La reciente detención de un líder criminal de alto perfil en nuestro país no debe interpretarse únicamente como un acontecimiento judicial. Debe asumirse como una llamada de atención colectiva. Más allá de la espectacularidad mediática, el verdadero debate es formativo: ¿qué estamos haciendo —como familias, como escuela y como Estado— para que nuestros niños no vean en la violencia y el dinero fácil un destino posible?
Pero conviene hacernos una pregunta incómoda y profundamente pedagógica: ese líder criminal también fue niño. También tuvo un nombre escrito en una lista de asistencia. También pisó una escuela, tuvo maestros, compañeros, quizá sueños. ¿En qué momento se debilitó la comunidad que debía sostenerlo? ¿Dónde se fracturó el acompañamiento formativo? ¿Qué vacío fue ocupado por estructuras que ofrecen pertenencia, poder inmediato y reconocimiento violento?
Si no analizamos esa trayectoria, seguiremos atendiendo los efectos sin intervenir en las causas. No podemos permitir que los liderazgos juveniles —la inteligencia, el carisma, la capacidad de organización y de influencia que muchos jóvenes poseen— sean absorbidos por el crimen organizado. Esas mismas capacidades podrían estar al servicio del conocimiento, del emprendimiento, del arte, de la política honesta o del desarrollo comunitario. Cuando una sociedad pierde a sus jóvenes más capaces ante la seducción del poder criminal, no solo pierde seguridad: pierde futuro.
En el marco de la Nueva Escuela Mexicana se han establecido perfiles profesionales, criterios e indicadores para garantizar excelencia docente y liderazgo escolar. Se exige preparación, ética y compromiso social al magisterio. Sin embargo, ningún manual institucional puede sustituir lo que ocurre en el espacio íntimo del hogar. La primera comunidad de aprendizaje no es la escuela: es la familia.
Y aquí debemos ser contundentes: la familia es el motor real del cambio social. Es el primer espacio donde se aprende el autocontrol, la empatía, la disciplina, el respeto y la noción del bien común. La escuela acompaña; el Estado respalda; pero quien funda la conciencia y el carácter es el hogar.
Desde el psicoanálisis, Sigmund Freud explicó que el “ello” desde el subconsciente primitivo busca la satisfacción inmediata (placer). Sin límites claros ni contención afectiva, ese impulso puede orientarse hacia la gratificación instantánea del poder y del dinero fácil. Por su parte, Carl Jung advirtió que los arquetipos moldean el imaginario colectivo; cuando la cultura popular glorifica figuras violentas, esos símbolos se instalan en la mente juvenil como referentes aspiracionales de éxito y reconocimiento.
El aprendizaje vicario descrito por Albert Bandura demuestra que los niños aprenden por observación e imitación. Si en redes sociales, en ciertos contenidos audiovisuales o en los llamados narcocorridos se asocian lujo, alcohol, ropa, mujeres, dinero, camionetas de lujo blindadas, armas y poder con admiración social, el mensaje termina internalizándose. En este punto resulta iluminadora la pirámide de la violencia de Johan Galtung: la violencia directa no surge de manera aislada; se sostiene sobre una base cultural que la legitima. Cuando normalizamos discursos que exaltan la ilegalidad, fortalecemos esa base invisible.
Además, como advierte Zygmunt Bauman, vivimos en una modernidad líquida donde los vínculos se debilitan. En hogares emocionalmente distantes, el joven puede experimentar lo que Piero Ferrucci describe como un “nido vacío emocional”: una casa físicamente habitada pero afectivamente desconectada. Y donde hay vacío afectivo, otros discursos ocupan el espacio.
Ahora bien, la familia no puede ni debe estar sola. Si es el motor, necesita acompañamiento institucional. El Estado tiene la obligación de articular una atención multidisciplinaria eficaz: el sector salud mediante prevención psicológica comunitaria; el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia fortaleciendo entornos protectores; y organismos como la Procuraduría de los Derechos Humanos garantizando la protección integral de niñas, niños y adolescentes. La corresponsabilidad no es discurso: es acción coordinada.
Pero no pongamos tanta “crema a los tacos”. No desviemos el debate ni busquemos culpables fáciles.
La primera instancia de educación no es la escuela. Es la familia.
No carguemos sobre los maestros responsabilidades que no les corresponden en exclusiva. El docente forma, orienta y construye conocimiento; pero no puede sustituir la presencia, el ejemplo y la disciplina cotidiana del hogar. Pretenderlo es disfuncional, injusto y simplista.
