Marx Arriaga y Aurelio Nuño: la lucha política por el futuro educativo

El debate no fue enriquecedor para la política educativa. Fue un ejercicio demagógico, mal moderado por Joaquín López Doriga...
Image

Marx Arriaga y Aurelio Nuño se enfrentaron en un debate sobre las diversas visiones de la educación en México. Fue un desencuentro lleno de acusaciones y descalificaciones que no solo sería ganado con datos, sino también con elementos narrativos.

Este debate, nacido de un reto lanzado por Aurelio Nuño a Marx Arriaga, resultó un ejercicio interesante que no puede, ni debe, tomarse a la ligera; ni mucho menos, enmarcarlo en análisis simplones que vengan desde la ignorancia, las filias y las fobias.

En primer lugar, es cierto que son visiones completamente distintas. Nuño, por un lado, representa la reforma educativa surgida en el sexenio de Enrique Peña Nieto, caracterizada por disidencias e inconformidades magisteriales que se manifestaban por políticas consideradas como punitivas, procesos de evaluación obligatorios y hechos violentos contra la comunidad educativa.

Por otro lado, Arriaga, principal promotor de la reforma educativa de López Obrador, la Nueva Escuela Mexicana y creador de los muy debatidos Nuevos Libros de Texto Gratuito, es un personaje de naturaleza combativa, que rechaza la intervención de organismos internacionales y ha sabido aprovechar el descontento magisterial para posicionar un discurso de “renovación” y “revolución del sistema educativo nacional”.

Para Aurelio Nuño, el reto lanzado le salió mal. En primera instancia, pareciera que no es consciente de su percepción pública entre buena parte del magisterio nacional y el imaginario colectivo. La sombra de los siete docentes asesinados en los enfrentamientos del 19 de junio de 2016 en Nochixtlán, los procesos de evaluación obligatoria (respaldados por las fuerzas armadas) y las consecuencias en la estabilidad laboral de las y los docentes, el distanciamiento y desestimación de las recomendaciones realizadas por el extinto Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), la minimización y poco seguimiento al caso de los normalistas de Ayotzinapa, entre otros, aún siguen presentes y no son olvidados por la comunidad educativa.

Por su parte, Marx Arriaga aprovecha ese descontento y logra capitalizarlo en un discurso sobre las “ofensas del pasado” y las “representaciones capitalistas” de su oponente. Responde a los cuestionamientos con aparente facilidad, mientras que su contraparte muestra una confianza que parece desaparecer conforme avanza la conversación. Lo llevó a su terreno: el del ‘discurso revolucionario’, mientras que el exsecretario se enganchó, cayó en la trampa y no pudo salir de las arenas movedizas.

Se dijeron de todo: descalificaciones y acusaciones mutuas estaban de sobra; pero de lo estrictamente educativo, pedagógico y técnico poco se mencionó.

Mientras Nuño lo acusa de autoritario, “revolucionario de salón chafa” y controlador, Arriaga le responde diciéndole que pertenece a una élite corrupta, saqueadora, antidemocrática y tecnócrata. Incluso su viejo apodo de “Sargento Nuño” fue recordado.

Marx reconoció que los contenidos del sexenio pasado se mantienen; lo que cambia, dice, es el modelo, el enfoque y la forma de impartirlos. Mientras tanto, Aurelio reiteró que esa visión “elimina las libertades individuales” y que su lucha estaba en contra de eso.

Adicionalmente, también se presentaron detalles que llamaron la atención. Marx, a diferencia de otros debates, se mostró tranquilo, menos radical y visceral, y con un discurso previamente estudiado y ensayado. Mientras tanto, Nuño, con un vaso de Starbucks en la mano, se mostró molesto y con algunos sesgos sobre el actual estado del sistema educativo. Perdió la oportunidad de argumentar de forma más clara y poner en evidencia los muchos pendientes de la Nueva Escuela Mexicana, pero eligió el camino del debate ideológico, donde las lleva de perder.

Finalmente, ninguno se atrevió a hablar sobre el elefante en la sala: el papel del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) en ambos gobiernos, la figura de Elba Esther Gordillo y la incidencia de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE).

Ambos se acusaron de ser aliados corporativos de los líderes sindicales pero ninguno se aventuró a dar nombres de personajes u organizaciones.

El debate no fue enriquecedor para la política educativa. Fue un ejercicio demagógico, mal moderado por Joaquín López Doriga y que poco abona al futuro del Sistema Educativo. Más bien, fue usado para alimentar el morbo que enmarca el proceso electoral de este año.