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Los jumentos que cuidan la burbuja del Presidente Enrique Peña Nieto no se dieron cuentan ni por asomo del estado de indefensión de los infantes que, materialmente fueron esculcados como requisito primario para entrar al Zócalo capitalino  y así, sin ningún problema, gritaran a coro: ¡Viva México!

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Foto especial

Cierto que la seguridad en el País es un desastre, pero es así porque los encargados de garantizarla simplemente no han podido o, en el peor de los casos, no han querido.

Sin embargo nada justifica que los niños hayan sido expuestos como posibles sospechosos de portar algún artefacto que pusiera en peligro la seguridad de los asistentes al deslucido grito de independencia, el segundo del sexenio peñista.

Pero más allá de la majestuosa locura de los procurantes de la seguridad  nacional está la estupidez de los padres permisivos que toleraron en sus narices semejante barbarie contra sus hijos.

¿Qué acaso no se dieron cuenta de la vejación a la que fueron expuestos?  ¿valía la pena gritar al unísono ¡Viva México! después de que sus pequeños vástagos fueran cateados de manera miserable?

La ignorancia como tal no es limitante para que los padres no tengan los suficientes tamaños para defender la integridad de sus hijos.

Tan penoso incidente me comprueba como cierto aquello de que “Cada pueblo tiene el gobierno que se merece.”