Con la idea de redactar un texto en razón del próximo 8 de marzo, fecha en que se conmemora el Día Internacional de la Mujer, me di a la tarea de indagar, en diversas fuentes, sobre el número de feminicidios cometidos contra las mujeres en México y, particularmente, contra las trabajadoras de la educación que han sido asesinadas por el hecho de serlo. El resultado es ofensivo a todas luces: no existen datos precisos. ¡Ah, pero eso sí!, estoy seguro que el próximo domingo, los discursos de las y los políticos estarán llenos de palabras rimbombantes expresadas en medio de aplausos y escenarios exprofeso, mismos que darán cuenta de los enormes vacíos que se tienen en este rubro: “Las mujeres son el pilar de la familia y la sociedad”, “Se reconoce su entrega y sacrifico diario”, “Son el motor que mueve a México”, “Son un ejemplo de lucha y perseverancia”, “No llegué sola, llegamos todas”. Esto es así, porque la realidad diaria nos golpea en el rostro cuando profundizamos para comprender el fenómeno y, tal vez, para entender la descomposición social que estamos viviendo.
¿Por qué el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) no cuenta con un número exacto de trabajadoras de la educación víctimas de feminicidio? Sin ser especialista en la materia podría afirmar, que esta instancia no registra o desglosa las estadísticas de feminicidios u homicidios dolosos por ocupación de la víctima de manera sistemática, sencillamente porque “no tiene la capacidad” para ello, hecho que me parece gravísimo. Sin embargo, más graves es aún, el que “no se tenga la capacidad” para diferenciar entre homicidio doloso y feminicidio, es decir, que las muertes violentas de mujeres en nuestro país entran en el terreno de la ambigüedad en las fiscalías por algo que se conoce como tipificación del delito, por ejemplo, algunos colectivos u organizaciones civiles, refieren que la cifra de muertes violentas que incluyen homicidios dolosos no tipificados como feminicidios superan las 3000, lo cual contrasta evidentemente con las cifras que ofrece el SESNSP, ya que este asegura que en el 2024 hubo poco más de 800 feminicidios y en 2025 poco más de 750. La razón del por qué se dan a conocer estas cifras me parece que es bastante obvia.
Por lo que respecta al tema de las trabajadoras de la educación que hayan sido víctimas de feminicidio en territorio mexicano la situación se complica un poco más por las razones expuestas en el párrafo anterior, sin embargo, debemos considerar que, igual que muchas mujeres en este país, este es un grupo en extremo vulnerable si consideramos dos escenarios que se desprenden de la violencia e inseguridad que a diario vivimos; me refiero a: 1. La violencia criminal en zonas rurales controladas por el crimen organizado donde docentes son continuamente extorsionados (derecho de piso) para que puedan dar clases; obviamente que a estas escuelas asisten a diario las profesoras. 2. La violencia en el entorno escolar y de la cual se desprenden innumerables casos como el de la maestra Fabiola de Oaxaca, quien fue asesinada presuntamente por un alumno que estaba inconforme con su calificación. Estas dos cuestiones me permiten reiterar el grave problema de la tipificación del delito, es decir, derivado de la violencia generalizada que existe en muchas comunidades, las fiscalías estatales pueden clasificar esas muertes violentas como homicidios dolosos y no como feminicidios.
Sobre este último tema, informes o datos que ha hecho público el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF) señalan que, a nivel nacional, al menos el 25% de las muertes violentas en México se investigan como feminicidio. Si este porcentaje se aplicara al magisterio donde predominan las mujeres los datos serían reveladores, sin embargo, como lo he venido señalando, este dato es probable que nunca lo conozcamos porque dichas muertes podrían haberse incluido en el rubro de “mujeres asesinadas”.
Con lo expuesto, pienso que estamos ante un gran problema donde la tipificación es un desastre, pero, peor aún, que seguimos teniendo un grave problema de inseguridad y violencia generalizada contra las mujeres y de eso nadie o pocos dicen algo y, si se dice, suele ser acompañado de discursos pomposos y llenos de palabras “bonitas” donde se asegura que todo está bien en el país, que los homicidios van a la baja, que la inseguridad también está descendiendo, que las instancias de procuración de justicia están dando golpes a las organizaciones criminales como la captura más reciente en Jalisco, que todo es color de rosa y que vivimos de maravilla.
Es irrisorio que el Secretario de Educación, Mario Delgado, el pasado 5 de marzo haya publicado en sus redes sociales que “en tiempo de mujeres no se puede seguir difundiendo una historia sin ellas; sin las indígenas, afrodescendientes, migrantes o militantes”. De ahí que la presidenta Sheinbaum le haya encomendado editar un nuevo libro de texto que incluya sus invaluables aportes en la construcción del país.
Señor secretario, si es tiempo de mujeres y si no se puede difundir una historia sin ellas: por qué no incluir a todas aquellas mujeres valientes que han salido de sus hogares pero que han sido asesinadas, víctimas de feminicidio o no; por qué no hablar las madres buscadoras de todo el país que no cejan en la búsqueda de sus hijas, hijos o familiares; por qué no hablar de esas maestras que viven en zonas controladas por el crimen organizado y que han sido ultrajadas y violentadas rumbo a sus planteles escolares; por qué no hablar de las niñas que son acosadas rumbo a su escuela o que son “levantadas” por delincuentes; por qué no hablar de las niñas que son obligadas o forzadas a cohabitar a su corta edad en Oaxaca, etcétera, etcétera, etcétera.
Esta triste y lamentable realidad también es parte de la historia de nuestro México señor secretario; sí, mi voto es para que se construya otro libro de texto con todas estas verdades o… su gobierno, como en antaño, ¿seguirá construyendo su propia historia y protegiendo monumentos?
Al tiempo.