Videojuegos y violencia. Un reto que necesitamos discutir como sociedad

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No se trata solamente de controlar horarios o prohibir determinados juegos, sino de conocer lo que consumen niñas, niños y adolescentes, acompañarlos ocasionalmente…


“La exposición a videojuegos violentos constituye un factor de riesgo causal para el aumento de la conducta, la cognición y el afecto agresivos.” —Craig A. Anderson, Akiko Shibuya, Douglas A. Gentile

Los videojuegos forman parte de la cultura contemporánea y constituyen espacios de entretenimiento, interacción y aprendizaje que no pueden valorarse de manera uniforme. Sus efectos dependen del contenido, del tiempo de exposición, de la edad de quien juega, de las condiciones personales y del acompañamiento social que rodea su uso. Sin embargo, cuando la experiencia digital presenta la violencia como una acción frecuente, recompensada o necesaria para avanzar, resulta pertinente preguntarnos no solamente qué aprende una persona de manera consciente, sino también qué formas de interpretar las emociones, resolver los conflictos y responder ante los demás pueden irse configurando mediante la repetición.

Yoshiyuki Tamamiya, Goh Matsuda y Kazuo Hiraki (Relación entre la violencia en los videojuegos y los resultados neuropsicológicos a largo plazo. 10.4236/psych.2014.513159), encontraron que la exposición prolongada a un videojuego violento se relacionó con un incremento temporal de la agresividad física en los participantes varones y con un retraso en ciertos procesos neurológicos asociados con el reconocimiento de rostros que expresaban enojo. Mientras la agresividad tendió a disminuir después de suspender la exposición, la modificación observada en el procesamiento de las expresiones de ira permaneció durante el seguimiento realizado tres meses después. Los propios autores advierten que sus resultados proceden de una muestra pequeña de personas adultas, poco familiarizadas con los videojuegos, y de la utilización de un solo juego, por lo que no permiten establecer conclusiones definitivas sobre niñas, niños, adolescentes o jugadores habituales. No obstante, aportan elementos relevantes para comprender que la exposición mediática puede influir de manera diferenciada tanto en la conducta observable como en procesos menos evidentes de percepción e interpretación emocional.

En el ámbito social, esta cuestión adquiere importancia porque una comunidad no se construye únicamente mediante leyes, discursos o instituciones, sino también a través de los contenidos que consume cotidianamente y de las respuestas que aprende a considerar normales. Cuando la violencia se presenta reiteradamente como espectáculo, estrategia de éxito o mecanismo ordinario para resolver problemas, existe el riesgo de que disminuya la sensibilidad frente al sufrimiento ajeno o que las señales de enojo, amenaza y confrontación ocupen un lugar desproporcionado en la interpretación de las relaciones humanas. Esto no significa que toda persona que utilice videojuegos violentos desarrollará comportamientos agresivos, pero sí que conviene abandonar la idea de que los contenidos digitales son experiencias completamente neutras y sin consecuencias.

La discusión tampoco debe conducir a condenar indiscriminadamente los videojuegos. Algunos pueden favorecer habilidades perceptivas, coordinación, toma de decisiones, perseverancia, colaboración e incluso determinados procesos cognitivos. La cuestión central se encuentra en el tipo de contenido, en la frecuencia, en las condiciones de uso y en la posibilidad de que la persona cuente con otros referentes afectivos, culturales y sociales que le permitan interpretar críticamente lo que observa y realiza. El problema no es únicamente que aparezca violencia en una pantalla, sino que esta se consuma sin mediación, sin conversación, sin límites y sin oportunidades para distinguir entre una mecánica de juego y las consecuencias humanas que la violencia tiene en la vida real.

En la educación, estas posibles influencias deben analizarse porque aprender requiere mucho más que memorizar contenidos. La convivencia, la empatía, la lectura de las emociones, la capacidad para regular impulsos y la disposición para resolver desacuerdos mediante el diálogo forman parte de las condiciones que hacen posible la enseñanza. Un estudiante que interpreta con mayor frecuencia las conductas ambiguas como amenazas, que tiene dificultades para reconocer las emociones de sus compañeros o que responde impulsivamente ante la frustración puede enfrentar obstáculos para participar, colaborar, pedir ayuda y mantener la atención. También puede contribuir, aun sin proponérselo, a un clima de aula caracterizado por conflictos, rechazo, aislamiento o respuestas defensivas.

Las consecuencias educativas no deben explicarse mediante relaciones simplistas. El comportamiento de una niña, un niño o un adolescente es resultado de múltiples factores: su historia personal, los vínculos familiares, el entorno comunitario, la experiencia escolar, sus condiciones emocionales, el sueño, la alimentación, la socialización digital y muchas otras circunstancias. Por ello, la tarea de la escuela no consiste en etiquetar a quienes juegan ni en atribuir automáticamente sus dificultades a una pantalla. Corresponde observar integralmente, dialogar, identificar cambios significativos y desarrollar intervenciones formativas que fortalezcan la autorregulación, la convivencia, la empatía, el pensamiento crítico y el uso responsable de la tecnología.

En esta labor resulta indispensable reconocer la experiencia, la capacidad profesional y los estudios de las maestras y los maestros. Su conocimiento pedagógico les permite advertir transformaciones en la atención, el lenguaje, la interacción social y la manera en que el alumnado enfrenta la frustración. Mediante la organización de ambientes seguros, actividades colaborativas, educación socioemocional, análisis crítico de los contenidos digitales y comunicación con las familias, el personal docente busca interceder para que estas influencias no se conviertan en barreras permanentes para el aprendizaje. Sin embargo, aun la mejor intervención escolar encuentra límites cuando las experiencias que rodean al estudiante fuera del aula permanecen desarticuladas de los propósitos educativos.

Por ello, conocer estas posibles repercusiones es también una responsabilidad del hogar. No se trata solamente de controlar horarios o prohibir determinados juegos, sino de conocer lo que consumen niñas, niños y adolescentes, acompañarlos ocasionalmente, conversar sobre las conductas representadas, establecer límites acordes con su edad, proteger los horarios de sueño, ofrecer alternativas de convivencia y observar si aparecen cambios persistentes en el estado de ánimo, la irritabilidad o las relaciones familiares. Cuando la familia mantiene comunicación con la escuela y reconoce la orientación profesional del personal docente, puede tomar decisiones más informadas y coherentes. La corresponsabilidad entre hogar y escuela permite que la experiencia, la preparación y el compromiso de las maestras y los maestros encuentren continuidad en la vida cotidiana, generando mejores condiciones para que cada estudiante aprenda, conviva y se desarrolle plenamente. Porque la educación es el camino….