Lo que ha ocurrido en estos días con la salida del Dr. Marx Arriaga de la Dirección General de Materiales Educativos, el comunicado oficial que niega un desalojo y la avalancha de narrativas que van desde la defensa apasionada hasta el linchamiento mediático, me obliga a volver al centro de mi función y de mi conciencia, la escuela pública no puede vivir al ritmo de los bandos, porque la escuela pública es el lugar donde el país aprende a explicarse a sí mismo, a cuidarse, a discutir sin destruirse y a construir futuro con dignidad.
Hay un movimiento administrativo confirmado y un relato institucional que intenta encuadrarlo como trámite; al mismo tiempo, circulan versiones, videos, opiniones y acusaciones graves que no pueden convertirse en sentencia sin evidencia. Cuando la política educativa se vuelve un combate de consignas, la escuela queda atrapada, el aula se llena de ruido, el docente vuelve a cargar con la tarea de traducir decisiones ajenas a condiciones locales. Y ahí está el problema histórico, no importa cuántas veces se repita transformación si el magisterio sigue recibiendo cambios con incertidumbre, con acompañamiento insuficiente y con exigencias que no se sostienen en la realidad material de las escuelas.
La NEM como horizonte trae una apuesta que vale la pena defender, la comunidad como principio pedagógico, la integración curricular, el pensamiento crítico, la dignidad humana como norte. Pero la NEM como implementación ha vivido una contradicción dolorosa, demasiadas veces llegó a las escuelas como discurso y no como ruta; como expectativa y no como andamiaje, como deber ser y no como condiciones para hacer. Por eso comprendo el sentimiento de muchos maestros, que la NEM se recibió a medio explicar, a medio acompañar y con interpretaciones extremas (todo por proyectos, tantas problemáticas al año, se elimina lo académico), que terminaron convirtiendo una posibilidad emancipadora en confusión o en trámite. La escuela, entonces, hizo lo que sabe hacer; resistió, adaptó, injertó, mezcló. A veces lo hizo con creatividad pedagógica; a veces, por puro instinto de supervivencia. Y ese Frankenstein del que se habla no es culpa del maestro, es síntoma de una conducción que no siempre supo caminar con el magisterio, escuchar, sostener, aclarar, corregir sin humillar.
Por un lado, rechazo que se use el debate educativo para fabricar enemigos totales, esas etiquetas pueden prender una fogata política, pero apagan la pedagogía; y una escuela pública polarizada es una escuela pública debilitada. Por otro lado, rechazo la idea de que despolitizar sea borrar la memoria y el conflicto social. La neutralidad, en educación, casi nunca es neutral; suele ser el regreso silencioso de la hegemonía, la normalización de un relato cómodo para el poder. Si se van a modificar materiales, contenidos o enfoques, lo mínimo democrático es que se haga con transparencia, criterios pedagógicos públicos y discusión abierta, no por opacidad, no por presión mediática, no por reacomodos que después el aula tenga que explicar sin herramientas. La escuela pública se defiende con documentos a la vista, no con rumores; con deliberación, no con linchamiento.
La transformación educativa no nace en la oficina, nace en el aula y en la comunidad, pero el aula no puede transformarlo todo si el sistema la abandona. En estos años he aprendido acompañando colectivos docentes, sosteniendo Consejos Técnicos, caminando escuelas multigrado y rurales, escuchando a maestras y maestros que trabajan con carencias reales que la mejor defensa de un modelo no es el discurso, sino el acompañamiento, diagnóstico situado, planeación contextualizada, proyectos comunitarios viables, evaluación formativa con evidencias, y, sobre todo, cuidado del tejido humano. He visto cómo el colectivo se organiza, cuando acuerda, cuando documenta, cuando dialoga con las familias, cuando convierte problemas locales en proyectos de aprendizaje con sentido. Y también he visto cómo se apaga cuando todo se vuelve trámite, cuando se instala el miedo, cuando la política divide y la burocracia asfixia.
La NEM no se salva ni se cae por una persona; se sostiene o se desmorona por la coherencia y la justicia con que se implemente. Si lo que viene es reestructuración, que sea para corregir lo que más ha dolido: claridad pedagógica, formación situada, acompañamiento consistente, materiales discutibles y transparentes, y condiciones laborales dignas para el magisterio incluidos quienes trabajan en los márgenes más olvidados. Si lo que viene es una reorientación de fondo, que se diga con honestidad y se debata con el país, porque la opacidad es la forma elegante de la restauración. La escuela pública merece algo mejor que ser campo de batalla, merece ser el lugar donde la sociedad aprende a construir el nosotros con verdad, justicia y esperanza crítica.
Defender la escuela pública, para mí, no es gritar más fuerte, es sostener el trabajo cotidiano con ética, es acompañar sin imponer, es exigir con evidencia, es resistir sin rompernos, es formar ciudadanía con memoria y con pensamiento crítico, pero también con rigor académico y cuidado comunitario. Porque al final, como decía Eduardo Galeano, el destino no descansa en rodillas ajenas, arde en las conciencias. Y la escuela pública cuando se cuida y se acompaña sigue siendo el lugar más poderoso que tenemos para que ese fuego no se convierta en ceniza, sino en transformación verdadera.
