Durante décadas, el SNTE mantuvo una escuela de formación invisible pero poderosa: la asamblea delegacional. En ese espacio, el aprendizaje era orgánico; los nuevos agremiados adquirían experiencia al calor del debate y la dinámica democrática. Sin embargo, hoy esa maquinaria de formación está descompuesta. La ausencia prolongada de estas reuniones no es un accidente, es el origen de una preocupante erosión de la identidad sindical.
Del ritualismo a la parálisis
Hubo una época en la que el sindicalismo se enseñaba. Existían cursos y talleres que fortalecían a las dirigencias seccionales en todo el país, desde el rigor para presidir una asamblea hasta la gestión de las demandas de base. Todo ese andamiaje se fracturó en 2013 con la reforma de Peña Nieto.
En ese momento, la dirigencia nacional (que ya sumaba más de dos décadas en el poder) decidió petrificarse. La vida sindical entró en una pausa indefinida: se cancelaron las reuniones, se olvidaron los cursos y se detuvo la formación de nuevos cuadros. Resulta inevitable sospechar que existe un encargo deliberado por diluir el sindicalismo magisterial, dejando al gremio sin brújula frente a un sistema cada vez más exigente.
Bases aceleradas, cúpulas rezagadas
Mientras la dirigencia se estancaba en la inercia, en las bases todo ocurría a una velocidad demencial. El magisterio se vio inmerso en un esquema de profesionalización extenuante: procesos de ingreso, permanencia, promociones, posgrados y, recientemente, el desafío de la Inteligencia Artificial bajo una densa capa de normatividad.
Ante este escenario, la representación del sindicato de maestros más grande de América Latina se ha rezagado hasta un punto que parece de no retorno. Mientras el docente evoluciona por necesidad, su dirigencia involuciona por conveniencia.
El imperativo de la refundación
Los trabajadores de la educación en México no merecemos la dirigencia que tenemos. Es imperativo trazar una ruta que sintonice las realidades actuales de las bases con su representación política, antes de que el abismo sea insalvable.
No es solo una tarea de la cúpula; es necesario que todos los actores (sindicales, académicos, gubernamentales y, sobre todo, las bases) nos sentemos a repensar el perfil de los dirigentes que habrán de refundar nuestro SNTE. El sindicato debe volver a ser una escuela de liderazgos, no una oficina de burócratas alejados del aula. La formación de cuadros no es un lujo, es la única garantía de supervivencia para nuestra organización.
