El pasado 11 de marzo de 2026, la subsecretaria de Educación Básica de la SEP, Noemí Juárez Pérez, asistió a la Cámara de Diputados para dialogar sobre la situación y los avances de la Nueva Escuela Mexicana, como parte de la primera sesión ordinaria de la Comisión de Educación. En esa visita, Juárez Pérez confundió diversidad con interculturalidad.
Para algunos podría ser peccata minuta. Otros dirán que errar es de humanos. Y en efecto, la vida humana es un costal de gazapos. Es más, si ese yerro hubiese ocurrido durante una entrevista rápida o al calor de un fugaz debate, podría justificarse. Lo anecdótico es que sucedió durante una exposición programada con antelación. Una exposición que tuvo que pasar por revisiones, por varios ojos. Parece que no fue así. Lo cual agrava la magnitud del error.
Como docente frente a grupo no sé si me da pena o me da risa. Pena porque se supone que una funcionaria de ese nivel debería manejar al dedillo un tema que está en el Plan de Estudios de la NEM, que es uno de los principios rectores y también un eje articulador. Risa genuina porque a los profesores nos han ahogado con cursos y capacitaciones para ilustrarnos de algo que, al parecer, ni ellos mismos saben de qué va.
En su intervención, la subsecretaria apuntó una serie de explicaciones para ilustrar la interculturalidad, pero lo que describió fue otra cosa. Habló de escuelas bilingües, escuelas indígenas, escuelas con migrantes, modalidades multigrado y telesecundarias. Hasta mencionó el caso de una alumna afgana que habla siete idiomas en un salón. Si bien es cierto que estos son ejemplos palpables de la diversidad que existe en nuestro sistema educativo, enumerarlas no las convierte automáticamente en prácticas interculturales. .
La interculturalidad es otra cosa. Es transformar las relaciones, motivar diálogos y la construcción colectiva de toda esa diversidad que la funcionaria ennumeró. Para lograrlo se requiere un compromiso real, ya que el verdadero reto radica en cómo lograr que todas esas convivencias de esa diversidad se den de manera justa, sin discriminación, donde todos aporten y todos reciban lo que necesitan.
México es un país diverso, eso nadie lo duda. Lo social, lo económico, lo lingüístico y lo cultural nos hacen un mosaico complejo. El desafío de la educación pública no es solo contar cuántas piezas tiene el mosaico, sino lograr que encajen sin que unas opriman a otras. Ese es el trabajo de la interculturalidad: justicia, diálogo y transformación.
La diversidad es una condición (lo que hay), mientras que la interculturalidad es un proceso dinámico (lo que hacemos con lo que hay).
En la SEP cuentan con equipos de asesores que preparan los discursos, que diseñan programas y capacitan a los funcionarios. Los maestros no tenemos ese lujo. Nosotros dilucidamos estas propuestas pedagógicas entre el recreo, la planeación y la atención a los padres de familia (y a nuestras propias familias). No tenemos mucho tiempo ni muchos recursos para descifrar discursos que parecen hechos con calzador. Cuando la autoridad habla con imprecisión, la confusión baja en cascada hasta el aula, y quien la paga es el alumno.
No se pide perfección, se exige coherencia. Coherencia entre el discurso y la práctica, entre el concepto y la política pública. No podemos construir una Nueva Escuela Mexicana sobre cimientos teóricos débiles o peor aún, confusos. No podemos exigir a los docentes que transformen relaciones de poder y cultura si quienes están al frente no dominan los fundamentos de esa transformación. La capacitación debe ser integral, certera y precisa.
De lo contrario, la diversidad seguirá siendo solo un dato en un informe, la interculturalidad un término confuso, y los maestros, una vez más, los únicos responsables de hacer milagros con conceptos mal entendidos.
O como dijera la poeta Joshua Jennifer Espinoza:
“Me adentro en un error
y me rehago a mí mismo con la forma
de un mejor error”.