Este acontecimiento debe ser un parteaguas. Un llamado a volcar la mirada crítica hacia la protección de nuestros niños, niñas y adolescentes, para que no caigan en las garras del narcotráfico. Si la comunidad de aprendizaje en casa es sólida, la violencia pierde terreno. Si es frágil, el vacío se llena con lo que esté más cerca: las malas influencias, las falsas promesas, la identidad distorsionada. Porque una familia que educa con principios firmes es como una casa edificada sobre roca: puede enfrentar tormentas, presiones externas y embates culturales sin derrumbarse. Pero cuando el hogar se construye sobre arena —sin límites, sin diálogo, sin presencia— cualquier viento fuerte termina por fracturarlo. Y cuando el hogar se fractura, los hijos quedan expuestos a que otros ocupen ese espacio formativo que nunca debió quedar vacío.
Como bien sabemos, la violencia genera más violencia. La vida delictiva promete lujo inmediato, pero suele ser efímera. Lo que aparenta poder termina con frecuencia en cárcel, persecución o muerte temprana.
Por ello, la disciplina —entendida como esfuerzo consciente y sostenido, no como imposición autoritaria ni castigo— debe formarse desde el hogar. No se trata de obediencia ciega, sino de construir carácter. La disciplina enseña que las metas verdaderas no se alcanzan con inmediatez ni con atajos, sino con constancia, responsabilidad y compromiso diario.
Disciplina es priorizar el diálogo sobre el ruido; apagar la televisión o los dispositivos para mirarse a los ojos y conversar todos en armonía. Es compartir la mesa como espacio de encuentro y no solo de alimentación. Es asumir pequeñas responsabilidades cotidianas: levantar y lavar el propio plato, tender la cama, ordenar la mochila, cumplir con tareas escolares y compromisos familiares.
Es aprender el respeto activo hacia abuelos, padres, hermanos y maestros; no por miedo, sino por reconocimiento de la dignidad del otro. Es también apagar el teléfono para abrir un libro, desarrollar pensamiento crítico y ampliar horizontes. Es preguntar cada día “¿Cómo te fue?” y escuchar con atención genuina. Es corregir cuando sea necesario, pero hacerlo con firmeza amorosa, marcando límites claros sin romper el vínculo afectivo.
En síntesis, la disciplina en casa no limita: fortalece. No oprime: orienta. No apaga la libertad: la educa para que pueda conducir a una vida plena.
La Nueva Escuela Mexicana propone formar ciudadanos críticos capaces de comprender la realidad para transformarla. Pero esa transformación comienza cuando la familia asume su papel protagónico.
La transformación social no inicia con una captura.
Inicia cuando la familia decide educar en comunidad, con presencia, coherencia y ejemplo; respaldada por una escuela comprometida y por un Estado que acompañe, proteja y prevenga.
Porque el verdadero motor del cambio está en casa.
Y en la escuela, se consolida.
El ciclo se rompe cuando cada quien asume lo que le corresponde. Cuando la familia educa con presencia y límites claros; cuando la escuela orienta y forma con profesionalismo; cuando el Estado acompaña y protege.
No podemos dejarlo todo al maestro. El docente guía y fortalece, pero no sustituye la responsabilidad cotidiana del hogar.
La transformación comienza cuando cada uno cumple su parte. Ahí, verdaderamente, empieza el cambio.
Referencias
Bauman, Z. (2003). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.
Bandura, A. (1977). Social learning theory. Prentice Hall.
Ferrucci, P. (1989). What we may be: Techniques for psychological and spiritual growth through psychosynthesis. Jeremy P. Tarcher.
Freud, S. (1923). El yo y el ello. Amorrortu Editores.
Galtung, J. (1990). Cultural violence. Journal of Peace Research, 27(3), 291–305. https://doi.org/10.1177/0022343390027003005
Jung, C. G. (1964). El hombre y sus símbolos. Paidós.
Secretaría de Educación Pública. (2019). Acuerdo número 12/10/17 por el que se establecen los perfiles, parámetros e indicadores para el personal docente, técnico docente y con funciones de dirección y supervisión en educación básica. Diario Oficial de la Federación.
Secretaría de Educación Pública. (2022). Plan de estudio para la educación preescolar, primaria y secundaria. Diario Oficial de la Federación.
