá de la controversia, debemos entender que la revisión de la mochila es estéril si no va acompañada de una revisión del ser humano que la carga.
Como sociedad y como autoridades, tenemos la urgente necesidad de hacer presencia. Revisar lo que llevan en sus bolsos es una medida de contención, pero mirar lo que llevan en el alma es una medida de salvación. No podemos seguir siendo espectadores de una tragedia silenciosa donde el dolor no procesado termina en violencia. La seguridad escolar no se garantiza solo con detectores, sino con la presencia auténtica de adultos que se atrevan a ver lo que otros ignoran.
Sanar al que enseña: El legado de Claudio Naranjo
Como docentes, podemos reconocer el sufrimiento en la mirada del alumno. Pero para humanizar el aula, debemos humanizarnos primero nosotros. Retomando a Claudio Naranjo, el primero que debe estar sano emocionalmente es el docente. A través de su programa SAT, buscaba que los maestros tuvieran herramientas para sanar a sus alumnos mediante una actitud auténtica y amorosa. Lo que para algunos es romanticismo, para otros (en casos extremos de violencia escolar) ha significado la diferencia entre la vida y la muerte.
Conclusión: Repensar la presencia
La respuesta no está en lo que hemos hecho hasta ahora. Necesitamos repensar nuestro actuar, tenderles la mano y, sobre todo, estar más presentes. Revisar la mochila y el corazón de nuestros estudiantes es, hoy más que nunca, un acto de amor y de supervivencia colectiva.
