Fortalecimiento académico, desarrollo profesional y formación continua: las tres caras de la política de formación docente

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Una política de formación docente no se justifica por la cantidad de actividades que organiza ni por el número de certificados que expide.


Cuando se habla de formación docente en México, suele pensarse en cursos, talleres o diplomados. Pero detrás de esas acciones existe una arquitectura de política educativa más compleja. Un ejemplo es el Programa para el Desarrollo Profesional Docente (PRODEP), que opera en distintos niveles del sistema educativo. Lo relevante no es solo su existencia, sino la forma en que nombra aquello que busca impulsar.

Aunque se trata de una misma política de profesionalización, en cada nivel educativo adopta una formulación distinta: fortalecimiento académico en educación superior, desarrollo profesional docente en educación media superior y formación continua en educación básica. Vistas en conjunto, estas expresiones pueden leerse como las tres caras de una misma política de formación docente.

Hasta donde he podido revisar, la discusión pública y académica sobre el PRODEP se ha concentrado sobre todo en sus reglas de operación, su implementación y sus efectos diferenciados en cada nivel educativo. La documentación oficial permite advertir que, en educación superior, el énfasis está puesto en la profesionalización académica del profesorado de tiempo completo; en educación media superior, en dispositivos formativos orientados a fortalecer el desempeño docente; y en educación básica, en la formación, actualización y capacitación del personal educativo en servicio, hoy articuladas a la Estrategia Nacional de Formación Continua.

Lo menos frecuente ha sido examinar, de manera comparada, qué revelan esas distintas denominaciones sobre la manera en que el Estado concibe la profesionalización docente en los diversos niveles educativos del sistema.

A primera vista, podría pensarse que estas expresiones son equivalentes. Después de todo, todas remiten a un propósito compartido: mejorar las capacidades del personal educativo para elevar la calidad, la pertinencia y la eficacia de la enseñanza. En ese sentido, forman parte de una misma política de profesionalización. Sin embargo, una mirada más detenida muestra que no son sinónimos. Cada una enfatiza dimensiones distintas del trabajo educativo y expresa, al mismo tiempo, diferentes maneras de concebir la profesionalización docente según el nivel del sistema educativo.

La primera de esas caras es el fortalecimiento académico, presente en la educación superior. En este ámbito, el PRODEP se orienta a la profesionalización del profesorado de tiempo completo mediante estudios de posgrado, investigación, reconocimiento al perfil deseable, consolidación de cuerpos académicos y producción de conocimiento. Aquí, profesionalizar significa, sobre todo, fortalecer el capital académico e intelectual del profesorado, bajo el supuesto de que la docencia universitaria se robustece cuando se apoya en una base sólida de desarrollo disciplinar y científico.

La segunda cara es el desarrollo profesional docente, noción que aparece con mayor claridad en la educación media superior. En este caso, el énfasis se coloca en la mejora del desempeño pedagógico y en los dispositivos formativos que buscan incidir en la práctica educativa del bachillerato. La expresión remite a una trayectoria profesional más amplia que la simple asistencia a cursos: supone reflexión sobre la práctica, actualización disciplinar, construcción de saber pedagógico y fortalecimiento de capacidades para enseñar en contextos institucionales y sociales cambiantes.

La tercera cara es la formación continua, que adquiere centralidad en la educación básica. Aquí la política se expresa en programas de formación, actualización y capacitación dirigidos al personal educativo en servicio, hoy articulados a la Estrategia Nacional de Formación Continua. En este plano, la profesionalización se entiende principalmente como un proceso permanente de actualización que acompaña el ejercicio cotidiano de la docencia y busca responder a los desafíos curriculares, pedagógicos y organizativos del sistema.

Estas tres caras pertenecen a una misma familia conceptual, pero no son equivalentes. El fortalecimiento académico se vincula con el capital intelectual y la producción de conocimiento; el desarrollo profesional docente remite a la mejora integral del desempeño y de la trayectoria profesional; y la formación continua alude a los dispositivos institucionales de actualización y capacitación en servicio. Comparten un horizonte común, pero se traducen en acentos distintos.

La diferencia no es menor. Más que un simple matiz terminológico, revela que el Estado profesionaliza de manera diferenciada según el nivel educativo. En la universidad, el énfasis está puesto en la investigación y el desarrollo académico; en el bachillerato, en la mejora del desempeño pedagógico; y en la educación básica, en la actualización permanente del personal en servicio. Dicho de otro modo, una misma política adopta rostros distintos según el tipo educativo al que se dirige.

El problema aparece cuando cualquiera de estas tres caras se reduce a una lógica de cumplimiento administrativo. Si el fortalecimiento académico se convierte en mera acumulación de reconocimientos, si el desarrollo profesional docente se limita a dispositivos formativos desconectados del aula, o si la formación continua termina reducida a cursos y constancias, la política pierde su sentido más importante: transformar la práctica educativa.

En las últimas semanas he reflexionado sobre estas tensiones en diversos textos publicados en Profelandia, particularmente en Cuatro de cada diez docentes no dominan la Nueva Escuela Mexicana: ¿dato periodístico o deuda en la política de formación?, Tres de cada diez docentes sin formación continua y Formar sin transformar: el reto de llevar la actualización al aula en la EMS. En ellos aparece una preocupación compartida: la brecha entre la oferta institucional de formación y su impacto real en la enseñanza. El problema de fondo reaparece una y otra vez: formar no equivale necesariamente a transformar.

La pregunta de fondo, entonces, no es solo cuántos cursos se ofrecen, cuántos docentes participan o cuántas constancias se emiten. La cuestión verdaderamente relevante es otra: qué concepción de profesionalización sostiene la política y qué transformaciones concretas produce en las aulas.

Porque ahí se juega lo esencial. Una política de formación docente no se justifica por la cantidad de actividades que organiza ni por el número de certificados que expide. Se justifica por su capacidad para modificar la enseñanza, fortalecer el juicio profesional de maestras y maestros y producir mejores condiciones de aprendizaje para las y los estudiantes. Si eso no ocurre, el fortalecimiento académico, el desarrollo profesional y la formación continua el riesgo de quedarse en el lenguaje de la política, sin convertirse en realidad pedagógica.