Ante la asistencia de más de 800 personas, el Gobierno de México dio a conocer el programa “Semilleros de la Honestidad”, una iniciativa de alcance nacional y de largo plazo orientada a prevenir la corrupción a través de la formación ética desde el nivel preescolar hasta la educación secundaria.
Durante el acto realizado en la Escuela Nacional para Maestras de Jardines de Niños, la secretaria Anticorrupción y Buen Gobierno, Raquel Buenrostro, destacó que la lucha contra la corrupción debe iniciar desde la infancia, mediante la educación en valores que se construye de manera conjunta entre la escuela, la familia y la comunidad. Señaló que esta estrategia se articula con los principios de la Nueva Escuela Mexicana, la cual promueve una educación humanista, integral e incluyente, centrada en las niñas y los niños como sujetos de derechos, reconociendo su realidad social y cultural, y fomentando aprendizajes con sentido comunitario.
Desde esta perspectiva, subrayó que la honestidad no puede entenderse como un concepto abstracto ni como un discurso moralizante, sino como una práctica diaria que se aprende y se fortalece a través del ejemplo, el diálogo, la convivencia respetuosa, la participación activa y el compromiso con el entorno social afirmó.
Decirlo es bastante sencillo desde afuera de las aulas, pero desde adentro, la realidad es bastante compleja, en el ámbito educativo los maestros “de a pie” sabemos que educar en la honestidad es, sin duda, una tarea imprescindible para cualquier proyecto educativo que aspire a la transformación social. En ese sentido de didáctica crítica, esta propuesta formativa en valores exige algo más profundo que actividades didácticas digitales en línea: exige coherencia ética entre el discurso educativo y la práctica social del mundo adulto, no solo de los niños, pues todos sabemos bien que se educa con el ejemplo. (https://semillerosdelahonestidad.gob.mx/Preescolar/inicio)
Paulo Freire nos recuerda que la educación auténtica se construye desde la praxis, desde la coherencia entre la palabra y el acto. No hay educación ética posible cuando el discurso de los valores convive con la impunidad.
Educar en la honestidad implica mucho más que diseñar programas dirigidos únicamente a la niñez; implica asumir que la ética también requiere límites, consecuencias y responsabilidad pública en todos los espacios de la educación en México. La honestidad se aprende, en primer lugar, por imitación desde el postulado pedagógico vicario de Albert Bandura, y ese ejemplo proviene del mundo adulto: de los padres de familia cuando encuentran dinero tirado en la calle y deciden devolverlo o quedárselo; cuando a alguien se le pierde un celular y se opta por entregarlo y dejarlo encendido o apagarlo para apropiárselo; cuando se vuelca un camión de mercancía y emerge la rapiña como práctica social normalizada; o, por el contrario, cuando ante una inundación, terremoto, incendio o cualquier tragedia se expresa la solidaridad comunitaria. Es ahí, en esos actos cotidianos, donde se siembra —o se arranca— la semilla de la honestidad.
Del mismo modo, resulta contradictorio hablar de formación ética en las aulas cuando en la vida pública persisten prácticas sistemáticas de corrupción en nuestro mismo ecosistema educativo. La deshonestidad se reproduce también cuando funcionarios de alto nivel favorecen la subcontratación de servicios, cuando se beneficia de manera recurrente al sector privado en la elaboración de materiales educativos, obras, mantenimientos o servicios, sin transparencia ni rendición de cuentas. El mensaje implícito que se transmite a niñas, niños y jóvenes es devastador: que la corrupción no solo es tolerada, sino premiada cuando se ejerce desde el poder.
Esta lógica se reproduce igualmente en el ámbito escolar y sindical. ¿Cómo hablar de honestidad cuando un director escolar, junto con su comité de padres, hace un uso discrecional o indebido de los recursos educativos? ¿O cuando las organizaciones sindicales exigen ética al Estado, pero no rinden cuentas claras a sus propias bases? Estas prácticas no son excepciones: forman parte de una cultura que ha normalizado la simulación y la impunidad.
En este punto, cobra vigencia la reflexión de Noam Chomsky sobre la deseducación, entendida como un proceso mediante el cual la sociedad aprende a aceptar la injusticia, la corrupción y la desigualdad como algo natural e inevitable. No se trata solo de una falla educativa, sino de una pedagogía invertida que enseña a obedecer, a callar y a mirar hacia otro lado. Frente a ello, cualquier programa que aspire a sembrar la honestidad debe reconocer que primero es necesario reeducarnos los adultos, desmontar las prácticas corruptas que sostenemos y cuestionar los privilegios que normalizamos.
Por ello, aunque el programa Semilleros de la Honestidad suena pertinente y necesario, su impacto será limitado si no se acompaña de una transformación ética real en las estructuras de poder. La honestidad no puede seguir siendo un discurso dirigido solo a los más pequeños. Como suele decirse en el ámbito popular, la escalera se barre de arriba hacia abajo. Es indispensable fortalecer una auténtica cultura de la denuncia, garantizar sanciones efectivas —sin distinciones ni fueros— y asumir que la lucha contra la corrupción comienza cuando quienes gobiernan, administran, dirigen y representan dan el ejemplo.
Solo así la honestidad dejará de ser un ideal abstracto y se convertirá en una práctica social viva, coherente y creíble.
